
El fotógrafo ecuatoriano Pablo Corral Vega entabló una entrañable amistad con Mario Vargas Llosa, a partir del trabajo conjunto que hicieron para el libro Andes, de National Geographic publicado en 2001. Lo que leerá a continuación es un testimonio que muestra aspectos poco conocidos de la vida del Premio Nobel peruano.
“Don Mario, no le había visto en mucho tiempo. ¿Cómo está usted? ¿Cómo está doña Patricia?”
Mario bajó conmigo hasta la planta baja de su edificio. Eran las tres de la madrugada y quería asegurarse de que pudiera encontrar un taxi. El guardia le saludó con afecto. Mario le correspondió con la misma calidez; conocía a su familia, a sus hijos. No se veían con frecuencia porque los Vargas Llosa solían salir siempre por el garaje de su pequeño edificio junto al mar, en el corazón de Miraflores.
Mario Vargas Llosa parecía un hombre adusto, serio, impenetrable. Hablaba con una precisión memorable: cada palabra era deliberada, justa.
Tuve la suerte de conocer a dos titanes del boom latinoamericano. El Gabo dicharachero, farrista y mamagallista no se parecía en nada al Vargas Llosa brillante y culto, pero aparentemente frío. Gabo era un costeño, un caribeño; Vargas Llosa, un lord limeño.
Cuando hacíamos el libro Andes para National Geographic, allá por 1998, nos reuníamos después del almuerzo en su casa de Lima y trabajábamos hasta las dos o tres de la madrugada. Todos los días durante una semana. Se había propuesto escribir veinte minicuentos inspirados en mis imágenes. Me interrogaba con genuino interés; quería saber todos los detalles sobre las fotos que había escogido, sobre mis vivencias recorriendo el mundo andino.

Vargas Llosa ha sido el mayor conversador que he conocido en mi vida. Nunca antes había hablado con alguien que expresara sus ideas con tanta claridad y firmeza: cortante, chispeante, agudo, con un delicioso sentido del humor, una cultura vastísima y una presencia absoluta. Cuando le decía algo, me escuchaba con total atención. ¿Qué podía ofrecerle intelectualmente un jovenzuelo como yo?
En su estudio-templo nadie nos interrumpía, y él jamás se interrumpía a sí mismo: no contestaba llamadas, no se distraía con digresiones innecesarias. Se reía con picardía, con ironía. Recordaba pasajes enteros de novelas leídas en su juventud, recitaba de memoria poemas de los clásicos y de los grandes poetas franceses. Cuando quería reforzar una idea, me llevaba a buscar un libro en su inmensa biblioteca, perfectamente organizada, que ocupaba varios pisos de ese edificio, reforzado estructuralmente para soportar el peso de los libros. Cada título que elegía y abría para mí era un talismán, una puerta hacia universos paralelos.
Aquella semana en Lima fue la más valiosa lección que he recibido sobre el poder transformador de la palabra. Mario era un ministro de la literatura, un explorador de los vericuetos del alma humana, un creyente fervoroso en la cultura.
Era un hombre cálido y generoso, con un deseo insaciable de vivir, de seguir viviendo, pensando y sintiendo. Tenía un entusiasmo, una curiosidad inquebrantables.
Me hablaba de sus viajes, de sus veranos en un centro de sanación en el sur de España, donde se reconectaba con el silencio y la alimentación, y descansaba de su intensa vida de superestrella cultural. Me contaba de su amor por Londres, de lo mucho que disfrutaba pasar desapercibido, anónimo, y perderse entre calles estrechas y librerías. Me hablaba de sus vivencias andinas, de su amor por Arequipa y el Misti, de su profunda fascinación por los ritos y tradiciones de su amado Perú.
Conversamos mucho sobre Gabo, sobre su ruptura, sobre el famoso puñetazo que Mario le propinó y que le dejó un ojo morado, y sobre la profunda admiración y el afecto que aún le tenía. Gabo era un coqueto irreverente, sí, pero lo que verdaderamente acabó con su amistad fueron sus posturas opuestas sobre Cuba. A Vargas Llosa le horrorizaba que los intelectuales de izquierda no fueran capaces de mirar con sentido crítico los horrores y excesos del socialismo real; que no reconocieran que Cuba se había convertido en una dictadura; que no vieran los crímenes de Mao o Stalin con la misma claridad con que condenaban los del fascismo o el nazismo.
Los grandes amores de Mario Vargas Llosa
El Nobel tuvo una vida sentimental de novela. Se casó con su tía, 12 años mayor que él, y la dejó por una prima. En 2015, inició un mediático noviazgo con Isabel Preysler.
