Hace poco más de doscientos años irrumpió en el mercado Frankenstein o el nuevo Prometeo, la famosa novela de Mary Shelley. El libro fue un éxito total de ventas, un auténtico best seller de la época. Pero el relato también ha pasado a la historia por las más de cien películas que ha inspirado a los cineastas. Por si fuera poco, a esto habría que añadir series de humor como Los Monsters y La familia Addams. Desde el punto de vista literario, la importancia de la novela proviene de haber inaugurado los géneros de ciencia ficción y de terror. Frankenstein es una obra profunda que invita a reflexionar sobre temáticas que, desde los clásicos griegos hasta la actualidad, han inquietado a filósofos, teólogos, científicos, etc.
Entretelones

La novela claramente se inspiró en esa obsesión de ciertos científicos de la época que habían vislumbrado la posibilidad de revivir cadáveres. De hecho, Shelley había tenido dos experiencias con estos personajes sui géneris. Primero visitó a Conrad Dippel, un conocido alquimista y excéntrico obsesionado con resucitar cuerpos humanos. La otra fue a raíz de los experimentos que con este mismo propósito realizaban Luigi Galvani y Erasmus Darwin, el abuelo del naturalista.
Frankenstein nació en una reunión de amigos, que habían visitado a Lord Byron en la villa Diodati a orillas del lago Lemán. Entre los invitados se encontraba Shelley. El poeta británico lanzó un reto a sus invitados, el cual consistía en hacer una gran novela de miedo y, cuanto más aterradora, mejor. Todos se pusieron manos a la obra y fue precisamente ahí donde emergió la obra que reseñamos. Pero, según los entendidos, esta fructífera reunión también inspiró las historias de vampiros que fueron un éxito notable de ventas.
Contra el orgullo científico
La novela de Shelley no fue un verso suelto, sino que dio continuidad a un motivo de reflexión que puede sintetizarse en los temores provocados por los avances científicos. En realidad, Frankenstein es un relato que expone las profundas inquietudes que provocaba la Revolución Industrial. La novela es un alegato que exigía marcar unos límites éticos a los desarrollos tecnológicos. Las máquinas de vapor, las chimeneas y los galpones de las fábricas, esos nuevos elementos de comienzos del siglo XIX, fueron considerados imágenes del infierno, auténticas amenazas al orden social establecido.

Víctor Frankenstein estaba imbuido de vitalismo romántico. Su obsesión era descubrir los “secretos del cielo y de la tierra” y en este sentido se consideraba un genio que, como Dios, había aprendido a manipular el “principio vital” para crear vida. No obstante su éxito, descubre que lo que ha creado es un monstruo satánico y maléfico. Su monstruosidad y sus perversiones llevan a cumplir su ineludible destino: la aniquilación de ambos. Frankenstein, como Prometeo, es un revolucionario que se rebela contra la tradición, contra el statu quo. Su ambición es forjar su propio destino y suplantar a Dios como único creador de vida.
Puesta en contexto la novela de Shelley es una afilada crítica a la Ilustración, que terminó consagrando el moderno individualismo y ese egocentrismo pletórico de orgullo. La autora se propuso cuestionar las utopías de la época que vaticinaban la futura perfección de la humanidad. Frankenstein, en este sentido, exponía un profundo sentimiento de pesimismo respecto de la moderna mitología construida en torno al progreso. Hay que tener presente que Shelley era conservadora, de las personas que se sentían fuera de lugar en el nuevo orden que tomaba cuerpo en la Inglaterra de la Revolución Industrial.
Actualidad del personaje


agosto de 1797. Fotografía: ® WIKIMEDIA.ORG.
Todas las preocupaciones que inquietaron a Shelley, lejos de disiparse, han cobrado mucha actualidad. En pleno siglo XXI, quién lo diría, la ciencia es objeto de un profundo cuestionamiento. Los experimentos con células madre, los transgénicos y sobre todo la inteligencia artificial están siendo un motivo de preocupación en colectivos muy variopintos. De hecho, los científicos creadores de tales portentos son asimilados a unos modernos y diabólicos Víctor Frankenstein. Una vez más sus detractores los acusan de querer suplantar a Dios y de violar las leyes de la naturaleza. En esta forma de ver las cosas, religiosos, ecologistas y moralistas caminan al unísono.
Pero también existe la inquietud de que el progreso discurre a una velocidad tal que sobrepasa la capacidad de respuesta de la especie humana. En realidad, en los tiempos de hoy, cunden los temores que advierten que la civilización se halla presa de fuerzas ocultas y de leyes silenciosas, que el orden político y moral no puede controlar.


