
Este 4 de agosto se cumplieron 150 años de la muerte de Hans Christian Andersen. El danés escribió cuentos como ‘El patito feo’ o ‘La sirenita’. Sus obras están traducidas a más de cien idiomas y han inspirado piezas de ballet, teatro y hasta animaciones en Disney.
Andersen murió en 1875 y, pese al tiempo transcurrido, sus obras siguen en los estantes de las librerías, sobre todo, en la sección infantil. Sin embargo, él no se sentía próximo a los niños y sus ambiciones literarias estaban más cerca de la novela y del teatro para adultos.
De hecho, escribió alrededor de 350 obras, de las cuales 156 son cuentos de hadas. Quería narrar emociones, sobre todo la soledad y la incapacidad para encajar en el mundo. Quizá porque esas preocupaciones trascienden épocas y lugares es que, en pleno siglo XXI, sus historias se mantienen vigentes y se adaptan al cine y la televisión.
Andersen, un escritor rechazado
- Hans Chistian Andersen nació en 1805 en Odense, Dinamarca y, antes de ser conocido por sus obras, lo era por su fealdad. William Edvard Bloch, director de teatro, lo describió así:
Extraño. Sus piernas y sus brazos son largos, delgados y fuera de toda proporción; sus manos, anchas y planas. Sus pies son tan gigantescos que nadie piensa en robarle las botas. Su nariz es, digamos, de estilo romano, pero tan desproporcionadamente larga que domina toda la cara y, cuando uno se despide de él, es lo que más recuerda.
- Su personalidad tampoco era sencilla. Por su arrogancia, los contemporáneos se alejaban de él, sin comprender que, quizás, aquella personalidad no era otra cosa que un escudo para defenderse del mundo hostil.
- Sus primeros pasos en el arte los dio en Copenhague, donde probó suerte como cantante de ópera. Lo despacharon casi de inmediato tildándolo de ‘chiflado’. De todas maneras, Jonas Collin, director del Teatro Real, creyó en su voz y le patrocinó los estudios en las escuelas de Slagelse y Elsinor. De allí salió con notas brillantes, pero también con la antipatía de sus colegas, lo que hizo estancar su carrera.
- En 1827, publicó el poema ‘El niño moribundo’ en una revista literaria de Copenhague, trocando la música por la literatura. Y al tiempo que escribía para los periódicos, viajaba por Europa. En Inglaterra, por ejemplo, se hizo amigo de Dickens, mientras Alemania le inspiraba poemas; Italia, novelas; y España, libros de viajes.
- Se estableció como autor de renombre gracias, sobre todo, a sus cuentos de hadas, pero él no estaba satisfecho. Se sentía a sí mismo un novelista y un dramaturgo.
- En cualquier caso, la fama no lo libró de la soledad y en la búsqueda de amor siempre fracasó. Conseguía apenas una amistad decolorada de parte de aquellos a quienes declaraba su pasión.
- Murió, al parecer, con cáncer de hígado. Días antes, le dijo a un compositor amigo suyo que seguramente la mayoría de las personas que acudirían a su funeral iban a ser niños, así que le sugirió tocar música con un ritmo pausado para que ellos pudieran seguir a su ataúd con pasos pequeños.

Los cuentos de Andersen
Andersen escribió novelas, libros de viajes, obras de teatro y hasta autobiografías. No obstante, los cuentos de hadas eran los predilectos del público.
Su primer escrito conocido fue de aquel género y se tituló ‘La vela de sebo’. El protagonista es un cirio incapaz de encontrar su lugar en el mundo hasta que una caja de cerillas llega a su vida y le muestra que no es inútil, pues su objetivo en la vida es iluminar.
El danés escribió la historia cuando aún era estudiante y permaneció inédita por dos siglos. La encontraron abandonada en un archivo de Odense y era una suerte de declaración de intenciones de un hombre que, pronto, iba a encontrar en la fantasía el mecanismo para exorcizar su desaliento.
Y es que la soledad era su tragedia. A propósito, escribió en su diario:
Todopoderoso Dios, tú eres lo único que tengo, tú que gobiernas mi sino, ¡debo rendirme a ti! ¡Dame una forma de vida! ¡Mi sangre quiere amor, como lo quiere mi corazón!
Pero el ruego no encontraba respuesta divina, de modo que Andersen se volcó sobre el papel para aliviarse. Así, ‘El patito feo’ es una criatura rechazada por su apariencia que, con el tiempo, emerge del lago convertido en un cisne mucho más bello y libre. Por otro lado, ‘El soldadito de plomo’ muere fundido con su gran amor en una chimenea y ‘La sirenita’ sacrifica su vida por un cariño no correspondido.
Pese a la desolación, sus editores agruparon esas historias bajo una colección llamada ‘Cuentos para niños’. El hecho es que entre sus lectores se contaban tanto los padres como los hijos.
Cuentos políticamente correctos

‘La sirenita’ de Disney del año 2023 apareció en los cines muy distinta a la versión que el mismo estudio había producido en 1989. Esta era pelirroja y aquella morena. Pero ni una ni otra historia se parecían a la que escribió Andersen, pues ambas eludieron la tragedia del personaje para darle un final feliz.
No obstante, Disney no hizo algo novedoso, solo adaptó los relatos al gusto de su público como, cuatro siglos atrás, la había hecho el francés Charles Perrault al apropiarse de los cuentos populares y ponerlos sobre papel para el gozo de la corte de Luis XIV.
Antes de él, explica un trabajo de la Universidad Miguel Hernández de Elche, esos mismos cuentos iban, oralmente, de un lado para al otro y cada narrador nuevo les imponía sus propias moralejas según lo que pretendía comunicar. Perrault, como un Walt Disney de la Ilustración, los extrajo de las clases populares y los adaptó para el formato impreso y los intereses de la aristocracia francesa que, entonces, era la que sabía leer.
Esto que hoy se encajona bajo el término de ‘corrección política’ es lo que hace cada creador cuando piensa en una historia para el cine o los libros, pues no puede vivir separado de sus circunstancias. Y Disney, con los cuentos de Andersen o de los hermanos Grimm, hace lo mismo que ellos hicieron en su tiempo: pulir las tradiciones populares hasta que encajen con los nuevos tiempos.
El problema, en todo caso, como advierte la escritora y académica de Oxford Arwa Mahdawi, no es la corrección política, sino la ‘corrección populista’, esa que ridiculiza y silencia las opiniones distintas para imponer una realidad alterna.
Tal vez sin proponérselo, Andersen nos advirtió sobre esto último en su cuento ‘El traje nuevo del emperador’. Allí. un monarca exige que su pueblo admire su ropa invisible. En realidad, él es víctima de un engaño y anda por las calles desnudo, pero nadie se atreve a decirlo no por corrección política, sino por miedo. Ese es el verdadero peligro de este o cualquier tiempo.

