
Con motivo del homenaje póstumo a Gil Barragán, destacado jurista, académico y servidor público reseñamos su vida y trayectoria, que fueron ejemplos de ética y conciencia cívica.
Jurista, político, maestro. En la figura del Dr. Gil Barragán Romero (1924–2018) convergen los ideales de una generación que creyó en la República, en la ley como pacto social, y en la educación como herramienta de transformación colectiva.
A inicios de los años 70, su figura empezó a sonar como una alternativa presidencial, respaldada por su honestidad y claridad política. El golpe militar de 1972 truncó ese camino. Sin embargo, su influencia no se detuvo. Barragán fue un referente para varias generaciones de líderes y juristas que lo admiraron no solo por sus ideas, sino por su ejemplo.
Su nombre quedó grabado en múltiples hitos de la historia política y jurídica del Ecuador del siglo XX. Presidente del Tribunal de Garantías Constitucionales, Ministro de Estado, Vicepresidente del Parlamento Nacional, conjuez de la Corte Suprema, reformador de la Constitución en más de una ocasión. Sin embargo, Barragán fue mucho más que un cargo: fue una conciencia cívica.

Su voz –firme pero serena– se alzó por causas muchas veces incómodas: el derecho al voto de los analfabetos en 1964 y la igualdad jurídica entre hombres y mujeres en 1983. Luchador incansable por la justicia, fue abogado de causas emblemáticas como la del teniente coronel Galo Herdoíza, acusado en los trágicos sucesos de Portoviejo, y asumió la defensa de la familia de Abdón Calderón Muñoz, economista y líder político asesinado en 1978 por orden del entonces ministro de Gobierno, General Bolívar Jarrín Cahueñas.
A lo largo de su carrera, representó tanto a grandes empresas como a ciudadanos comunes, sin distinción. Su vocación de servicio se extendió al asesoramiento gratuito de organizaciones médicas, gremiales, estudiantiles y culturales. Pero si algo marcó su legado fue la docencia. “El éxito de un alumno es la gloria de un maestro”, solía decir. Enseñó en el Colegio Vicente Rocafuerte y en la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil. En cada aula dejó una lección que iba más allá del derecho: la ética como horizonte.
Autor del tratado “Daño Moral”, su pensamiento sigue siendo citado en cortes y aulas. Su nombre, respetado aún por quienes disentían de él, evoca una época en que el disenso no era sinónimo de enemistad, y la política se ejercía con decencia. A 100 años de su nacimiento, el Ecuador lo recuerda como un hombre de leyes, pero también como un humanista que creyó –hasta el final– en el poder transformador de la palabra justa.