En 1955, con 19 años, se encontró con Julia Urquidi, hermana de su tía Olga, a la que conocía desde niño. La “tía” Julia, como la llamaba, era 12 años mayor que él, acababa de divorciarse y estaba de visita en Lima para pasar unas semanas de vacaciones con su familia. El escritor, que estaba cursando el tercer año de la universidad, se enamoró de esa mujer madura, de figura alta y agraciada, voz ronca y risa fuerte.
El romántico enlace terminó por irse a pique en 1961 cuando Vargas Llosa coincidió en París con su prima, Patricia Llosa Urquidi, hija de sus tíos Lucho y Olga. Él, con 25 años, estaba terminando su primera novela, La ciudad y los perros, y ella, con solo 16, estaba realizando unos cursos de cultura francesa en La Sorbona. Patricia y su hermana, Wanda, pasaron un año en casa de Vargas Llosa y Julia Urquidi en la zona de la Escuela Militar, en el Campo de Marte.
Mario Vargas y Patricia Llosa terminaron casándose y viviendo sus primeros años de matrimonio en París. Tuvieron tres hijos: Álvaro, nacido en 1966; Gonzalo, en 1967; y Morgana, en 1974. En mayo de 2015, reunieron a toda su familia en Nueva York para brindar por sus bodas de oro. Pocos días después, la revista ¡Hola! publicó unas fotos del Nobel junto a Isabel Preysler, vieja amiga a la que conoció en 1986.
Días después, ¡Hola! publicó nuevas fotos de Vargas Llosa y Preysler que confirmaron el noviazgo. “Esta es una relación nacida de una infidelidad”, declaró Gonzalo Vargas Llosa, hijo del escritor. La relación del novelista con la socialité lo alejó de su familia y lo acercó al mundo del papel cuché, un mundo que él había criticado enérgicamente en su ensayo La civilización del espectáculo, publicado en 2012.
*Contenido publicado el 15 de abril de 2025 en El País. Se reproduce este contenido con exclusividad para Ecuador por acuerdo editorial con PRISA MEDIA.
Vargas Llosa se oponía a toda forma de autoritarismo, viniera de donde viniera. Hablamos mucho de política, y agradezco la oportunidad de haber escuchado de primera mano la saga de su única campaña presidencial frente a Fujimori. Le horrorizaban los abusos del ingeniero japonés y de su siniestro lugarteniente Vladimiro Montesinos: las matanzas, las desapariciones.
Tenía una gratitud inmensa por no haber ganado la presidencia, porque eso le habría alejado de su camino creativo y le habría robado la alegría de vivir.
Me impresiona el odio que mucha gente le profesa por sus ideas liberales. Pero si uno lee con cuidado sus textos y declaraciones, se advierte que detestaba con igual intensidad los excesos del trumpismo y la deriva autocrática del madurismo.
Para mí, Vargas Llosa fue un maestro, un mentor, un hombre generoso y profundamente curioso. Recuerdo con ternura su risa, el profundo afecto que le tienen quienes más le conocieron. El día que ganó el Nobel me atreví a llamarle. Me contesta. Hablamos unos minutos. Me dice que está agradecido y emocionado, y que teme que su vida se vuelva más exterior y superficial.
He recordado un texto que escribió para acompañar una de mis fotos de los Andes. Hoy suena como un precioso obituario para el gran maestro, el amigo, el mago de las palabras que ha muerto:
"Ha muerto un danzante, un célebre bailarín que, por muchos años, alegró y dio color a las fiestas del pueblo, con sus pasos ágiles y evoluciones misteriosas y el chis chas de las tijeras que hacía chocar –sacándoles chispas- sobre su cabeza.
Un bailarín que, al compás de la música del arpa y del violín (una música que, según las leyendas, violinistas y arpistas van a aprender en las torrenteras de las quebradas, en el estruendo de las cascadas que de lo alto de la montaña rompen sobre los abismos, o en el rumor de los grandes ríos que de los Andes bajan hacia la selva amazónica) bailaba de una manera que a la gente del pueblo, además de emocionarla, la inquietaba.
Porque, en sus danzas, parecía oficiar un rito, hablar, mediante sus movimientos, pasos y figuras, con los espíritus soterrados en las piedras, la tierra, las flores y los árboles, y con las remotas nubes o con los cóndores que merodean en torno a los picos de la cordillera. Más que un bailarín, cuando bailaba parecía un mago o un brujo. Por eso, a ese danzante, todos lo admiraban y respetaban, pero también le temían con el viejo danzante algo del pasado y del alma del pueblo se han ido también, y, en el futuro, habrá menos magia y misterio en sus vidas. El orden tradicional que regulaba la vida se va extinguiendo, y, el nuevo, habrá que inventarlo."

