Bajo la postal patrimonial de Quito, que cumple 491 años de fundación, existen estructuras que crujen, se hunden y resisten al olvido. En compañía de la Fundación de tanatoturismo Tertulia y Misterio, Mundo Diners visitó las 7 "antimaravillas" de la ciudad.
En 2018, un grupo de graduados de la Universidad Central fundaron Tertulia y Misterio. La organización se dedicó de lleno al tanatoturismo. Sus integrantes recopilaron historias, abrieron archivos, pidieron permisos imposibles y entraron a lugares por los que solo los habitantes de calle, los fantasmas o los curiosos transitaban. En 2022 y 2025 presentaron exposiciones fotográficas a la que bautizaron ‘Las 7 antimaravillas de Quito’. Este es su recorrido.
Uno, Molino El Censo

El portón metálico del antiguo molino El Censo rechina como si protestara porque lo abren otra vez. Ahí, a finales del siglo XIX se molía trigo con la fuerza del río Machángara. El sonido del agua era la banda sonora de cientos de obreros que producían harina para la capital.
El molino cerró en 1997. Desde entonces, varios habitantes de calle se han llevado partes de lo que fue la fábrica. En 2016, el lugar se convirtió en una casa okupa en la que vivían 11 personas que fueron desalojadas por la Policía Nacional. Ellos adecuaron el lugar, ingresaron colchones, pintaron, y grafitearon frases anarquistas que hasta la actualidad se leen sobre las paredes.
Tertulia y Misterio llegó dos años después. Lo hicieron con la venia de los dueños del predio. Con ellos mantienen un convenio para hacer recorridos turísticos que se renuevan cada año. A su arribo se encontraron con un personaje que nadie puede ni quiere sacar: una lechuza blanca que mira con atención a los que caminan por el piso de madera donde todavía hay maquinaria de la época. Se sabe que vive ahí desde antes de 2016, la prueba es un mural con su imagen que ocupa toda la pared de ese espacio.
La fundación limpió el lugar, sin modificar su historia. Colocaron velas, humo artificial y les dieron vida a personajes. Uno de ellos es ‘Josefina de la Morgue’, interpretada por Andrea Rodríguez, directora de la organización. Ella guía los recorridos y sostiene que este espacio encabeza ‘Las 7 antimaravillas de Quito’ no solo por su abandono, sino porque revela cómo la capital dejó morir su propia historia industrial a orillas de un río que mantiene la esperanza de volver a respirar algún día.
Dos, La Cartonera de Arteta y Compañía

Al salir de los molinos hay que caminar por un sendero de tierra flanqueado por vegetación. Desde el filo de la quebrada se ve lo que queda de La Cartonera de Arteta y Compañía, ubicada también a orillas del Machángara. El lugar se inauguró en 1943. Era enorme, con dos edificios unidos por puentes industriales. En 1974 se incendió. El fuego devoró todo en una hora. Los vecinos trataron de apagarlo con agua, con tierra, con desesperación. No lo lograron. Las ruinas del edificio están ahí: imponentes y solitarias.
Después, los dueños abandonaron el lugar. Durante décadas no tuvo catastro ni registro. Hace dos años, Tertulia y Misterio consiguió que el Municipio lo catalogue al menos como predio. En la actualidad no hay camino para descender, pero la fundación mantiene la esperanza de convertir este espacio en una ruina visitable, como las de las ciudades europeas que conservan sus fantasmas industriales para la memoria colectiva.
Tres, Las piscinas del Sena

