
Leonardo Padura ha vivido en La Habana durante 70 años, toda su vida. En este tiempo, no solo ha sido testigo de las transformaciones de la capital cubana, sino que la convirtió en el hogar de Mario Conde, el personaje central de su obra literaria.
En 1959, cuando Leonardo Padura cumplía 4 años, Fidel Castro y los ‘barbudos’ de Sierra Maestra entraban victoriosos a La Habana, Fulgencio Batista era derrocado y comenzaban los gobiernos de Manuel Urrutia y Osvaldo Torrado. En la práctica, Castro era quien decidía todo, aunque su dictadura comenzó oficialmente recién en 1976.
La Habana de los primeros recuerdos de Padura es una ciudad llena de luz y brillo, poblada de clubes, restaurantes, teatros y cines. Metrópoli que aspiraba a convertirse en la Montecarlo del Caribe, cuando Miami apenas existía. Leonardo, como todos los Padura de Cuba, vivía en Mantilla, barrio periférico en el que nació, creció y en el que aún vive.
Como escribió en las primeras páginas de ‘Ir a La Habana’ (Tusquets, 2024), “una ciudad son muchas ciudades”. A través de este libro, Padura nos lleva de paseo al barrio chino de la La Habana de inicios del siglo XX, a La Habana de Ernest Hemingway, al proyecto de la ciudad socialista de los años 70 y 80, a la desvencijada y empobrecida de los años 90…
El barrio, el mundo
El barrio es el primer contacto que tenemos con el mundo cuando salimos de casa. Muchas de nuestras primeras veces ocurren alrededor de sus calles, aceras, parques y negocios. El barrio de Padura lleva por nombre Mantilla. Allí, desde su niñez -cuenta- “conocí a blancos, negros, mulatos, chinos, italianos, libaneses, personas decentes hasta carteristas, decenas de masones, porque mi padre era uno, y lo más importante de mi infancia, el béisbol”.
Para los cubanos, el béisbol no es solo un juego sino también una actividad histórica, cultural e identitaria. En La Habana se lo practica de forma frenética desde 1874. “Los partidos de béisbol fueron la ceremonia pagana que reunía a gente de todas clases y etnias, de todas las preferencias políticas. En sus alrededores solían montarse verbenas con las orquestas de negros y mulatos”, cuenta Padura.
Volviendo a Mantilla, desde 1930 el barrio contaba con una estación de autobús que conectaba a los vecinos, en menos de 40 minutos, con el corazón de La Habana. Trepado en una guagua y aferrado a las manos de sus padres, Padura llegó por primera vez a El Vedado, el barrio más aristocrático de la capital cubana durante las primeras décadas del siglo XX y el lugar donde más evidente se hizo, años después, la impronta socialista.
Y así como Padura nos lleva de paseo por Mantilla o El Vedado, también nos muestra los ‘no barrios’ que aparecieron en la periferia de La Habana durante las últimas décadas del siglo XX. Resulta revelador descubrir que mientras en Río de Janeiro se multiplicaban las favelas y en Buenos Aires pululaban las villas miseria, en La Habana se reproducían como conejos los ‘asentamientos’, lugares donde los pobres levantaban sus casas hechas de cartones y plásticos.

Ciudad cinematográfica
En ‘Ir a La Habana’, Leonardo Padura conecta pasajes de sus novelas con reflexiones y datos sobre la ciudad obtenidos durante sus 15 años de ejercicio periodístico. Los más reveladores muestran que para la primera mitad del siglo XX, la capital cubana era una ciudad cinematográfica. En 1947 tenía 118 salas de cine, mientras que Ciudad de México 97 y Washington DC. 73. Con 192 salas, Buenos Aires era la única que la superaba.
Entre los ídolos de aquella generación estaban María Félix, Pedro Infante, Libertad Lamarque, Humphrey Bogart y Ava Gardner. A partir de la década de 1960, la programación cinematográfica en La Habana cambió radicalmente. Dejan de llegar cintas estadounidenses, mexicanas y argentinas y comienzan a proyectarse piezas del neorrealismo italiano, de la nueva ola francesa, del cine japonés y del cine polaco.
Para llenar la oferta, las películas de Kurosawa, Pasolini, Truffaut o Godard comenzaron a compartir sala con la avalancha de cine soviético, la mayoría de corte bélico sobre la Gran Guerra Patria. En la actualidad, cuenta Padura, en La Habana quedan abiertas únicamente diez salas, la mayoría con programación poco atractiva, que solo cobran impulso durante la celebración del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano.
Con un halo de nostalgia, narra también que no entra hace muchísimo tiempo a una de estas salas. “La Habana y yo hemos perdido unos espacios simbólicos, físicos, culturales que se suman a los de tantos otros sitios que languidecen o ya no existen más”. Y habla de la ‘ajenitud’, esa sensación de sentirse extraño o foráneo dentro de una ciudad en la que ha vivido toda su existencia, y a la que él ve más triste, oscura y fea que nunca.

