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Leandro Pesantes: de misionero metalero a artista nigromante

por Rodolfo Kronfle Chambers

Leandro Pesantes
“Autorretrato”, fotografía, 2022. foto: Ricardo Bohórquez.

Origin story le dicen los gringos. Son aquellas narraciones medulares que perfilan a los personajes iluminando sus antecedentes. Empecemos por una anécdota que cuenta el nuestro: “A los veintitrés años me fui a una misión a Perú.

Teníamos que viajar a veces de Saltur, que es desierto, a Chiclayo, que es frío, y regresar. Aquellos constantes cambios de clima, a más del polvo, me afectaron, y un día de esos me comenzó a doler la cabeza y terminé con temperatura muy muy alta, con escalofríos y todo el rollo.

Como no había un centro médico cerca, y eran como las once de la noche, no me podían sacar tampoco a la ciudad. Entonces lo que decidió la familia que me alojaba fue meter un perro a mi habitación de 2,50 x 2,60, piso de tierra y paredes de adobe: un perro de esos peruanos que son todos pelados y pasan todo el día y la tarde en el sol ahí echados, me imagino que absorbiendo todo el calor del día para poder abrigarse en las noches.

Era un cuarto en una cabaña, tenía huecos en el techo por los cuales podía ver el cielo y las estrellas; me taparon y me pusieron una flor bajo la almohada, una campanita de floripondio, que me permitió conseguir sueño. El perro, encerrado conmigo toda la noche, empezó a emanar toda esa energía del sol que había recibido, por lo que se formó como un pequeño hornito, una recámara supercalentita donde yo empecé a sudar.

Ellos me dijeron que aquella era la cura para el escalofrío en ese sector. Aquel fue el primer contacto que tuve con ese otro lado de la vida; esta otra nueva forma de curarme más natural, porque yo siempre había tomado fármacos. Fue la primera vez que vi cómo podía sostenerse la naturaleza en su estado puro. Eso me chocó y me abrió todo un nuevo panorama, una nueva experiencia también, y muy lejos de todo, ya que para ese entonces me encontraba completamente solo”.

Su pasado misionero

De aquel evento que remite Leandro Pesantes (Guayaquil,1986) podemos perfectamente derivar varios intereses que fueron confluyendo en su pintura. En los últimos años se ha establecido como uno de los artistas jóvenes más interesantes de Guayaquil, al desarrollar un trabajo asociado al misterio, al ensueño y a lo místico.

Aunque no es un ilustrador de anécdotas, el sustrato biográfico de su crianza en un hogar de bautistas protestantes resulta fundamental para entender su atracción por el conocimiento esotérico, por asir lo imperceptible y descubrir la esencia detrás de las apariencias.

Desde pequeño acompañaba a sus padres en tareas evangelizadoras, no solo en entornos urbanos, sino en salidas frecuentes a los extramuros de la ciudad, donde quedó marcado por la intención de “salvar almas” mientras recorrían bosques y colinas.

Estimulada su percepción por tan elevada encomienda espiritual, inevitablemente los rasgos de estos parajes se impregnaban de un aliento animista; proyectaba desde los árboles hasta las rocas como imbuidos de una etérea sustancia.

Leandro Pesantes
“De la nada a la existencia. Cuarentena en el trópico”, detalle, técnica mixta, 2020. Foto: Rodolfo Kronfle.

Su experiencia vital entronca, sin duda, con lo que a futuro sería su práctica artística: “Recuerdo que me entraba mucha curiosidad sobre cómo se forman los campos, cómo aquello era prácticamente como un montaje por las perspectivas de la tierra, los árboles, las montañas, todas estas cosas. Yo me decía sobre la naturaleza: aquí hay algo que funciona de otra manera.

Había cosas que me volaron como niño. Luego empecé a preguntar más sobre Dios, sobre todas estas deidades y todo este mundo que se construyó en mi cabeza, y cómo yo lo percibía. Mis padres siempre fueron abiertos y podíamos conversar”.

Esos intereses se expandieron cuando Pesantes ingresó al Instituto Tecnológico de Arte del Ecuador (ITAE). “Lo que había vivido: el viaje de misiones a Saltur, los encuentros con otras maneras de sanarme, los mitos sobre las montañas alrededor de la localidad. O el Reino del Señor de Sipán, que está como a veinte minutos de donde yo estaba. Todo esto se fue acumulando poco a poco con el tiempo, sin querer. Cuando entré al ITAE se abrió todo mi panorama de preguntas sobre el paisaje, la naturaleza y esto que se ha fraguado en mi obra”.

Muestras con paisajes fantásticos

En esta triada de exposiciones recientes destacan justamente paisajes fantásticos llenos de insinuaciones siderales, donde interpreta una naturaleza que se expresa cargada de fenómenos alucinantes y atravesada por un repertorio de símbolos que remiten no solo a lo divino, sino a lo oculto, a lo arcaico y lo ancestral.

En estas obras Pesantes decanta un cúmulo de reminiscencias como aquellas exploraciones de las montañas en su época de preparación para la prédica, a través de una imaginación donde destella también su filia actual por temas que anhelan una comprensión del mundo, como la cábala, la astrología o los principios universales de la metafísica.