Las Piscinas del Sena aparecen como un espejismo custodiado por uno de los vecinos más representativos del barrio La Recoleta: el Ejército. Nacieron en 1938, cuando el Estado compró esos terrenos y levantó un complejo recreativo con cancha de fútbol, gimnasio y dos piscinas: una grande, tipo olímpica y otra más pequeña. Las dos heladas, alimentadas por agua que bajaba desde las vertientes del Panecillo.
Los vecinos con más años recuerdan que el lugar era un sitio de encuentro. Ahí nadaron importantes deportistas ecuatorianos como Jaime Valladares (boxeador) y Galo Yépez (nadador).
Dejaron de funcionar en los años setenta. Después vino el limbo burocrático. En el 2000, el Fonsal, bajo la alcaldía de Paco Moncayo, tuvo la intención de recuperar el complejo, pero el Ministerio de Defensa, dueño del predio, no aceptó entregarlo. Más de dos décadas después, el Cabildo insistió para que entreguen el lugar para su restauración. Esa vez hubo luz verde. Así, lo recordó el alcalde de Quito, Pabel Muñoz, en enero de este año, pero en julio de 2025 aseguró que la entidad estatal no da señales de vida.
Caminamos por un sendero cercano a lo que queda de los vestidores. En el fondo de la antigua piscina olímpica se ve el cadáver en descomposición de un perro. Aquí, Tertulia y Misterio logró hacer un recorrido una sola vez. Las trabas para conseguir permisos con instituciones públicas son tantas que el lugar parece intocable.
Cuatro, Teatro Atahualpa

En las calles Venezuela y Bolívar (Centro Histórico), el Teatro Atahualpa, fundado en 1958, mira la ciudad con ojos de yeso descascarado. En los años noventa, durante la Semana Santa, era un ritual familiar caminar desde la Loma Grande, pasar por la consagración de los ramos en la iglesia de Santo Domingo y subir al cine donde las funciones atrapaban a los quiteños con dos películas que se repetían sin cesar.
La primera película, en blanco y negro, contaba la vida de Jesús de Nazaret y la segunda, un clásico mexicano: El coyote emplumado, de la India María. Había un pequeño bar y la proyección se veía en dos pisos llenos de butacas de un rojo carmesí. La gente hacía fila en la boletería que hoy luce cercada. En la actualidad, el edificio, que le pertenece al Seguro Social, sirve de resguardo para los habitantes de calle.
Cinco, San Lázaro

Fachada del Hospital San Lázaro. Foto: Víctor Vergara.
En la calle Ambato, cerca de las gradas que suben al Panecillo aparece un predio que ocupa una cuadra entera. La fachada está pintada de blanco y en la puerta principal hay una lámina de metal que cubre las puertas de madera; al pie del edificio, un habitante de calle que duerme profundamente. Ahí, desde 1874, las Hermanas de la Caridad, por orden del presidente Gabriel García Moreno se encargaron del hospital San Lázaro.
Andrea Rodríguez cuenta que los registros históricos relatan que las religiosas tenían experiencia en hospitales y al ver los casos de abuso sexual establecieron pabellones de hombres y mujeres. Trajeron desde Francia una “técnica” para frenar el impulso sexual de los hombres: inyecciones en la ingle que provocaban abscesos enormes. Entre tres y cinco días de dolor extremo hasta drenar litros de pus. Una forma brutal de controlar el cuerpo, aceptada como tratamiento en esa época.
Luego llegó Eloy Alfaro, con su anticlericalismo, y ordenó un cambio de administración. Los médicos tomaron la batuta oficial, aunque las monjas siguieron dentro, trabajando día y noche por casi nada, mientras los doctores cobraban sueldos altos con visitas una vez a la semana.
Mientras caminamos por el lugar, Rodríguez cuenta que, cuando el hospital psiquiátrico aún funcionaba, entró a pedir permisos para filmar. La recibió un “guardia” amable que la guió por los pasillos. Todo parecía normal hasta que un doctor se lo llevó y le dijo: “Venga, venga, usted no puede hablar con las visitas, es un paciente”. El hombre -dice- se creía guardia. Otros se creían doctores y se vestían como tales.
Hoy, San Lázaro vive otra forma de abandono. El complejo entero se cae, salvo su capilla, que todavía conserva algo de su antigua belleza. Tamara López, directora de Proyectos Especiales del Instituto Metropolitano de Patrimonio explica que el Municipio tiene una propuesta de intervención que incluye varias etapas, la primera de ellas es recuperar la capilla. El presupuesto del proyecto que está en planos es de USD 5 millones. La propuesta es darle uso mixto.
Seis, Expenal García Moreno

