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Las mujeres tamiles del té de Ceilán.

por Laura Fornell

Por Laura Fornell.

Fotografías: Óscar Espinosa.

Edición 461 – octubre 2020.

Casi dos siglos en lucha por la dignidad

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Después de terminar la jornada, las mujeres
descienden la colina cargadas con unos veinte
kilogramos de hojas tiernas de té.

Como un manto verde que cubre toda la colina, las plantas de té se extienden prácticamente desde las vías del tren hasta donde puede abarcar nuestra vista, mientras un grupo de mujeres cargadas con cestos a sus espaldas se mueven como pequeñas hormigas en medio de ese color uniforme. Acabamos de llegar a Nanu Oya, un pequeño pueblo del distrito de Nuwara Eliya, en las tierras altas de Sri Lanka, y donde tiene parada el tren que une las ciudades de Kandy y Ella, considerado uno de los trayectos en tren más bonitos del mundo.

Sri Lanka, la antigua Ceilán, es el cuarto país productor de té del mundo, detrás de China, India y Kenia, con una producción anual que ronda los trescientos millones de kilos de uno de los tés más exquisitos y valorados del mundo. Las condiciones ambientales de su cultivo hacen que el té de Ceilán tenga unas propiedades únicas y un sabor característico que lo convierten en uno de los mejores del mundo. Conocida también como la Lágrima de India, Sri Lanka es una pequeña isla en el océano Índico que crece en altura hacia su interior, lo que permite distinguir sus tés por la altitud de su cultivo y las diferentes zonas climáticas. Se cultivan tés a baja altura, a media altura y a gran altura, como el de Nuwara Eliya, que con una altitud de 1869 msnm es la región productora de té más importante de Sri Lanka.

El cultivo de té fue introducido por los británicos en el siglo XIX, después de que el del café fracasara a causa de una enfermedad fúngica que provocó un gran colapso económico y que acabó con su cultivo, dando lugar al abandono de las plantaciones y el regreso de muchos terratenientes a Europa.

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Fue entonces cuando el escocés James Taylor ayudó a la isla a reinventarse. Dedicado en realidad al café, Taylor fue el pionero al plantar en 1867, antes de la devastadora plaga, unas plantas de té que trajo de un viaje a India y comprobar que este nuevo cultivo era más adecuado al clima cálido y húmedo de Sri Lanka que el del café. Así, tras la transición de un cultivo al otro, el té pronto se convirtió en el producto de exportación más importante de la colonia.

El éxito de las plantaciones de té hizo que se necesitara mucha mano de obra y se empezaron a reclutar trabajadores de India provenientes de regiones tamil, con la intención de copiar el modelo de trabajo de las colonias europeas en el Caribe que se explotaba antes de la abolición de la esclavitud en 1833. Los británicos desarrollaron otro sistema de trabajo por contrato que ataba a los trabajadores a las plantaciones en condiciones que no eran muy distintas a las de la esclavitud supuestamente abolida. Los trabajadores llegaban a la isla con una gran deuda por su reclutamiento, y recién en 1922 se promulgó una ley que impedía que los trabajadores migrantes se vieran obligados a pagar su propio transporte de India a Ceilán.

Los trabajadores tamiles que llegaron a Sri Lanka en la era colonial tenían vidas muy difíciles en India; provenían de la casta más baja; sufrían discriminaciones, hambrunas y pobreza constante, por lo que mudarse a Ceilán para trabajar en las plantaciones les suponía una alternativa de supervivencia que les podía permitir mejorar su calidad de vida. Se les prometía trabajo y mejores condiciones de vida, pero su situación en las plantaciones de té no fue la esperada. Vivían hacinados en chabolas, sin saneamiento, sin agua, sin instalaciones médicas ni escuelas para sus hijos. Las condiciones de trabajo eran muy duras, por la cantidad de horas que tenían que trabajar, las cuotas que se les exigía y el trato por parte de los supervisores.

Cuando Sri Lanka se independizó en 1948, los trabajadores de las plantaciones tamiles fueron legalmente designados como “inmigrantes temporales”, se les negó la ciudadanía y no se les permitió votar en las elecciones. En la década de 1960 un acuerdo entre los Gobiernos de Sri Lanka e India condujo a la repatriación forzada de regreso a India para cientos de miles de trabajadores, la mayoría de los cuales había pasado toda su vida en Sri Lanka. Como compensación, a otros se les permitió permanecer y convertirse en ciudadanos, aunque este proceso fue extremadamente lento. En la década de 1980, como resultado de huelgas y otras acciones laborales, y el deseo del Gobierno de reducir la posibilidad de que los trabajadores apoyaran a los secesionistas tamiles en el norte y el este, la nueva legislación otorgó la ciudadanía a los trabajadores de las plantaciones tamiles y la igualdad de remuneración para hombres y mujeres.

