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Las pasiones de Mahler

por Fernando Larenas

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Un compositor de dimensiones titánicas, ubicado en la fase tardía del Romanticismo, es lo primero que se puede decir de Gustav Mahler (1860-1911), nacido en Kaliště, Bohemia, entonces bajo dominio del Imperio austríaco y que en la actualidad pertenece a la República Checa. Viena, donde murió tras una prolongada enfermedad cardíaca, era considerada la capital mundial de la música, y allí vivió y creó la mayoría de sus nueve sinfonías y fragmentos de una décima inconclusa, además de lied (canciones) a la Tierra y a los niños muertos.

La obra de Mahler es una ruptura total con lo clásico, con lo romántico, que habían dominado el mundo musical durante un par de siglos. Lo titánico se explica por el nombre que se le dio a su Primera sinfonía (Titán), en la cual ya comienza a notarse el abandono del contrapunto, que fue la principal característica de la técnica musical, con Beethoven como su máximo exponente.

Ese giro tan dramático generó odios, a lo que se suma su origen judío, al que renunció para dirigir la ópera de Viena. “Soy un bohemio en Austria, un austríaco entre alemanes, un judío en todo el mundo, por más que me haya convertido al catolicismo… y soy un director de orquesta a quien muchos no quieren aceptar como compositor”, así explicaba algunas de sus frustraciones a Alma Schindler, su esposa.

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La frágil e inestable convivencia entre Alma y Gustav se vio afectada por un inesperado acontecimiento que hizo tambalear los cimientos de un matrimonio ya de por sí bastante deteriorado a priori. Gustav Mahler descubrió una carta en la que el joven arquitecto Walter Gropius (el mismo que años después fundaría Bauhaus) detallaba con todo lujo de detalles los momentos de intimidad vividos en la relación sentimental que sin duda mantenía con Alma Schindler. Se trataba de una carta que por error llevaba como destinatario al señor Mahler en lugar de la señora Mahler, tal vez un desliz freudiano de Gropius. A partir de este infortunado descubrimiento, Mahler se sintió aterrado ante la posibilidad de que su esposa pudiera abandonarlo. Fuente: www.psyciencia.com

Prolijo director musical de óperas, no escribió ninguna, y prefirió el repertorio sinfónico. ¿Qué es una sinfonía?, le preguntaron.

Componer una sinfonía es “construir un mundo con todos los medios a tu alcance” (…) una sinfonía es un mundo espiritual propio, que debe abarcar todos los aspectos de la experiencia humana; entre ellas “la alegría, la tristeza, lo trivial y lo trágico, lo profundo, la violencia y la dulzura”; así explicaba su pasión por este género musical.

Fiel a la idea de que la sinfonía debe contener o abarcar todo, después de Titán compone la segunda sinfonía, denominada Resurrección. Una obra fiel a su concepto del todo, porque tiene soprano y contralto, y un numeroso coro que aporta a un finale conmovedor y a una interpretación que requiere de mucho ensayo.

La Segunda sinfonía es tan monumental, que algunos músicos opinan que es la obra que se necesita para “amar a Mahler”, un hombre que buscó siempre la perfección y la pureza. Solamente en tres sinfonías —Quinta, Sexta y Séptima— el músico prescinde de solistas y de coros, todas las demás son absolutamente instrumentales.

Historiadores han tratado de explicar la música mahleriana, pero tal vez nadie profundizó tanto como Theodor W. Adorno, filósofo, sociólogo marxista y músico. O como lo explica el académico catalán Josep Soler: “La mirada de Adorno sobre Mahler es la mirada de un músico sobre un músico, de un compositor sobre un compositor, de un poeta sobre un poeta”.

Después de la música wagneriana (Richard Wagner), la mahleriana es la segunda de director de orquesta que ha alcanzado un rango supremo. “Es música que se ejecuta a sí misma”, sostiene Adorno en uno de los pocos aportes positivos que dedica a la obra de Mahler. El escritor encuentra una explicación para el músico que se pasó la vida entera en la ópera, pero no escribió ninguna: “su sinfonía es ópera absoluta”, anota.

Siempre en busca de la perfección y la pureza, cada obra de Mahler critica la precedente, esto hace de él —según Adorno— un compositor evolutivo por excelencia. También afirma que el contrapunto mahleriano se fue robusteciendo con la densidad cada vez mayor de la textura sinfónica, pero no abusa de esa técnica, raras veces lo usa en la totalidad de un movimiento.

Otro logro superlativo fue Canción de la Tierra, que es una “oración de amor infinito”, según le expresó Mahler alguna vez a Alma. O como Adorno escribe: “Es una sucesión de seis cantos con orquesta, el último de ellos de unas dimensiones notables”. En todas esas piezas —sigue el escritor— y sobre todo en la primera, la presentación sinfónica “hace saltar las fronteras del lied”. Salió (Mahler) a escribir el Cantar de los cantares y lo que escribió fue la Canción de la Tierra, remata Adorno.

