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Diners Club

García Márquez y un bolero de amor

por José Luis Barrera

Cien años de soledad
Una escena de la serie 'Cien años de soledad'.
TIEMPO DE LECTURA 5 MINUTOS

La historia está llena de anécdotas de sacrificio y amor -por extraño que parezca-; diciembre es un buen momento para recordarlas. Le contamos dos, ¡acompáñenos!

A menudo la Navidad está cargada de mensajes positivos, sin embargo, nos hemos acostumbrado tanto a ellos que es fácil pasarlos por alto. Pero el amor de la familia y los amigos está allí, listo siempre.

Por eso hoy les recordamos dos historias de amor en el mundo del arte. Estas no se traducen en palabras, aunque sí en acciones, sacrificio y confianza.

Empeños de amor

Era el año de 1965 y Gabriel García Márquez conducía por la carretera Ciudad de México-Acapulco. Iba como si lo persiguiera el demonio. En el resto de los asientos estaban su mujer, Mercedes Barcha, y sus hijos. Ella le disparó un dardo caribe para que bajase la velocidad pero, ese día, él era indemne a cualquier veneno. Y, de pronto, una vaca se cruzó…

Solo luego de esquivar la muerte, el colombiano pudo recuperarse de su demencia temporal. Sin embargo, el detonante siguió siendo un misterio para Mercedes, quien apenas si se atrevió a hablarle en las siete horas de trayecto. En la playa García Márquez seguía ausente e hizo poco caso de sus hijos o del mar.

Terminaron las vacaciones y la familia finalmente volvió a su casa de la colonia San Ángel en el Distrito Federal. Con las maletas, el hombre desempacó una frase que se le había revelado mientras manejaba:

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

Por un buen tiempo, el escritor batalló consigo mismo porque la idea de escribir una gran novela se le escurría en fragmentos imprecisos: Macondo y su gente estaban circulando por años en cuentos y referencias, pero solo en el viaje a Acapulco las piezas encajaron.

García Márquez comprendió que la gran novela iba a ser una marejada incontrolable y que era imprescindible delegar el destino terrenal en alguien mucho más capaz que él.

-Tú te haces cargo de todo -le dijo a Mercedes.

-Si estás seguro de que este es el camino, lo hago.

Entonces, él volvió a encerrarse en el cuarto con su máquina de escribir y un calefactor portátil. El aislamiento tardaría dieciocho meses durante los cuales escribió Cien años de soledad sin recordar que la vida moderna requiere dinero.

Gabriel García Márquez y su gran amor, Mercedes Barcha.
La leyenda dice que Gabriel García Márquez le prometió amor eterno a Mercedes Barcha cuando él tenía catorce años y ella nueve. Foto: Getty Images.

Un día, Mercedes Barcha ya no pudo más y él tuvo que entregar su coche a cambio de un dinero que supuestamente era para diez años. No alcanzó ni para seis meses y el casero empezó a llamarles.

-Óyeme, Gabito, ¿cuánto te falta para terminar tu libro? -preguntó Mercedes.

-Seis meses…

La mujer le 'ordenó' al casero sumar ese número a lo que ya estaba pendiente. Nadie iba a contradecir tamaño imperativo, así que el acreedor se resignó, igual que el vendedor de carne y hasta los proveedores de servicios básicos.

Cumplido el plazo, el colombiano fue con su mujer y setecientas páginas al correo para enviarlas a la editorial en Argentina. El costo eran 83 pesos, pero la pareja solo tenía 45.

Como Salomón, García Márquez envió la mitad y los esposos volvieron a la casa. Allí Mercedes, furibunda, sacó lo último vendible: el calefactor eléctrico, su sacadora de pelo y una batidora. A cambio obtuvo 50 pesos, apenas dos más de lo que se necesitaba para el correo.

Con el monstruo de papel viajando a Sudamérica en dos partes, la mujer miró a su esposo, ese doctor Frankenstein guajiro, y lo fulminó con la frase que ha quedado para la historia:

-¡Ahora solo falta que esa novela sea mala!

Y no lo fue. Sin embargo, no habría importado porque Mercedes Barcha se lo jugó todo a una carta, la del amor. Cuando aquello ocurre, el premio no es riqueza o fama, sino la satisfacción de ver la felicidad de los que amamos. Por eso, comparte y ama como Gabo y Mercedes o Shany y Santiago, una historia de cariño sin límites.

Shany y Santiago

Una coincidencia, una historia, un amor inesperado. Descubre nuestra historia de Navidad. Comparte. Ama. Celebra. Vive tu mundo sin límites.

Solamente una vez

José Mojica antes y después de haber sacrificado su fama por amor a Dios.
José Mojica en su juventud como artista y en su madurez como sacerdote en Perú.

El bolero es un género musical que esconde más de un suspiro en su pentagrama. Sin embargo, no todas esas canciones arrancan con un romance. Solamente una vez, por ejemplo, contiene las campanas de una iglesia, pero no las que anuncian un matrimonio, sino la conversión de un músico en sacerdote.

Crescenciano Abel Exaltación de la Cruz José Francisco de Jesús Mojica Montenegro y Chavarín nació en Jalisco en 1895, pero se trasladó muy joven a Ciudad de México, justo después de la muerte de su padre. Iba con su mamá y pronto comprendió que su camino no era la ciencia, sino la música.

En el Conservatorio Nacional y de la mano del gran maestro y descubridor de talentos José Pierson, se hizo cantante al tiempo que suprimía doce palabras a su nombre para ser José Mojica.

Convencido de que su voz perforaría la frontera norte, se marchó a Nueva York. Eran los años de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, el plan estuvo a punto de naufragar en el fregadero de platos de un restaurante donde tuvo que ganarse la vida porque no se le abría la puerta grande.

No obstante, consiguió algunos papeles secundarios en una compañía de teatro y allí Ernesto Lecuona, compositor nacido en Cuba, lo encontró y le propuso llevarlo por el mundo.

La primera parada fue Hollywood, donde disfrazaron al cantante de un franciscano del siglo XVIII que antes había renunciado a la vida mundana. Entre melodías y escenas, la película La cruz y la espada (1934) parecía anticiparse al futuro.

Luego, ambos visitaron La Habana y Chicago donde la estrella de aquel tiempo, el tenor Enrico Caruso quedó tan impresionado que recomendó al mexicano para que entrase en la Compañía de Ópera de Chicago. El éxito fue inmediato y los platós de Hollywood y México se abrieron de par en par.

Su madre era su gran compañera hasta que, en 1940, la muerte la arrancó de la villa de Guanajuato que él le había comprado. Aquel fue un golpe letal para la carrera de Mojica.

Justamente, mientras rodaba el filme argentino Melodías de América (1942), tuvo una revelación y decidió retirarse. Uno de los primeros en conocer la noticia fue Agustín Lara, su viejo amigo de México, quien componía la música para la producción.

-Esta es mi última película: una vez que la termine, ingresaré a un convento.

Lara le dijo que haría una canción a manera de testamento artístico y, a la mañana siguiente, ya tenía entre sus manos la letra de Solamente una vez:

Una vez nada más

Se entrega el alma

Con la dulce

y total renunciación…

Eso sí, por segunda ocasión en su vida, José Mojica cambió su nombre para convertirse en fray José de Guadalupe y sus restos aún reposan en Lima, adonde lo llevó su vida franciscana para hacer el más grande de los sacrificios por amor a Dios.

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