En la Barcelona de los años setenta convivieron García Márquez y Vargas Llosa con una serie de españoles que, bajo seudónimos, ocultaban su ADN republicano y eran tan despreciados por la crítica como amados por el público. Corín Tellado, Ralph Barby o Marcial Lafuente son algunos de los protagonistas del otro boom de la literatura.
En la Barcelona de 1970 los escritores del boom paseaban por los restaurantes de moda, mientras su agente, Carmen Balcells, los cuidaba para evitar que su talento se extraviase. Al mismo tiempo que sus libros llenaban los escaparates de las grandes librerías, en el quiosco de revistas una serie de novelitas de amor o aventura aparecían semanalmente al precio de un solo duro ―ni siquiera veinticinco centavos de dólar― y con el sello de la editorial Bruguera.
Sus autores, protegidos bajo uno o varios seudónimos, eran una fuente inagotable de historias que rara vez obtenían buenas críticas, siendo confinadas sin piedad a esa categoría absurdamente despreciada de “literatura popular”.
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