
A punto de cumplir 19 años de trayectoria, el Liceo Campo Verde abre sus puertas a través de una entrevista con su rectora Carla Avellán Pinto, quien nos cuenta sobre la filosofía de la institución, su propuesta educativa, la comunidad que han construido en este tiempo y su innovador programa antibullying, de origen finlandés.
¿Qué motivó la creación de este proyecto educativo que camina hacia sus 19 años de trayectoria?
Nos motivó el hecho de crear un proyecto donde pudiéramos entender a cada niño como un individuo y donde la parte emocional tiene un componente importante, sin descuidar el rigor académico.

¿Cuál es la esencia de este proyecto?
Es mantener ese equilibrio entre encontrarnos con el niño y la persona que se va desarrollando y mantener la calidad académica. Un colegio siempre tiene como objetivo primario el fomentar el aprendizaje y averiguar qué pasa afuera, pero eso no se logra si una persona no se siente bien o no está cómoda y en el proceso va aprendiendo quién es.

¿Qué pilares tiene su metodología?
De acuerdo a las edades vamos implementando una metodología diferente. Por ejemplo, la metodología Pikler trabaja desde edades muy tempranas y lo que hace es organizar el espacio para que sea el niño el que decida y el que vaya tomando decisiones dentro del espacio y del movimiento; este método se enfoca en los ritmos de los chicos. Luego trabajamos con Waldorf y Montessori.
Cuando fundamos el colegio, la metodología Waldorf era la única que trabajaba en las emociones de los chicos, en identificarlas y en verbalizarlas. Por otro lado, con Montessori se desarrolla la independencia, el trabajo en casa y eso se va abordando desde los primeros años.
En la etapa del colegio manejamos un aprendizaje basado en proyectos o en indagación que nos permite encontrar una pregunta real en el tiempo y en la comunidad en la que vivimos. Conforme pasa el tiempo esa comunidad se va agrandando. Primero es nuestra familia, luego nuestra ciudad y luego el mundo. En el Liceo Campo Verde nos enfocamos en cómo logramos solventar un problema del mundo real con la información y los insumos que tenemos. Ahí nos encontramos con nuestra creatividad al preguntarnos: ¿cómo resolvemos de una manera distinta un mismo problema?

¿Cuál es el rol que cumplen sus instalaciones en este proceso que usted describe?
Las instalaciones las pensamos desde la primera piedra, porque cómo está diseñado el colegio y la arquitectura del lugar define cómo nos relacionamos. Lo que queríamos nosotros es que, siguiendo el criterio académico, sea abierto al mundo y sea un espacio verde donde los chicos encuentren calma. El área verde del colegio es para nosotros un privilegio y lo mantenemos siempre muy abierto porque está comprobado que los entornos verdes te devuelven a la calma y ese es un principio de Waldorf: volver a la calma para desde ahí abordar el estudio. Además, el Liceo Campo Verde está diseñado en pequeñas comunidades; tiene una especie de patios internos que nos permiten lograr ese sentido de comunidad, donde los chicos desarrollan también un sentido de pertenencia.

¿Qué herramientas específicas cuentan para lograr ese “estar en calma” de los alumnos?
Por ejemplo, para los niños pequeños el agua es muy importante. Entonces nosotros tenemos una cascada en Campito, el área de los más chicos. El ritmo del agua y su sonido les devuelve la calma. También está el tener animales y componentes del medio ambiente que les llamen la atención y les hagan sentirse tranquilos. En ese mismo sentido, contamos con aulas abiertas que están en mitad de la naturaleza, de un bosque interno que permite respirar y realizar procesos de introspección. Otro aspecto son los colores; nosotros tenemos un color neutro en el que uno le viste al color, le viste al aula. Por citar un caso, nuestras aulas son de color madera, los muebles son del mismo color, porque el tener elementos naturales te devuelve a la calma. Todo tiene ese fin.

¿Cómo preparan a los alumnos para un mundo en permanente cambio?
Les enseñamos a los estudiantes a reconocer sus propias capacidades y a desarrollar su destreza de “aprender a aprender” porque el mundo en el que entran aquí a los tres años no es el mismo mundo al que van a salir cuando tengan 18. Entonces el mundo va a ir cambiando y, a diferencia de hace unos 10 o 15 años, donde uno tenía una profesión y listo, ahora la profesión en sí cambia y hay que ir a ese ritmo. Por lo tanto, necesitamos que los alumnos tengan la capacidad de retomar el aprendizaje y de no perder las ansias de aprender. No dejar de maravillarse frente al conocimiento.
Mantenemos ese enfoque a lo largo de la vida estudiantil, asegurando la calidad académica a través de la incorporación del programa Advanced Placement®, del College Board®, en los últimos tres años de bachillerato. Este programa se desarrolla a través de clases a nivel universitario pero dentro del contexto escolar del colegio.

¿De qué forma integran la tecnología en este contexto?
En nuestra filosofía, durante los primeros años del niño, la tecnología no tiene tanto espacio porque recién están descubriendo el mundo y lo que te pasa con un teléfono es que el mundo se vuelve el aparato. Por ello, para nosotros es importantísimo mantener esa separación hasta que los chicos comiencen a tener una relación con el otro; eso sucede a partir de los 6 o 7 años, cuando empiezas a tener un sentido de comunidad con las personas de tu entorno. Luego de eso, nosotros, como escuela, empezamos a propiciar una relación con la tecnología como una herramienta donde yo busco, encuentro y decido qué hago con lo que encuentro. En este punto es donde se pone en juego la capacidad crítica de los chicos: ¿quién me está dando esta información y de qué me quiere convencer? Nuestra meta es que los estudiantes puedan llegar a esa capacidad de comprender qué es lo que estoy leyendo o viendo y cuál es el objetivo de esta persona que me está dando esta información.

¿Con qué herramienta trabajan el tema antibullying?
Lo hacemos a través de KiVa, un programa de origen finlandés, y somos el primer colegio en tenerlo en el Ecuador. Esto se da en el contexto de que por muchos años Finlandia fue el número uno en educación y KiVa ha probado bajar la incidencia de bullying en los entornos educativos. Básicamente, el programa de KiVa se basa en que la comunidad trabaje para que no haya situaciones de bullying. Se enfoca mucho en la persona que realiza el bullying mediante procesos de reflexión y tratando de comprender la realidad de esta persona. También se trabaja con la comunidad, debido a que el bullying se da porque la comunidad lo permite. Los observadores juegan un papel activo o pasivo y es importante reconocer ese papel y trabajar en como actuar para pararlo. KiVa también trabaja mucho con la víctima de bullying y su proceso de contención y empoderamiento.

¿Cómo se proyecta al futuro el Liceo Campo Verde?
Creo que en muchos temas la pandemia marcó un antes y un después. En el tema educativo los chicos tuvieron un cuestionamiento de para que sirve el conocimiento. Nuestro desafío es mantener la capacidad de asombro en estos chicos que se cuestionan para qué estudiar. Nuestra gran meta, desde Liceo Campo Verde, es responder a esa pregunta y convencerlos de que estudiamos para lograr un sentido de propósito y ponerlo en el mundo.

