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Mundo Diners al día

Agatha Christie: las máscaras de una ‘reina del crimen’

por José Luis Barrera

TIEMPO DE LECTURA 5 MINUTOS

En 2026, se cumplen 50 años de la muerte de Agatha Christie, escritora británica a quien los periodistas de su época llamaron la ‘Reina del Crimen’ por sus relatos policiales. Pero más allá de los ‘best sellers’, sus viajes y aventuras fácilmente la podrían convertir a ella misma en un personaje de novela.

Agatha Christie escribió 74 novelas, 154 relatos cortos, dos textos autobiográficos y una veintena de obras de teatro. Aun así, tuvo tiempo para trabajar como enfermera en la Primera Guerra Mundial y recorrer Siria, Iraq y Turquía en busca de yacimientos arqueológicos.

Y es que esta mujer no solo creó personajes inolvidables de la literatura detectivesca como Hércules Poirot o la señorita Marple, sino que rechazó la vida cómoda y puritana de Inglaterra para explorar el mundo y vivir libremente.

Agatha Christie, arqueóloga

Agatha Christie en la excavación de Ur.
Agatha Christie (centro) con su segundo marido, el arqueólogo Max Mallowan (izquierda), y el también arqueólogo Leonard Woolley (derecha) en la excavación de Ur. Foto: Getty Images.

Su primera novela, El misterioso caso de Styles de 1920, le otorgó la fama y el dinero necesario para vivir con tranquilidad. Aun así, no se sentía completamente feliz, pues anhelaba estímulos intelectuales nuevos, tratando de hallarlos en libros de esoterismo o en toxicología.

Sin embargo, al separarse de su primer esposo, Archibald Christie, sufrió un colapso nervioso que solo pudo curar con viajes. En 1929, compró un boleto en el tren Orient Express y se marchó a Irak. Su meta era visitar las excavaciones en las ruinas de Ur, una ciudad que, según la Biblia, fue la cuna de Abraham.

Aquel año quedó tan impresionada por la aventura y la personalidad del arqueólogo a cargo de las investigaciones, Leonard Wooley, que volvió en 1930. Entonces, aquel le presentó a su asistente Max Mallowan y el enamoramiento fue inmediato. Antes de diciembre, se casaron.

La unión más que apasionada, era intelectual. La escritora, casi veinte años mayor, había descubierto en Mallowan un estímulo creativo. Al principio, la arqueología le pareció una profesión de gente exótica, pero él le mostró que su trabajo requería disciplina y técnica más que audacia.

Entonces, Agatha Chistie se entregó de lleno al aprendizaje. En diversas excavaciones -Mallowan trabajó hasta la década de 1960-, ella fue una figura activa. Así, en 1952, mientras investigaban la antigua ciudad de Nimrud, al sur de Mosul en Iraq, el equipo de arqueólogos británicos dio con un pozo. En el interior había placas y cabezas talladas en marfil. Sobresalía la de una mujer que, por su sonrisa extraña, llamaron “la Mona Lisa de Nimrud”.

Todas las piezas eran tremendamente delicadas y, a pesar de su experiencia, Mallowan y sus compañeros no sabían qué hacer para protegerlas. Según cuenta Geoffrey T. Hellman, colaborador de The New Yorker en un artículo de 1966, Agatha Christie improvisó una solución: con agujas de tejer muy finas, aplicó pequeñas dosis de crema facial para extraer la suciedad adherida a los fragmentos sin dañarlos.

Su esposo y sus colegas en Londres reconocieron el valor de esa idea que salvó decenas de piezas cubiertas con lodo. Además, sus fotografías de los sitios arqueológicos y de los iraquíes de aquella época son un registro valioso, aun hoy, sobre todo porque pertenecen a un mundo que ya no existe.

¿Desaparición no forzada?

Agatha Christie desaparecida.
Recorte de prensa donde se muestran los posibles disfraces de Agatha Christie.

