Las palabras congeladas
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Las palabras congeladas

Milagros Aguirre

Acabo de escuchar en un audio, que me ha enviado un amigo que vive lejos, una antigua leyenda que dice que en una ciudad hacía tanto, pero tanto, tanto frío, que cuando las palabras se decían se quedaban congeladas en el aire. Que los habitantes no podían escucharse unos a otros sino hasta cuando llegaba el verano. Ahí, con el calor y, con el viento, las palabras se descongelaban y solo entonces, los habitantes de esa ciudad podían escucharlas. Estos días de silencio y recogimiento, que hemos vivido en el mundo entero por la peste global, parecen los de un frío e inusual invierno: las ciudades se han vaciado, los que han podido se han recogido en sus casas. Parece que se ha congelado el tiempo, que el planeta ha pedido una pausa. Y también, quiero creer, que se han de congelar las palabras, para que solo cuando salga el sol, en el verano, podamos oírlas y volver a ellas.

Se han dicho palabras bonitas durante la cuarentena (separando, claro, la paja del trigo y quitando, de ese mar de palabras, aquellas que no valen la pena: las noticias falsas, los insultos, los innumerables reclamos, las recetas que cada quien da según su verdad absoluta). En esta columna recojo solo un resumen de algunos de esos pensamientos y palabras positivas que parece que llegan cargadas de esperanza:

Dicen que luego de la tragedia seremos más humanos, más sensibles, más respetuosos con la naturaleza, más solidarios, más amorosos con las familias, más empáticos, más amables con nuestros viejos. Que dejaremos de ser egoístas, individualistas, que dejaremos de consumir a lo loco y que repartiremos lo que tenemos para que los demás no mueran de hambre, que los Gobiernos invertirán más en salud y menos en infraestructura, más en educación y menos en carreteras, más en agua potable y menos en campañas políticas y electorales. Que nunca seremos iguales porque esto que ha pasado nos va a cambiar y que el mundo será un mejor lugar, menos contaminado, menos voraz, que se caminará con menos prisa, que quienes trabajan volverán a casa temprano a abrazar a sus hijos o a dar un beso en la frente a sus padres, porque ahora, en la desgracia, es cuando más se valora lo que se tiene: familia, cobijo y comida, señales de afecto. Sí, en los momentos difíciles, es cuando uno se da cuenta de lo que verdaderamente importa.

De todos los pensamientos, palabras y frases que inundan las redes sociales en tiempos en los que debiera reinar más bien el silencio, ojalá se congelen algunas.

Sí. Ojalá esas palabras se queden congeladas y que, en efecto, cuando llegue el verano y el sol tibio las descongele, vuelvan a nosotros y las volvamos a escuchar atentamente, las atrapemos, y hagamos con ellas, propuestas y planes de futuro.

Ilustración: Adn Montalvo E.
Edición 456-Mayo 2020

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