Leandro Pesantes
“∞R8174”, tríptico, mixta sobre lienzo, 2021. Foto: Alejandro Alcocer.

A esto se ha sumado un interés por ciencias fronterizas como la cristalografía (empleada para realizar análisis estructurales de los objetos sólidos y sus disposiciones atómicas) y otras como la numerología.

El artista aborda cada trabajo como un pequeño relato habitado por personajes, máscaras y espíritus que forman parte de cada paisaje-visión, pero que a su vez afloran espontáneamente de un diálogo con la pintura misma, aprovechando visualmente lo que puede ofrecer el accidente y la espontaneidad de las manchas, así como las sugerencias de imágenes a veces indescifrables que surgen de un brochazo gestual.

“No soy pintor de escuela”

Pesantes inicia un poco tarde su camino en el arte. Comienza sus estudios a los veinticuatro años, luego de abandonar sus tareas evangelizadoras y diversos trabajos. Esto, reflexiona, le fue provechoso para arribar a su estilo: “No haber podido estudiar en Bellas Artes me jugó a favor después de todo, porque no tenía el sentido de la mímesis y del ‘pintar bien’. Por ejemplo, yo construyo mis paletas desde otras imágenes, desde otros imaginarios, otras referencias pictóricas.

No soy un pintor de escuela que sabe cómo manipular los colores, hacer que contrasten, cosas así. Creo que todos esos detalles los fui puliendo en el camino, y eran y son necesarios hasta ahora”.

Aquellas cabezas que aparecen en sus cuadros destacan por su presencia totémica, insinuándose como guardianas del mundo, como seres videntes a los que se revela la sabiduría escondida en la naturaleza que atesoran.

Estos personajes varían en sus formas y atributos, muchas veces con patrones minuciosos en sus rostros, como si fuesen escarificaciones. Habitando entornos mágicos, su presencia parece promover la necesidad de percibir la realidad circundante a través de la intuición, el augurio y la atención a lo profético.

La búsqueda esotérica

Al momento de entrevistarlo para este artículo, Pesantes se encuentra terminando una pintura de escala heroica, la más ambiciosa que ha realizado: cuatro metros de ancho por 2,10 de altura. Se titula “El último Malkuth” y se inspira en la lectura que a la par se encuentra haciendo de Las estancias de Dzyan de Madame Blavatsky —base de La doctrina secreta—, una de las obras más influyentes de la teosofía (un sistema religioso-filosófico orientado a lograr el conocimiento del universo por medio de la intuición).

De aquel libro me lee este pasaje: “Siendo el séptimo Malkuth, el cual es nuestra Tierra en su plano, el más inferior de todos los estados de existencia consciente. El libro de los números caldeo contiene una explicación muy detallada de todo esto. La primera tríada del Cuerpo de Adam Kadmon (los tres planos superiores de los siete) no puede ser vista antes que el alma se encuentre en la presencia del Anciano de los Días”.

Leandro Pesantes
“Substancia, numerología y futuro. Cuarentena en el trópico (Neowise)”, mixta sobre tela, 2020. Foto: Rodolfo Kronfle.

Pesantes lo comenta: “Esto me hace pensar en ese principio de la Tierra, este principio muy orgánico, la primera capa de la Tierra… y recordaba el título de mi última exposición: Los huesos de los universos, también en este sentido, ya que hay una conexión muy bonita que uno poco a poco va encontrando en el ejercicio de crear.

Yo creo mucho en el proceso, y he visto que en este último trabajo han aterrizado muchas cosas que antes tal vez no las pude resolver. Son las cosas que pasan cuando te las tomas en serio, cuando eres consecuente y también autocrítico. En este último trabajo hay muchos elementos que anteriormente no los pude trabajar, hay cuestiones más orgánicas y también objetos que en mis anteriores pinturas no aparecían. Acá me he podido encontrar con ellos de otras maneras y pienso que están funcionando”.

Una salud precaria

Leandro Pesantes
“Boceto 1”, acrílico sobre Canson, 2020. Foto: Rodolfo Kronfle.

La rica simbología en el trabajo del artista se propone como un sistema de códigos abiertos, cuya apuesta de densidad reside justamente en la fabulación que puede generar en el observador. A veces, incluso, interpreto su trabajo como si estuviese atravesado por una conciencia sobre la fragilidad de la vida, algo que derivo de los apremios de salud que lo han acompañado siempre.

Pesantes sobrelleva una bronquiectasia agravada por el empleo en su práctica de materiales diversos (fieltro, óxido, resinas, óleos) que lo ha llevado al borde en varias ocasiones: “Un día me vine en hemorragia y yo la vi negra y dije ahora sí me morí; fue salvaje, tosía sangre. Cuando fui al doctor me dijo que tenía suerte de estar vivo, que uno o dos días más y me daba un paro cardiorrespiratorio”.

Luego de aquel incidente, alrededor de 2018, detuvo su producción habitual y lentamente la retomó con más cuidado en el proceso, desembocando en el tipo de visualidad que caracteriza su pintura en la actualidad. Esta, en última instancia, parece llamar la atención sobre la importancia de una sensibilidad trascendente que desista del inmediatismo y la racionalidad extrema, y así liberar las ataduras de nuestra propia luz interna.

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