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La memoria del alambre

por Paola Ponce

La memoria del alambre

Bárbara Blasco
Tusquets, 2022

La adolescencia conduce a la audacia por carriles ilimitados. Esta es la historia de dos chicas que viven al máximo sus días y sus noches. Maquilladas de morado, con medias de red y minifaldas, botines de colores… “La felicidad se mide en unidades de extravagancia”. El libro transcurre por los bares, entre droga y cuerpos anónimos, música de los ochenta y baile. Beben, viven las sensaciones, las lenguas, cantan. La protagonista es la amiga de Carla, que sigue siempre su plan, por más oscuro que sea.

“No éramos chicas de barrio, íbamos a un colegio pijo, aunque teníamos alma de barriobajeras, no éramos pobres, aunque sobrevivíamos en la indigencia emocional, lo éramos todo y no éramos nada aún”. El colegio, el compañero libidinoso, el morbo del director, retrato de una historia repetida en todas partes. Veinte años después la narradora canta en la orquesta Maravillas, viajando por pueblos remontados. Desde la música de moda, se tejen las vidas de los integrantes que detestan las canciones cursis que cantan.

El pasado siempre en la memoria como metálico tintineo. Carla, el asidero. Carla, desde los flashbacks, desde la aventura, se presenta nítida en el recuerdo. Inocente y, a la vez, promiscua. Infantil y, a la vez, vieja sabia. La trama, los sórdidos recuerdos, son narrados a la madre de Carla que, en algún momento, envió un email a la narradora preguntando qué llevaba su hija en los bolsillos el día que murió atropellada por un tren. ¿Suicidio? ¿Accidente? Se vislumbra, al final, el posible motivo de su vida tormentosa y de su muerte.

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