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Mundo Diners al día

Galo Ortega, el papá que busca justicia trepado en una bici

por Fernando Medina

Galo Ortega
En los últimos seis años, Galo Ortega ha encontrado en el deporte una forma de mantener viva la memoria de su hijo Javier. Foto: Cortesía.

La vida de Galo Ortega cambió en 2018. Ese año, su hijo Javier fue secuestrado y posteriormente asesinado en la frontera entre Ecuador y Colombia. El deporte ha sido el motor para seguir luchando por conocer la verdad de los hechos. 

El día apenas comienza y Galo Ortega sale de su casa en el Valle de Los Chillos. Son las 05:00 y su figura se divisa junto a una bicicleta de ruta. Viste un buzo con la imagen de Javier, Paúl Rivas y Efraín Segarra, el equipo periodístico de Diario El Comercio que fue secuestrado y asesinado en 2018. Parece un ciclista profesional. Viste mallas, casco, medias y zapatos especiales. 

En su  pecho cuelga una bolsita de tela en donde guarda la credencial de prensa de Javier. “Esto es mi motor”, dice mientras la acaricia y cuenta que la obtuvo cuando la Policía colombiana recuperó los cuerpos de los tres comunicadores en territorio colombiano. “Cuando me la entregaron estaba con tierra y tenía un olor fuerte por los días que permaneció en el pecho de mi hijo, pero luego la limpié y hoy la llevo a todos lados”. 

Desde la muerte de ‘Juanito’, como llamaba a su hijo, se refugió en el deporte. Ha concursado en ocho carreras de atletismo y de ciclismo. En todas las competencias viste la camiseta en la que está estampada la imagen de su hijo. “Es el padre de uno de los periodistas de El Comercio”, ha escuchado en cada una de las competiciones. 

Todas las medallas que ha conseguido se las ha dedicado a la memoria de su hijo y de sus compañeros. Siempre va al cementerio y las deposita en las lápidas de Javier, Paúl y Efraín. Los tres fueron sepultados juntos en el cementerio Alemán, en el norte de Quito. Sus restos llegaron hasta ese lugar luego de ser repatriados desde Colombia. 

Ortega recuerda esos momentos como los más duros y tristes de su vida. Ver a Javier  llegar en un féretro, lo rompió por dentro. “Que un hijo regrese en un ataúd es lo más difícil que un padre puede sentir”, recuerda. Ese día, los restos de su hijo y de sus compañeros fueron colocados en unas carrozas fúnebres que se dirigieron hasta las instalaciones de la redacción de El Comercio, al sur de Quito. 

La noticia del secuestro del equipo periodístico de El Comercio impactó al país, incluso, trascendió fronteras. Fue el primer asesinato de periodistas ecuatorianos en un contexto de violencia. Hasta el papa Francisco se pronunció en el Vaticano por su liberación. Por eso, para Ortega es importante que las personas no se olviden de lo que pasó.

galo ortega
Richard Carapaz y Galo Ortega.

La memoria de Javier 

En su casa, Ortega guarda todos los recortes de prensa que su hijo escribió y en los que retrató la realidad del país y también el libro que se publicó con esos textos: “Periodistas en la frontera norte”. Allí están los reportajes que Javier realizó en San Lorenzo y en Mataje, dos localidades asentadas en la línea fronteriza con Colombia. 

En esos reportajes, Javier ya mostraba la conformación de grupos ilegales para el ingreso de grandes cargamentos de cocaína hacia el Ecuador. Incluso, reportó el primer desplazamiento forzado de comunidades por hechos de violencia en territorio ecuatoriano. Ortega se siente orgulloso de su ‘Juanito’. Lo repitió el pasado 26 de marzo en la Plaza Grande. Ese día se cumplieron seis años del secuestro del equipo periodístico. 

