Las bestias amigables de Motomichi Nakamura.
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Las bestias amigables de Motomichi Nakamura.

Por Daniela Merino.

Fotografía:  cortesía de Motomichi Nakamura.

Edición 457 – junio 2020.

“La sociedad promueve muchísimo la violencia, pero luego no nos deja hablar del miedo. Esto es una locura”, dice Motomichi Nakamura, que tiene la simpatía propia de los japoneses. Hay en él esa inocencia infantil y una ligereza en su personalidad que se intuye es el disfraz de múltiples oscuridades y complejidades. Él es su arte: sencillo, pero no simple. Formas claras y concisas: lo que hay es lo que es, pero hay que saber mirar. Mirar es la palabra clave. La belleza de las figuras que construye nos persigue y nos seduce. Animales o bichitos, seres imaginarios, un tanto alienígenas, cíclopes y monstruos desfigurados. El artista ha sabido crear un lenguaje auténtico, producto de sus experiencias y dudas profesionales y de un bagaje cultural rico y sofisticado.

Nakamura confiesa que tiene tres hogares: Japón, Nueva York y Ecuador. El artista nació en Tokio, estudió su carrera de Diseño de Comunicación e Ilustración en Parsons School for Design de Nueva York, y en su tercer año de carrera conoció a Pilar, su actual esposa, de nacionalidad ecuatoriana. Juntos forman una pareja dinámica e interesante. Él, artista visual, y ella, productora web. Motomichi adora el Ecuador, vivió en Quito durante siete años y realizó múltiples proyectos de videomapping para la capital, como la proyección para la feria del libro sobre la Casa de la Cultura (2014) y Humilde planta (2012), una proyección en la plaza de Santa Clara. Desarrolló también varios proyectos para Guayaquil y Cuenca. Vive en Brooklyn junto a su esposa y sus dos hijos, y vuelan a Quito con frecuencia.

Como artista compulsivo y prolífico, con un portafolio extenso, su trabajo tiene un sello personal inconfundible por el trazo de una línea muy definida y el uso permanente de la paleta más poderosa del espectro: negro, blanco y rojo. Sus manifestaciones artísticas no temen ir del dibujo, la escultura, la pintura clásica, a la animación, el videomapping y las proyecciones en 3D.

MAPPING SOBRE CASA DE LA CULTURA DURANTE LA FERIA DEL LIBRO, QUITO, 2018.
MOLEMAN, ENCARGADO POR MUSEO TAUBMAN VIRGINIA, EEUU. REALIZADO EN QUITO EN 2014.
150 MEDIA STREAM, ANIMACIÓN DIGITAL, PLAZA DE CHICAGO, EEUU, 2019.
GAZE, PROJECTION MAPPING, NORUEGA, 2019.

El miedo

Las figuras que observamos en sus animaciones y en sus proyecciones se mueven libres, como bichitos que van descubriendo la naturaleza y se sienten muy cómodos en ella. Nakamura, de niño, no era el artista prodigio que se sentaba horas a dibujar; más bien le atraían los mecanismos de movimiento de los seres de la naturaleza. Insectos. Bichos. Animales. La ligereza de sus movimientos y sus cuerpos.

En el japonés hay una gran capacidad de observación, pero también de veneración por este universo, incluyendo el de la biología marina; por eso encontramos en su lenguaje pictórico tantas ballenas y peces. Es así como nace su amor por el movimiento y las criaturas más pequeñas del planeta. Esta es la semilla de donde surge el trabajo de su vida.

Sin embargo, las criaturas que Nakamura compone también parecen venir de un lugar más oscuro y ambivalente. Estas figuras, a veces esbeltas, a veces no, saltan y juegan, suben y bajan, se mueven libres por el espacio, pero casi siempre hay algo siniestro en ellas, algo que nos incomoda y nos perturba. A veces son sus dientes. Esas dentaduras de piraña que el artista ha escogido no encajan con los cuerpos infantiles y amigables de los personajes. Otras veces son sus ojos, ojos rojos, de pupilas que sangran y parecen haber saltado de unos cuerpos agonizantes a estos más inocentes.

Estos detalles en la obra de Nakamura son muy importantes para comprender el propósito de su obra y la fuerza de su contenido. Son detalles que nos desestabilizan, al igual que los colores que utiliza Nakamura y que nos atraviesan la piel y el intelecto. Pocos artistas se consolidan con tanta fuerza mediante la cromática que han elegido para expresarse. Se vuelven su bandera, su firma, una firma inconfundible que ha viajado no solo de Quito a Nueva York, sino por todos los continentes.

El negro es el color más pesado, el blanco el más ligero y el rojo es el más poderoso del espectro. El negro y el blanco tienen su tradición clásica en la fotografía, juntos en oposición generan nostalgia, mientras el color rojo es el más visceral. Motomichi explica que, ópticamente, para ver el color rojo nuestra pupila hace un esfuerzo para enfocar; por ello nuestro cerebro percibe este color más cerca de lo que realmente está. Si sus personajes son de color negro y el fondo que utiliza es rojo, vemos cómo el fondo rojo se adelanta al personaje, creando mucha tensión e incomodidad en el espectador. Probablemente se trate de la misma incomodidad que provoca el miedo, lo desconocido, lo incontrolable e incomprensible.

