
Son pocos los filmes que alcanzan la calidad artística de las obras literarias que los inspiraron. Pienso, por ejemplo, en El padrino, de Ford Coppola, o en Blow up, de Antonioni, películas tan notables como la novela de Puzo y el cuento de Cortázar. Las horas, basada en el libro homónimo de Michael Cunningham —ganadora del Pulitzer a la mejor obra de ficción en 1999— es otra de ellas.
El título es el mismo que Virginia Woolf dio provisionalmente a su cuarto libro (terminó llamándose Mrs. Dalloway), donde se propuso narrar los devaneos de una señora de clase alta que recibía invitados en su casa, por la noche. Tras leer Ulises de Joyce, Woolf quiso describir el funcionamiento de la conciencia humana e imaginó a su heroína haciendo un viaje que empieza a las diez de la mañana y termina a la medianoche de un día cualquiera.
Por eso es que en Las horas la conciencia de los personajes está marcada por el paso del tiempo. Se dan cuenta de la nimiedad —y también de la grandeza— de sus existencias cuando entienden el transcurso inexorable de las horas. Cuando no hay un reloj colgado en una pared o ceñido en la muñeca de alguien, los personajes se encargan de recordar al espectador cuánto tiempo falta para que algo suceda.
Has llegado al límite de artículos gratis para este mes.
Si eres suscriptor de la edición impresa solicita tu acceso.
Si no lo eres, elige tu plan
Revista digital
DESDE- Acceso ilimitado a todo el contenido digital de revistamundodiners.com
Revista impresa + edición digital
DESDE- Revista mensual impresa + acceso ilimitado a todo el contenido de revistamundodiners.com
- Envío incluído