La futura escritora salió de la pila bautismal en 1890 con el nombre de Agatha Mary Clarissa Miller. Pero en 1914, cambió su apellido por el de su primer esposo, el aviador Archibald Christie, aferrándose a esa identidad incluso tras el divorcio.

El matrimonio estuvo marcado por la fatalidad: arrancó durante la Primera Guerra Mundial, vivió su luna de miel en los hospitales de campaña en los que ella servía como enfermera voluntaria y se terminó en 1926, cuando el piloto le confesó una infidelidad. Entonces, ella huyó.

Los últimos testigos vieron a la ‘Reina del Crimen’ meterse en su coche el 3 de diciembre de 1926 a las 9 y 45 de la noche. Solo llevaba una pequeña maleta. A la mañana siguiente el vehículo apareció abandonado en una carretera con los faros encendidos.

La prensa londinense aseguró que la escritora se paseaba por la calle con disfraces y algún investigador privado barajó la tesis del asesinato o del suicidio. Once días después, la policía la encontró en un hotel en Yorkshire, a 350 kilómetros de su casa. Se había registrado con el nombre de la amante de su esposo y era incapaz de reconocer a sus amigos y a la familia.

La historia oficial dice que Agatha Christie tuvo un colapso nervioso, pero muchos contemporáneos apuntaron a un truco para vender libros o una venganza macabra en contra del marido infiel. Como sea, ella nunca resolvió aquel misterio.

Una viajera victoriana

Agatha Christie rescate de piezas.
Agatha Christie en la excavación de Nimrud, en Iraq. Foto: cortesía.

En 1931, Agatha Christie quedó atrapada en un vagón del Orient Express. Estaba en los Balcanes y, de pronto, se produjo una tormenta tan terrible que el tren no pudo moverse por 24 horas. La escritora viajaba de París a Estambul para encontrarse con su segundo esposo en una excavación arqueológica.

El Orient Express fue una línea legendaria de trenes que funcionó entre 1883 y 2009. Conectaba Francia con Turquía, atravesando más de 3 mil kilómetros. Se la conocía por su elegancia y por tratarse de un hervidero de intrigas, pues espías de distintas potencias aprovechaban la ruta para pasar de una capital europea a otra.

Eso sí, en las primeras décadas del siglo XX no era común ver allí mujeres solas. Por eso, cuando la escritora inglesa desapareció del vagón-cama en plena tormenta, muchos temieron un nuevo colapso nervioso. No fue así: ella estaba recorriendo el tren en busca de escenarios para una novela.

Así se lo aseguró por carta a su esposo, indicándole que no existe mejor sitio para cometer un crimen que un tren varado. La anécdota se transformó en su Asesinato en el Orient Express. Agatha Christie era capaz de describir con agudeza tanto a personas como objetos y sus aventuras podían aparecer camufladas en relatos policiales y también en libros de no ficción.

Uno de estos, Ven y dime cómo vives, es una joya de la literatura de viajes, no siempre apreciada por sus fanáticos que siempre quieren suspenso. Algo injusto, pues sus cualidades como escritora emergen en ese libro más que en otro: es una observadora atenta, capaz de condimentar cualquier historia con un humor fino, pero picante.

Cuenta, por ejemplo, que antes de marcharse a Siria, compró ropa grande para sentirse más fresca en el calor del desierto. Sin embargo, su cálculo resulta exagerado y las prendas se ven tan ridículas que debe desecharlas. “Creo -escribe- que solo una gran constructora de imperios podría meterse en esas telas”.

La escritora August Thomas apunta que, pese a los prejuicios propios de su época, la viajera Agatha Christie aún debe leerse. Es verdad que, a menudo, no se toma en serio ni sí misma pero, entre líneas, se descubre una inteligencia fuera de lo común y una potencia narrativa capaz de revivir incluso a épocas que ya están extintas.

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