El lenguaje sexista
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El lenguaje sexista

Desde hace algunos años se viene librando una discusión sobre si la lengua española tiene una carga ideológica sexista. El argumento más importante es la regla de uso del masculino genérico para designar a un colectivo indeterminado. El lenguaje inclusivo ha propuesto formas alternativas que han causado conmoción entre los defensores de la norma, evidenciando la carga política del lenguaje. ¿Generará algún cambio real el lenguaje inclusivo?

Lenguaje inclusivo: ¿y qué hacemos las niñas?

Ilustración: Shutterstock.

El otro día, mientras viajaba desde mi casa hacia la ciudad, oía a un locutor en la radio que decía: “Esperamos sus mensajes, chiques, los leemos a todes”. Me sorprendió que mi oído de correctora de estilo, acostumbrado a sufrir con los usos no normativos de la lengua, no estallara al oír estas frases. Este hecho me hizo pensar que lo que antes era una extravagancia, poco a poco, se ha vuelto parte de mi cotidianidad gracias a que en las aulas universitarias he escuchado ya varias veces palabras como amigues, chiques y cielas.

Desde hace algún tiempo, entre escritores, lingüistas y otros profesionales del idioma, se viene librando una discusión sobre si el español es una lengua sexista y, si es pertinente, por ejemplo, desdoblar las palabras en masculinos y femeninos, como ciudadanos y ciudadanas, o buscar términos neutros, como amigues, para lograr una mayor inclusión. Organismos como Naciones Unidas, por ejemplo, han elaborado propuestas para usar un lenguaje no sexista en textos oficiales; otra iniciativa similar ha sido la de la Junta de Andalucía, en España, con su Lenguaje administrativo no sexista, entre otros.

Me parece interesante observar cómo el uso del lenguaje inclusivo desata pasiones y provoca que se levante en alto la bandera de la pureza del idioma, bandera enarbolada por algunos académicos y escritores que —aclaro para evidenciar que no estoy usando el masculino genérico— en su mayoría son hombres blancos.

Los caballeros de la lengua

Uno de los críticos más encarnizados del lenguaje inclusivo ha sido el escritor Arturo Pérez Reverte, quien decía en su columna en XLSemanal que todos los días recibía pedidos de ayuda frente a “disparates lingüísticos vinculados a la política, al feminismo radical, a la incultura, a la demagogia políticamente correcta o a la simple estupidez”, pedidos de pobre gente que lo único que quiere es “ejercer su derecho a hablar y escribir con propiedad la lengua española”. Parecería que en la España de Pérez Reverte los ciudadanos se expresan mejor que Cervantes, que los profesores de castellano son genios de la lengua y que no existen más despropósitos del idioma que los del “matonismo ultrafeminista radical que exige sumisión a sus delirios lingüísticos”. En el mismo texto se puede leer que habla de estupidez y arbitrariedad de quienes promueven el lenguaje inclusivo y llama “acomplejados y timoratos” a sus compañeros de la Real Academia Española (RAE) que no se alinean con su postura e incluso menciona que entre estos académicos hay alguna “talibancita tonta de la pepitilla”. En este discurso apasionado y plagado de improperios queda bastante clara cuál es la posición del autor, no solo sobre la lengua, sino sobre el feminismo y las mujeres en la academia. Leer a Pérez Reverte me recuerda las palabras de otro escritor y académico español, don Juan Valera, quien rechazaba la incorporación de la escritora Emilia Pardo Bazán a la RAE, aduciendo que “su culo no cabía en el sillón”.

“¿Decir ‘todes les niñes’?, me niego. No me da la gana. No porque sea académico, porque yo soy un escritor profesional (…) me niego a que me digan cómo tengo que escribir para no ser machista” aseguró el escritor español Arturo Pérez-Reverte en Buenos Aires en 2019. Arturo Pérez Reverte ha denunciado a través de sus redes sociales la ‘absurdez’ que puede llegar a provocar el empleo del lenguaje inclusivo hasta niveles extremo.

La carga política de la lengua queda al descubierto en esta discusión porque las palabras que se usan tienen toda una carga ideológica. Parecería que lo que más molesta es que se modifique artificialmente el idioma (aunque esto no es nada extraño) porque se percibe como una imposición de una forma de pensar. Por ejemplo, el Nobel peruano Mario Vargas Llosa, en una entrevista en La Voz de Córdoba, dijo que es una “desnaturalización y aberración al lenguaje” y que, además de no resolver el problema de la discriminación, la lengua no se debería transformar por temas ideológicos.

