
Cecilia Ansaldo es una de las responsables de que en tan solo 10 años, la Feria Internacional del Libro de Guayaquil se haya posicionado como la más prestigiosa del país. En esta entrevista con Mundo Diners habla de esta 'utopía', que comenzó en 2015.

Antes de 2015, en el Puerto Principal se organizaba la Expolibro. ¿Cómo y en qué contexto aparece la FIL de Guayaquil?
La Expolibro se desarrollaba en el Palacio de Cristal, al pie del río Guayas, bajo la batuta de Jaime Rull. Algo pasó, que yo no te puedo contar, con la continuidad de ese proyecto. Hubo dos o tres años de pausa y luego por iniciativa de Expoplaza, empresa especializada en ferias, tuvimos un acercamiento con las autoridades de la Empresa Municipal de Turismo, que dirigía Gloria Gallardo. Ella acogió de mil amores la idea de hacer una nueva feria para la ciudad.
¿Cuál fue el reto más grande de organizar esa primera edición de la FIL de Guayaquil en 2015?
Lo más retador fue el tiempo, porque las primeras conversaciones con el Municipio se dieron en marzo y ya en agosto se celebró la feria. Todavía no teníamos proyección internacional, pero tuvimos una generosa acogida de Claudia Piñeiro, Leila Guerriero, Jorge Franco, Alonso Cueto y Rodrigo Fresán. Ellos respondieron a esa invitación y fueron los primeros en contar lo bien que les había ido en Guayaquil. Con los años, la imagen, el nombre y la acogida de la feria ha ido creciendo.
¿Qué ha hecho de la FIL de Guayaquil la más prestigiosa del país?
Tengo que decir que Expoplaza es una empresa enormemente ágil en materia de armar y desarmar una feria. También ha sido importante la cohesión y armonía entre el trabajo del comité de contenido y el del comité interior de Expoplaza. Y lo otro es que mi equipo, constituido por exalumnos míos, vive el año entero con la antena siempre atenta a los sucesos literarios. Por eso, a veces, podemos invitar, adelantándonos a los hechos, a autores cuyos libros aún no han llegado a las librerías del país.
¿Y cuál es el papel de Cecilia Ansaldo dentro del comité de contenidos?
Por mi edad y por mi experiencia soy la que pone nombres sobre la mesa, que a lo mejor los más jóvenes no conocen a profundidad. Te doy un ejemplo, este año propuse juntar en una mesa a escritores jóvenes para que conversen y reflexionen sobre el tema de la muerte en la obra de Efraín Jara Idrovo -a quien conocí y tuve la suerte de ser su amiga-, César Dávila Andrade y Miguel Donoso Pareja, todos autores muertos, pero que son un hito dentro de la literatura ecuatoriana.
A diferencia de otras ferias, incluida la de Quito, en la FIL de Guayaquil siempre se ha cobrado entrada.
El costo de la entrada a la FIL se ha mantenido en 3 dólares, que baja a la mitad cuando se trata de la tercera edad y de niños menores de 12 años. Entre otras cosas, ese dinero sirve para que los escritores invitados se vayan con el dinero de su emolumento ganado en la mano. El otro día Mónica Varea, en su cuenta de X, decía que a los escritores e intelectuales permanentemente se les pide dar una palabra, una presencia o una conferencia y nadie los reconoce. En esa línea estamos convencidos de que ningún consumo cultural tiene que ser gratuito.
Hablemos de la edición 2024. ¿Bajo qué idea se trabajó la curaduría?
Nunca he orientado una edición hacia un monotema, porque estoy convencida de que la diversidad es muy atractiva. Y que esa diversidad se nutre de lo que está sucediendo ese año en términos de literatura, de premios, de libros publicados. Acabo de escribir una columna de opinión en la que saludo a las escritoras que salieron de la Universidad Católica de Guayaquil. Este año hay una coincidencia maravillosa, porque muchas llegan con nuevos libros, entre ellas Liliana Miraglia, Carolina Andrade, Solange Rodríguez, María Paulina Briones y Mariela Manrique.
Otra de esas coincidencias también será el coloquio entre Mónica Ojeda y María Fernanda Ampuero.
Ese coloquio tiene la originalidad de que María Fernanda Ampuero hablará de la obra de Mónica Ojeda y viceversa. Veremos cómo estas compañeras guayaquileñas -que viven en España y que han conseguido que el mundo europeo tenga interés por su literatura, cada vez hay más traducciones de sus obras a más idiomas-, se sienten en esta suerte de regreso a su patria, donde son tan conocidas y tan queridas.
¿Cuáles son los retos pendientes que tiene la FIL de Guayaquil?
El primer reto es cruzar este año. No voy a engañar a nadie, ha sido el más difícil desde 2015. Creo que la imagen internacional del Ecuador está afectada. Hay mucho temor por la inseguridad y por eso no pudimos traer a todos los escritores que queríamos. También ha sido complicado conquistar otra vez el interés del Municipio de Guayaquil, que para esta edición redujo notablemente su auspicio. A pesar de todo esto que cuento, nuestro desafío más grande es conseguir que los más jóvenes entren en el mundo del libro y se conviertan en lectores.
Pero la FIL de Guayaquil es solo uno de los espacios que necesita la ciudad para fomentar la lectura.
Los libros deben llegar a los barrios más afectados por esta violencia que se vive en la ciudad y que se contagia como la peste, a la gente joven que no encuentra un puesto en la sociedad, que cae en la tentación de la droga o en el reclutamiento de las bandas; hacia allá hay que ir, pero con un programa cultural y educativo en el que se unan todo tipo de instituciones, para hacer un enorme frente común.

