Michel Houellebecq nació en 1958, en La Reunión, isla de la mitad del tamaño de nuestra Isabela, aislada en medio del océano Índico. Al saber esto, quienes leen sus libros tan singulares dirán: “Claro, tenía que ser nacido en un sitio así”. En realidad, vivió desde niño en Francia continental y su literatura no pretende ser insólita en su estilo ni estrambótica en su contenido. Pero sus temas y sus giros sintácticos, dispuestos en una rica superposición de tramas, a veces irresolubles, convierten la lectura de sus obras en un arduo ejercicio gratificante.
En cada novela plantea escenarios novedosos, pero utiliza recursos que se encuentran en todas. Las ideas centrales que dominan cada historia parecen resolverse en un solo planteamiento: la irremisible decadencia de la sociedad occidental. Lo vemos en Las partículas elementales, con la que deslumbró en 1998, una deconstrucción de los intentos fallidos de la juventud del siglo XX tardío por construir el paraíso de una sociedad abierta sexualmente.
En la década pasada aterrorizó con Sumisión, una distopía inminente: la escalofriante posibilidad de que las contradicciones entre franceses los lleven a aceptar el establecimiento de un régimen islámico “moderado”. El nuevo presidente, Mohammed Ben Abbes, pronto deja su moderación e implanta reformas de inspiración coránica, mientras la mayoría de la población adopta su mensaje para llenar la vaciedad que la corroe.
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