Hace algunos meses, el ecuatoriano Carlos Burgos Jara publicó la columna “El lenguaje inclusivo y sus alcances”, en la que propone una conclusión ecuánime sobre el uso de este lenguaje, llega a decir que “para que una palabra desaparezca (…) hace falta mucho más que un grupo de gente irritada comience a hablar de otra forma”. Con esta frase, y con otras como “un producto de unas élites educadas” parece querer reducir el fenómeno a una novelería de universitarios que no responde a un proceso social extenso, como el feminismo. La argumentación, en este caso, va por el mismo camino que la de Vargas Llosa al afirmar que un cambio en el lenguaje no mejorará la situación de la mujer y que es algo que no se puede imponer.

Ideología e idioma

Si bien es cierto que una imposición del lenguaje inclusivo puede causar reacciones como las que se han expuesto, también es importante admitir que la lengua sí puede transformarse por asuntos ideológicos. Por ejemplo: Noam Chomsky, reconocido lingüista y catedrático estadounidense, en una entrevista realizada recientemente por la Escuela Nacional de Antropología e Historia de México, recuerda cómo hace muchos años, en inglés, se utilizaba la palabra nigger para denominar a los afroamericanos, pero que ahora está en desuso por respeto a los derechos de un grupo humano, lo que demuestra que efectivamente este tipo de cambios suceden.

“Niñas, ustedes pueden ser lo que quieran ser. No hay nada que no puedan lograr. Y si queremos que en el mundo haya más espacio para nosotras, ¿por qué no le decimos munda?”, escribió en su Facebook el 2019. Mayra Araceli Echevarría Couto (1991) es una actriz y activista feminista1 peruana, conocida por su rol estelar de Grace Gonzales en la serie televisiva Al fondo hay sitio de América Televisión.

Para María del Pilar Cobo, fundadora de la Asociación de Correctores de Textos del Ecuador (Acorte), el lenguaje inclusivo es pertinente en tanto evidencia nuestra postura política, porque es una forma de mostrarnos ante el mundo y de hacer evidentes cuáles son nuestras posiciones (sin que esto se entienda como una imposición). Esta naturaleza política del lenguaje queda en evidencia, precisamente con el uso del lenguaje inclusivo: por ejemplo, cuando escuchamos que un personaje público habla de los científicos y las científicas del país, sabemos que no solo está hablando de la presencia de hombre y mujeres, sino que, probablemente, tiene una posición de reivindicación sobre la igualdad de acceso (y quizás incluso de salario) de las mujeres a la educación y al trabajo en un ámbito que ha sido tradicionalmente masculino.

Como señala Santiago Kalinowski el inclusivo no se ajusta al azar o a la eficiencia, sino que “es una decisión consciente, calculada y diseñada, surgida de un proceso, que tiene muchas décadas, de reflexión acerca del sexismo codificado en la lengua”. Por eso, este académico sugiere tomarlo como un fenómeno retórico que busca generar un efecto en el auditorio, y lo logra, como se puede ver a través de las reacciones que provoca.

Flexibilidad de la lengua y de la “cuerpa”

El asunto es que la lengua es flexible y sí se transforma. Más allá de las discusiones filológicas y lingüísticas, en la práctica se puede ver que los cambios se dan: el lenguaje inclusivo se escucha en la radio y ya no es tan extraño. Otro caso de su uso en algunos medios de comunicación podría ser, por ejemplo, que el Ministerio de Cultura peruano entregó este año un premio a la actriz Mayra Couto, quien había presentado un proyecto para filmar una serie titulada Mi cuerpa, mis reglas.

Otro dato curioso es que hace algunas semanas, en el Ecuador, se puso el primer nombre científico de género neutro a una especie recientemente descubierta. La hormiga Strumigenys ayersthey no solo lleva el nombre del activista por los derechos humanos Jeremy Ayers, sino que su especie será designada con la terminación they para evitar el masculino (-e-i) o el femenino (-ae) latinos. Esta propuesta no habría sido posible sin una trayectoria de discusión sobre la política y la ideología implícita en el lenguaje y sin la conciencia de que el género puede ser no binario.

Si las formas inclusivas sobrevivirán o no, es difícil de decir. Es verdad que para muchos el lenguaje inclusivo puede resultar complicado, molesto, artificial y antinatural. Y a veces, lo es. Aun así, su aparición ha generado el debate que se buscaba y ha cambiado nuestra forma de percibir la propia lengua, tanto así que, en ciertos contextos, hasta nos puede sonar normal. Los efectos de estas exploraciones lingüísticas serán más evidentes en las nuevas generaciones; no es casualidad que ahora podamos contar anécdotas como la que me contó una profesora de primaria, cuando dijo en su clase que los niños que terminaban el ejercicio podían desconectarse de la sesión, escuchó una vocecita que le preguntaba desde el otro lado: “¿Y qué hacemos las niñas, profe?”.

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