Mahler decía que su Canción de la Tierra es “mi oración de amor infinito” y con eso “tranquilo está mi corazón”, de acuerdo con un diálogo con Alma que registra el libro Preludios, de Santiago Miralles Huete. En ese libro Mahler narra los temores de que su corazón pronto deje de latir. “A veces me pongo la mano en el pecho y lo noto como una membrana que estuviera a punto de rasgarse (…) un golpe de timbal demasiado potente y se acabó”, le dice a Alma.

En nuestro país y en varios de América Latina la obra más tocada en los repertorios sinfónicos es la Primera sinfonía. Directores como Barenboim o Dudamel han interpretado todas las sinfonías mahlerianas, que requieren de enormes recursos, especialmente de voces. La Octava sinfonía, por ejemplo, denominada “la de los mil” (porque requiere de cerca de mil intérpretes, entre solistas vocales, coristas e instrumentistas), se basa en el himno latino veni creator spiritus (ven espíritu creador).

No lo dice Adorno, tampoco Miralles Huete, pero la idea de una sinfonía, con todos los instrumentos posibles —más de 300—, la planteó por primera vez el francés Hector Berlioz (1803-1869), el autor de la Sinfonía fantástica, una de las obras sinfónicas más reconocidas a escala mundial.

La Novena sinfonía fue definida por los estudiosos de Mahler como “una obra maestra de paz y resignación suprema”. El mismo Adorno reconoce que esta sinfonía es la obra maestra del músico.

Hay algunos episodios que marcaron la vida de este compositor como, por ejemplo, cuando renunció a la Ópera de Viena para ir a trabajar en Nueva York. Eso ocurrió en 1907, el mismo año de la muerte de su hija. Muy enfermo dejó Estados Unidos para someterse a un infructuoso tratamiento en Francia y decidió regresar a Viena para morir el 18 de mayo de 1911, cuando le faltaban dos meses para cumplir 51 años.

UN OBSESIVO POR LA PERFECCIÓN

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Octava sinfonía de Mahler. Estreno en Estados Unidos (1916), por parte de la Orquesta de Filadelfia y coros, bajo la dirección de Leopold Stokowski, 1068 músicos en total.

¿Cómo ve a Mahler un director y maestro de la música como Gustavo Lovato? El músico ecuatoriano, director programático de la Casa de la Música, conoce muy bien toda la obra mahleriana y cree que, después de lo que hizo en Austria y en otros países, “el sinfonismo ya no tiene adónde ir”.

Gustav Mahler fue —opina Lovato— el director de orquesta más famoso de su tiempo, trabajó en la Ópera de Budapest, la Ópera de Viena y con la Orquesta Filarmónica de Nueva York. “Su temperamental manera de trabajar y su obsesión por la perfección le dieron fama y fortuna, pero también hicieron de él un director difícil, poco comprendido y el blanco de mucha crítica y contundentes opositores”.

Existe una amplia grafía (fotos, dibujos, caricaturas) de los gestos y las expresiones de Mahler utilizados como recursos de una técnica de dirección que él se encargó de crear y que, al mismo tiempo, abrió las puertas a una técnica moderna en la dirección orquestal.

Y en relación con su música, ¿cuál fue el aporte de Mahler? Lovato cree que sus diez sinfonías son la síntesis de la tradición romántica y del sinfonismo instaurado por Beethoven; y son, en gran medida, un reflejo de su propia vida.

Algo muy importante que rescata Lovato es que con Gustav Mahler la sinfonía, como expresión máxima del sinfonismo del siglo XIX, llegó a su punto culminante. Sus aportes musicales en este género son varios:

  1. A la forma, con una innovación en los esquemas y desarrollos estructurales del discurso musical y con el uso de motivos temáticos cíclicos.
  2. A la orquestación, con la inclusión de sonoridades e instrumentos nunca antes utilizados.
  3. A la armonía, con la pérdida permanente del centro tonal y sus modulaciones casi insospechadas.

Gustavo Lovato reafirma su admiración por el músico europeo y remata: “Después de Mahler el sinfonismo prácticamente no tiene adónde más continuar”. Gustav Mahler, que solo escribía en el verano, completó nueve sinfonías y dejó una inconclusa:

  • Sinfonía 1, Titán, 1884-1888.
  • Sinfonía 2, Resurrección, 1888-1894.
  • Sinfonía 3, 1893-1896.
  • Sinfonía 4, 1899-1900.
  • Sinfonía 5, 1901-1902.
  • Sinfonía 6, Trágica, 1903-1904.
  • Sinfonía 7, La canción de la noche, 1904-1905.
  • Sinfonía 8, De los mil, 1906-1907.
  • Sinfonía 9, 1908-1909.
  • Sinfonía 10, Inconclusa, 1910.

Además del repertorio sinfónico, escribió:

  • La canción del lamento, 1878-1880, 1896-1899.
  • Canciones de juventud, 1880-1883.
  • Canciones de un camarada errante, 1883-1885.
  • Canciones sobre los poemas de Des Knaben Wunderhorn, 1888-1894.
  • Canciones de Rückert, 1901-1902.
  • Canciones a los niños muertos, 1901-1904.
  • Canción de la Tierra, 1908-1909.

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Acerca de Fernando Larenas

Periodista. Ha sido corresponsal internacional, editor de información y editor general de medios de comunicación escritos en Ecuador.
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