El 23 de junio se cumplen cien años del nacimiento de Jorge Enrique Adoum, poeta mayor de nuestras letras. Parte de su legado incluye más de una centena de columnas publicadas en la revista Diners, donde narró la humanidad de su época con un carácter tan universalista como ecuatoriano.
Explorar el archivo de un poeta, de uno como Jorge Enrique Adoum, transforma la noción del tiempo. Con palabras supo vestir y desvestir su contemporaneidad, sosteniendo una irreverente lectura de su pasado y escuchando, atento, el ruido y los silencios que traía el porvenir.
Al releer sus columnas se reafirma —y esto no es novedad— que nadie escribirá como él. Pero esta verdad no desanima, al contrario, es aliento, porque sus textos están hilados con el pulso infatigable de un trabajador de la palabra. Alguien que no dejó de buscar y labrar formas para narrar la vida; la suya y la ajena. Entre ellos escritores y habladores: estudiantes de colegio, navegantes de la poesía y amantes. La sabiduría del anecdotario de las calles y los anuncios del domingo, inscrita en los márgenes de la “alta cultura” que Adoum supo leer y escuchar.
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