Uno de los temas más recurrentes del artista es precisamente ese: el miedo. Es una emoción universal, dice, que nos incluye a todos, más allá de razas, religiones y culturas; al mismo tiempo, es uno de los puntos más débiles que tenemos como humanos. Y los políticos se aprovechan de eso, añade riendo, sin querer ahondar en el tema de la política. El miedo, al igual que el dolor, es parte de la vida. Es necesario enfrentarlo, pero hay mucha evasión a nivel personal y como sociedad. Nunca nos enseñaron cómo sentir el miedo.

Pero el artista es positivo y afirma enérgicamente que se puede aprender por medio de una experiencia fuera de nosotros mismos. Se puede aprender en los libros y conversaciones, por ejemplo. Los libros para niños pueden ser muy ricos en este sentido, siempre hay un elemento de miedo que a ellos les encanta y les mantiene alertas. Mediante algo externo se puede interiorizar esa experiencia dejándonos una lección y cambiándonos para siempre.

Las obras de Motomichi Nakamura nos ponen en contacto con el miedo. No en la forma en que una película de terror lo haría; más bien lo hacen desde un espacio muy natural, reconociendo al miedo como algo integrado a la experiencia humana. Sus personajes, perturbadores, pero también amorosos y amigables, tienen el don de regalarnos aquello que no nos atrevemos a sentir. En el contexto mundial de la pandemia hablar sobre el miedo toma aún más relevancia. Es una emoción de la que ya no se puede escapar.

BUKRUK, MURAL QUE ES PARTE DELBUKRUK II URBAN ARTS FESTIVAL. BANGKOK, TAILANDIA, 2016.
BIRDMAN, ACRÍLICO SOBRE TELA, BERLÍN, 2014.

Ojos que nos miran

Hoy, durante la cuarentena de Nueva York, se expone una animación de Motomichi Nakamura en pleno Times Square, en la calle 41 con Séptima Avenida. Esta es una de las zonas de mayor iluminación durante la noche en todo el planeta, por sus múltiples y gigantescas pantallas con anuncios publicitarios, nuevos tráileres de películas o extractos de shows de Broadway y noticias de la agencia Reuters. Generalmente es un área difícil de transitar por la cantidad de gente que se mueve en ella. Es el centro de la ciudad. Ahora no hay casi nadie en esas calles, pero las pantallas siguen prendidas, y en una de ellas, a determinadas horas del día, se presenta Giant Salamandra.

La animación nos muestra un ojo gigante de pupila roja que se abre y se cierra a medida que se desliza sobre líneas que se ondulan como olas a lo largo de una pantalla gigante. “Somos vigilados”, dice el artista, “pero podemos mirar de vuelta”. No hay un solo lugar en Nueva York después de los atentados del 11 de septiembre donde no exista una cámara de vigilancia. Esta persecución es real las veinticuatro horas del día. Lo importante, sostiene el artista, “es ser muy conscientes de este sistema de vigilancia”. La propuesta de devolver la mirada y encontrarnos frente a frente con esos gigantescos ojos rojos es nuestro único poder. Esta conciencia, por sí sola, es el arma de defensa frente a lo que no podemos controlar.

También podemos pensar que hay algo muy irónico y muy bello en el hecho de que esta animación se esté proyectando precisamente en este momento histórico, en una de las zonas más transitadas del mundo, pero esta vez con calles vacías y casi ningún humano que pueda devolver esa mirada. (Las fotos de este reportaje fueron tomadas justo antes del confinamiento). La obra de arte se vuelve casi como esos animales que han regresado a la urbe después de cientos de años para reclamar silenciosamente su territorio. El animal de ojos gigantes mira sigiloso hacia las calles vacías, pero ahora es dueño de esas calles. Son los ojos de la naturaleza. Ojos que también son los nuestros, pero nos resistimos a aceptar.

Es inevitable que el artista no mencione las posibles consecuencias que traerá la pandemia al mundo del arte. Nakamura presiente que la situación del arte público (en particular) se va a complicar bastante. Dudas que nunca tuvo ahora son preguntas centrales para la ejecución de su trabajo. Su obra es de inmersión social, se exhibe en museos y galerías, pero sobre todo en plazas, parques, puentes, edificios, estaciones de tren y lugares públicos similares. Mucho de su trabajo pertenece a la intemperie, a los transeúntes, al público de la gran ciudad. Estos espacios llaman a las aglomeraciones, a convivir con la obra masivamente. Es esencial que la gente se junte para vivir la experiencia de su arte.

Con el término “distanciamiento social”, que ha venido a instalarse en nuestras vidas y forma parte de nuestro lenguaje cotidiano, ¿cómo será posible acercarse a la obra de arte, apreciarla en su totalidad, estar tranquilo en un lugar sin tener que pensar a cuántos metros estoy del otro espectador? Nakamura se hace este tipo de preguntas pues siente una gran responsabilidad sobre la salud de sus espectadores. Quizá, al igual que el teatro y el cine, este tipo de arte deba replantearse su estructura en sí y proponer nuevas maneras de dialogar con su público y buscar espacios alternos e inesperados. Son tiempos decisivos para el arte.

GIANT SALAMANDER, DIGITAL ART SERIES DE ZAZ10TS, TIMES SQUARE, NUEVA YORK, 2020.

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