Alfonso Espinosa es el director de la Biblioteca Nacional del Ecuador. Conversamos con él a propósito de que el 24 de octubre se celebra el Día Internacional de la Biblioteca. Una fecha para conmemorar, según este funcionario, el valor que tiene la memoria en nuestras vidas.
Seguro alguien puede pensar que el director de la biblioteca más importante del país es una persona que se la pasa leyendo, pero la realidad es otra. El día a día de Alfonso Espinosa es el de un burócrata que tiene que revisar pagos de nómina o firmar resoluciones para el servicio de seguridad. En medio de esas tareas, hizo una pausa para conversar con Mundo Diners sobre las bibliotecas y su importancia en medio de un mundo cada vez más virtual.

Comencemos por la coyuntura. En un mundo lleno de efemérides, ¿por qué es importante conmemorar el Día Internacional de la Biblioteca?
Detrás de la conmemoración del Día Internacional de la Biblioteca hay un hecho doloroso: el incendio de la Biblioteca de Sarajevo (Bosnia y Herzegovina), ocurrido en 1992. El momento en que nos quedamos sin una biblioteca, un museo o un archivo histórico perdemos nuestra memoria; una memoria que, quizás, es la mejor fortaleza del ser humano. Nosotros tenemos un montón de desventajas frente al resto de mamíferos.
Lo que sí sabemos hacer, medianamente bien, es contarnos los unos a los otros cómo resolver un problema, sabemos explicarnos. Esa capacidad de transmitir conocimiento es lo que nos ha sacado del estado primitivo, animal e instintivo y nos ha situado como seres conscientes. La pérdida de una biblioteca es la pérdida de esa conciencia. Por eso, es importante que se haya marcado una fecha para recordar el valor que tienen estos lugares en nuestras vidas.
Ahora está de moda hablar de las bibliotecas virtuales. Si alguien le para en la calle y le pregunta por qué tendría que visitar una biblioteca física, ¿qué le respondería?
Le diría que vaya a una biblioteca, porque hay un universo de documentos que no están en el mundo digital. Es un mito de estos tiempos afirmar que todo está en internet. Por ejemplo, hay un montón de periódicos antiguos, y por antiguo me refiero a cualquier cosa anterior a 1950, que solo hay en formato físico. La gran mayoría de todo lo que se ha publicado en la historia de la humanidad permanece sin digitalizarse.
En las bibliotecas existen unos tesoros que ni te imaginas. Nosotros tenemos cinco tomos que se llaman Los ociosos de Faenza; son poemas escritos por los padres jesuitas cuando fueron expulsados de la Audiencia de Quito, (1767) entre ellos Juan de Velasco. En los años 50 del siglo pasado, el escritor Alejandro Carrión recuperó una parte de estos escritos, pero nunca se han publicado íntegros.
Pongámonos más quisquillosos. ¿Por qué alguien tendría que venir a la Biblioteca Nacional?
Primero por el edificio, si nunca estuvieron en el antiguo Hospital Eugenio Espejo, les va a sorprender la vista que hay de la ciudad. Pueden venir a ver el paisaje y a descansar. Un amigo colombiano suele decir que un museo, entre otras cosas, sirve para no hacer nada. Yo digo que las bibliotecas también sirven para lo mismo; pueden venir acá, literalmente, para no hacer nada. Lo cual es algo magnífico y necesario.
Y luego también pueden conocer todos los fondos, entre ellos, una de las colecciones más importantes de la literatura ecuatoriana. Hay viciosos de la lectura, como uno, que pueden leer en cualquier parte; pero sí creo que la experiencia lectora es distinta dependiendo del lugar. Leer dentro de una biblioteca te da otro contexto porque, generalmente, son lugares en los que te sientes seguro.




Entonces, ¿en la Biblioteca Nacional se aplica esta idea de lugares expandidos?
La Biblioteca Nacional es un espacio que recibe un montón de propuestas y donde se realizan actividades muy distintas. Ahora, mientras charlamos, en una de las salas están en un taller de la Asociación de Correctores, la semana pasada se realizó un taller dictado por Naciones Unidas sobre la trata de personas y en unos días tendremos una feria sobre temas laborales de turismo y la proyección de unas películas para guaguas, en el marco del Festival de Cine Europeo. A finales de noviembre, acá se va a realizar el Quito Fashion Week.
Las bibliotecas nunca han sido pensadas como sitios sexis y atractivos para la gente. Nunca escuchas que alguien diga, por ejemplo, ¡hoy tengo un programón, en la tarde voy a la biblio! Las bibliotecas tienen que comenzar a ser sitios más atractivos y más sexis para la población, espacios que les ofrezcan experiencias. Tienen que dejar de ser ese lugar de castigo al que nos acostumbraron en la escuela o el colegio. En ese afán, en mayo pasado inauguramos una ludobiblioteca, un espacio bellísimo para niños y jóvenes.
Al igual que el Museo Nacional, la Biblioteca Nacional no tiene sede propia. ¿No hay un proyecto para que esa realidad cambie algún día?
Hay muchas paradojas en este país, sobre todo, con el valor que le damos a la memoria social. La realidad es que el Archivo Histórico, la Biblioteca Nacional y el Museo Nacional no tienen hasta la fecha sede propia. El afán por dotar de un edificio propio al Museo Nacional tiene más de 30 años; y ahora, como nunca, hay una voluntad política para lograr que eso se convierta en realidad.
La Biblioteca Nacional se mudó a este edificio gracias a un comodato firmado con el Municipio de Quito. Actualmente, ocupamos tres pabellones de los cinco que tiene el edificio. Ahora, lo que estamos sondeando es la posibilidad de que todo el complejo del antiguo Hospital Eugenio Espejo sea transferido a la Biblioteca Nacional. Transferido, no entregado en comodato, no fiado, no arrendado.
Si ahora tener una sede propia no es urgente, ¿cuáles son las prioridades de la Biblioteca Nacional?
Una de las prioridades de la Biblioteca Nacional es activar la Red Nacional de Bibliotecas. En la Ley de Cultura, nosotros aparecemos como cabeza de la red. Actualmente, en nuestro catastro tenemos registradas poco menos de 1 000 bibliotecas, entre públicas, religiosas, educativas, universitarias y privadas. Como sucede en otros ámbitos del país, hay concentración de bibliotecas en Quito, Cuenca y Guayaquil, y un déficit importante en las provincias de la Amazonía; y en Galápagos, de plano, no hay ninguna biblioteca pública. Otra prioridad es el tema del depósito legal. Esta es una obligación que tienen que cumplir los editores. Hay una diferencia abismal entre el dato de libros publicados en el país, que maneja la Cámara Ecuatoriana del Libro y los que nos han entregado las editoriales.
¿Y qué pasa con el estado de conservación de los fondos de la Biblioteca Nacional?
El edificio en el que estamos es muy noble y generoso. Tiene unas temperaturas muy estables y condiciones de humedad muy convenientes. Además, tenemos un sistema de monitoreo continuo. Dos veces al día chequeamos temas de temperatura y humedad. El estado de conservación de nuestros fondos es bueno, pero tenemos un lote de libros antiguos, 37 en total, que en algún momento durante la estadía de la Biblioteca en la Casa de la Cultura quedaron muy afectados por un proceso de humedad y un tema de hongos, que son terriblemente tóxicos. Desde el año pasado, junto con el Instituto Nacional de Patrimonio Cultural, estamos trabajando para aplicar en estos libros una técnica de desinfección de documentos y de material orgánico a partir de radiación de cobalto.