Como cada año, Ortega vistió una camiseta con la imagen del equipo periodístico. Pero, además, llevaba en su cuello unas cadenas de acero con candados. Para él, esas cadenas le sirven para recordar que así estuvieron Paúl, Javier y Efraín, los días de su cautiverio a manos de los grupos armados y disidentes de las FARC

Esa imagen no se borra de su mente. Mientras los secuestradores y asesinos de su hijo lo tenían como rehén, difundieron unos videos a manera de prueba de vida. En la grabación se observa a Javier y a sus compañeros atados con cadenas y candados en el interior de una estructura de madera. Javier mira a la cámara y pide al expresidente Lenín Moreno que los ayude y le dice: “en sus manos están nuestras vidas”. 

Los entuertos de la política 

Ortega recuerda que el Consejo de Seguridad del Estado (Cosepe), que organizó el expresidente Lenín Moreno, les decía a las familias que estaban negociando su liberación y que no se preocuparan. Pero eso nunca ocurrió, tras el crimen del equipo periodístico se conoció que nunca hubo una intención de liberarlos y las familias siempre esperaron la desclasificación de las actas de dicho Comité. 

Esta fue una promesa incumplida por parte de los funcionarios del Gobierno de Moreno y del expresidente Guillermo Lasso. Recién en abril pasado, la Corte Constitucional ordenó la entrega de las actas del Cosepe por parte del actual Gobierno. Eso finalmente ocurrió en mayo, pero las familias denunciaron que la información estaba manipulada y mutilada. 

A seis años de la muerte de su hijo, Ortega dice que hay muchos detalles que no se conocen sobre el secuestro y el asesinato. Tampoco de la participación del Gobierno ecuatoriano. Lo única certeza que tiene es que fue secuestrado en territorio ecuatoriano y llevado a Colombia. Dice que vive desilusionado del discurso gubernamental. “Ni en el gobierno de Moreno ni tampoco en el mandato de Lasso nos dieron respuestas”, señala.

Por todo esto, para él la única forma de seguir en la lucha por la verdad en el caso de su hijo es compitiendo. Dice que Javier le da fuerza para llegar hasta la meta. La imagen de su ‘Juanito’ sigue en su memoria y en su casa, donde hay retratos de él por todas partes. En la mesa de la sala está un álbum de fotos. En la portada está el rostro de Javier. Es una imagen que fue captada en la frontera norte, días antes de que fuera raptado por alias ‘Guacho’, el disidente de la extinta guerrilla de las FARC.

Ortega sigue acumulando kilómetros en carreras. En cada travesía lleva la foto de su hijo y sus compañeros. En una de sus últimas aventuras cubrió el trayecto desde Quito hasta Playa Alta (Carchi), el hogar del campeón olímpico Richard Carapaz. Esa fue la tercera vez que realizó esta ruta. En una ocasión coincidió con Richard. Lo conoció y lo abrazó. Juntos subieron una foto por la memoria de Javier y sus compañeros de trabajo.

Ortega tiene 70 años, pero para él no existe el cansancio. Todos los días trata de ejercitarse. Cuando no está encima de una bicicleta, está trotando junto a su perra Panchita, un pastor alemán de siete años. Ella lo acompaña siempre. En cada plantón está junto a su dueño y cuando lo pierde de vista por un momento se desespera y aúlla. 

“Es la perra de mi hijo”, cuenta. Panchita era cachorra cuando la mamá de Javier la llevó a la casa. El periodista se enamoró y paseaba con ella a diario. Su padre recuerda que eran inseparables. El día que su hijo salió con destino a la frontera se despidió de sus padres y de Panchita. “Ya regreso”, les dijo sin saber que esa sería la última vez que se verían.

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Acerca de Fernando Medina

s periodista desde el 2012. Desde ese año ha recorrido las fronteras de Ecuador y se ha especializado en coberturas de riesgo y de seguridad. Sus textos han sido publicados en Diario El Comercio y revista Vistazo. Trabajó para Diario El Mundo de España y la BBC de Londres. Es reportero, editor y corresponsal de varios medios digitales nacionales e internacionales.
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