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Como cada mañana Cowsalliyadevi Palani
se prepara para ir a trabajar a la plantación de
té. Después de haber dejado la comida lista, se
termina de vestir en la puerta de su casa.
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Para hacer un atajo Cowsalliyadevi y dos
vecinas, que trabajan con ella en la plantación
de té, cruzan las vías del tren a paso ligero para
no llegar tarde.
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A medida que se acerca a la plantación,
Cowsalliyadevi se encuentra con más compañeras con quienes comparte risas y bromas sin
bajar el ritmo.

Son casi las ocho de la mañana en Nanu Oya y Cowsalliyadevi ya hace un par de horas que está despierta, ha dejado comida preparada y se está acabando de vestir para ir a trabajar. Cowsalliyadevi Palani tiene cincuenta años y trabaja desde los dieciséis años en las plantaciones de té. Ella es una de las 500 mil trabajadoras que hay actualmente en la industria del té de Sri Lanka, descendiente, como la mayoría de la mano de obra del sector, de tamiles que llegaron desde India en el siglo XIX. Después de ponerse varias capas de ropa, atarse una tela en la cintura a modo de delantal, un pañuelo en la cabeza y colocarse el cesto en el que recogerá las hojas de té a lo largo del día en su espalda, sale a la puerta de su casa donde la espera una vecina que también trabaja en la plantación. “Vamos, rápido, que llegaremos tarde”, le dice a su vecina mientras cierra la puerta, y juntas emprenden el camino hacia la plantación.

Al llegar al pie de la plantación un supervisor las espera para revisar sus cartillas, donde al terminar la jornada anotarán los kilos de hojas de té recolectados, y les da las indicaciones correspondientes de la zona en la que deberán trabajar hoy. Una vez cubierto el trámite, las mujeres empiezan a subir la colina, muchas de ellas descalzas, para entremezclarse con las plantas de té y empezar a arrancar las hojas más tiernas. “Tengo un hijo, una hija, y tres nietos, y por suerte ninguno de los dos trabaja en la plantación”, comenta Cowsalliyadevi. “Cada vez hay menos mujeres trabajando en la plantación, las más jóvenes no quieren trabajar porque se gana muy poco y es un trabajo muy exigente”, explica sonriendo, mientras sus manos no paran de arrancar hojas de té.

Para poder cobrar el salario básico diario de 700 rupias (unos 3,5 euros), Cowsalliyadevi tiene que recoger un mínimo de dieciocho kilos de hojas de té. “La mayoría de hombres que antes trabajaban en la industria del té ahora se dedican a otras cosas”, exclama encogiéndose de hombros. “Muchos de ellos tienen huertos con los que ganan más que en la plantación de té”. Al terminar la jornada, después de horas bajo el sol, descienden la colina cargadas con el cesto de la espalda y un saco en la cabeza llenos de hojas de té, hasta donde las espera de nuevo el supervisor para pesar todo lo que han recolectado. “Hoy ha sido un buen día, he conseguido recoger más de dieciocho kilos”, dice sonriente mientras mira su cartilla, “ganaré un poco más de setecientas rupias”.

Después de casi doscientos años desde su llegada a Sri Lanka, los trabajadores de las plantaciones de té todavía hoy no tienen los mismos derechos y privilegios de otros ciudadanos del país. A pesar de un sistema salarial garantizado y la provisión de viviendas, las condiciones en las plantaciones todavía hacen que los trabajadores se encuentren entre los segmentos más marginados y empobrecidos de la población del país. Su arduo trabajo beneficia a los propietarios de las plantaciones, al país y a la balanza comercial, mientras que los trabajadores siguen sumidos en la pobreza. Sus quejas se escuchan solo al firmar convenios colectivos una vez cada dos años, aunque sistemáticamente se retrasa la aprobación de dichos convenios colectivos de los que como mucho solo consiguen incrementos de salario insignificantes.