En 2014 el Penal García Moreno cerró sus puertas. Lo hizo después de 138 años de funcionamiento desde su inauguración en 1875. El dato lo suelta Rodríguez mientras caminamos hacia el predio ubicado a unas cuadras del Centro Histórico.
Cuando los prisioneros fueron trasladados no pudieron llevarse sus pertenencias. El entonces Ministerio de Justicia activó un proyecto que le dio una segunda personalidad al expenal: fue un museo que duró cinco años.
Las mesas de billar, la ropa colgada, los productos que se vendían, los electrodomésticos…, todo estaba ahí. La celda del entonces narcotraficante, Óscar Caranquí contrastaba con la crudeza del lugar. Una amplia televisión cubría una pared y había un bar con botellas de marcas famosas. Ese “calabozo” fue uno de los espacios más visitados por quienes iban al museo. Lo mismo pasaba en pabellón E, en la celda que albergó, durante sus últimos días de vida, al expresidente y líder de la revolución liberal, el general Eloy Alfaro.
Llegamos a la puerta principal. Cruzamos y conversamos con la comerciante Susana Guzmán de 69 años, testigo de la vida del lugar desde 1980. “Recién entraron dos, se duermen hasta la tarde, salen y regresan”, nos dice.
En 2019, los exhabitantes, quienes lograron su libertad, le apostaron al turismo vivencial y debutaron como guías turísticos, actores y administradores del lugar. Lo hicieron como fuente de ingreso y para mostrar a los visitantes cómo fue vivir en esa cárcel. Al ingresar, un guía penitenciario ficticio empujaba a los visitantes como si realmente fueran privados de libertad. Más adelante, “El Polilla” mostraba la celda 15: dos metros por tres, ahí vivían hasta treinta hombres.
El paso de la pandemia de 2020 y la falta de interés de las autoridades le pasaron factura al expenal que, desde ese año, vive en abandono. A diario, habitantes de calle y otras personas se llevan, literal, una parte de él. Tertulia y Misterio presentó un proyecto para devolverle la vida al predio. La intención es hacer una réplica adaptada del museo de la cárcel de Alcatraz que está abierto desde 1973 y en la actualidad es una atracción turística.
Siete, La antimaravilla que salió de la lista
La esquina de la avenida Rodrigo de Chávez y 5 de Junio, en el sur de Quito, vibraba como un pulmón vivo. En los ochenta, allí se cerraba la calle durante las Fiestas de Quito para vivir el tradicional ‘Chavezazo’: tarimas levantadas con estructuras metálicas, orquestas con metales brillantes, DJ y ese olor inconfundible a cebada fermentada que envolvía al barrio. En esa misma esquina estaba la fábrica de la Cervecería Nacional.
Pero todo eso terminó cuando la planta cerró y el edificio cayó en un abandono que duró 15 años, según recuerda Esteban Cordero, de GoCorp, firma que compró el predio entre 2014 y 2015. Lo hizo en un contexto específico: el Municipio impulsaba la idea de que las estaciones del Metro de Quito generaran nuevas centralidades urbanas.
“Estaba abandonado, deteriorado, con riesgo social y sin veredas”, relata Cordero. La propuesta, entonces, fue: una alianza público-privada para transformar ese monstruo de concreto en un espacio funcional, abierto, caminable y útil. “La idea no era solo levantar un centro comercial, sino recuperar el espacio desde lo simbólico”.
La nueva construcción respeto la estructura de origen. No se tocaron los tanques visibles que tenían grabados las letras de la cervecería. El supermercado, que se inauguró en 2021, se levantó justo delante de ellos, y aunque estos siguen ahí -“intactos”, como insiste Cordero- ya no forman parte del paisaje urbano.