Ante esta situación, frustrados con sus salarios estancados y con el constante incremento del coste de vida, han ido proliferando las protestas en diferentes regiones del país para reclamar un salario justo, y decenas de miles de trabajadores de las plantaciones en toda la isla se han unido en la lucha por un salario de mil rupias diarias (unos cinco euros) bajo el denominado 1000 Movement, una de las movilizaciones de trabajadores más grandes de Sri Lanka en la historia reciente, tanto en su demostración de fuerza como en su extensión geográfica. Después de dos años de protestas, el 24 de octubre de 2018 fueron los hijos de los trabajadores del té quienes organizaron una manifestación masiva en el paseo marítimo de Colombo para apoyar las protestas de la comunidad en toda la isla, siendo la primera protesta organizada en Sri Lanka a través de las redes sociales. Los manifestantes, vestidos de negro, proclamaron consignas contra la explotación continua de su comunidad.

El último convenio colectivo entre empresas y sindicatos debía renovarse el 15 de octubre de 2018, pero las empresas se negaron a acceder a la demanda de aumento salarial de mil rupias de los trabajadores del té y hasta finales de enero de 2019 no se firmó un nuevo convenio colectivo, que aumentó el salario básico de quinientas a setecientas rupias, todavía trescientas rupias por debajo de la cantidad que los trabajadores habían exigido enfáticamente. Pese al aumento del 40 % del salario básico, al final el aumento real fue solo de veinte rupias (unos 0,10 euros). Debido a que con el anterior convenio el salario total era de 730 rupias al día, resultante de 500 rupias de salario básico diario y 230 rupias de incentivos, y con esta última negociación, aunque se aumentó el salario básico a setecientas rupias y el incentivo fijo a cincuenta rupias, se quitaron los incentivos de asistencia y de productividad, con lo que el salario diario total quedó en 750 rupias.

Si bien los empresarios han estado proclamando el aumento del 40 % como un paso significativo, el asunto está lejos de resolverse. Además, las empresas argumentan que los trabajadores pueden ganar incluso más que las mil rupias exigidas, con el aumento del pago por kilo adicional (40 rupias/kg versus las 25 rupias/kg que se pagaban antes), destinado a mejorar la productividad laboral.

Y aunque al día de hoy, las protestas se han detenido en las plantaciones y solo queden pequeños grupos de simpatizantes en Colombo, que continúan llevando a cabo manifestaciones esporádicas exigiendo el salario mínimo de mil rupias, la lucha por ese salario básico que comenzó en 2016 continuará, porque defienden que un salario digno no puede estar por debajo de cinco euros diarios.

Lo primero que hace Cowsalliyadevi en cuanto llega a casa después de trabajar, incluso antes de cambiarse de ropa, es ir corriendo a buscar a su nieta de nueve meses. Su cara se ilumina cuando la tiene en sus brazos, como si eso fuese lo único que necesitara para recuperarse de un duro día de trabajo. “Es el pequeño juguete de la casa, lo más valioso que tengo”, comenta feliz. La deja un segundo para cambiarse de ropa, asearse y comer un poco de arroz con curri, y rápidamente vuelve de nuevo a jugar con ella. “No me gusta lo que hago, es un trabajo muy duro”, dice con una media sonrisa, “pero estoy muy contenta porque después de siete generaciones yo seré la última de mi familia que tendrá que trabajar en la plantación de té”.

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Las manos de Cowsalliyadevi se mueven rápidamente, como en círculos, recogiendo las
hojas tiernas de té de la parte superior de los ar- bustos, tal y como se ha hecho desde la llegada
del té a la isla hace casi doscientos años.
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Para poder cobrar el salario básico diario las mujeres deben recoger un mínimo de dieciocho
kilos de hojas de té, que cargan sobre su cabe- za y en un cesto en su espalda.
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El supervisor controla el peso total de hojas recogidas ese día por cada una de las trabaja- doras.
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Sri Lanka es el cuarto país productor de té
del mundo, con una producción anual de
unos trecientos millones de kilos de uno de
los tés más exquisitos y valorados.

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Autor

Acerca de Laura Fornell

Laura Fornell es una periodista freelance que trabaja junto con el fotoperiodista Oscar Espinosa en Amalgama Project. Actualmente en India, ha reportado desde África y Asia sobre una variedad de temas, con especial interés en temas sociales y ambientales y ha escrito para diversos medios como Equal Times, New Internationalist, Aftenposten Innsikt o Canadian Dimension, entre otros.
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