Las anfibias rebeldes del río Babahoyo
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Las anfibias rebeldes del río Babahoyo

Por Catherine Yánez Lagos

La vista desde el lado de Babahoyo. La casa de Teodoro es la de la mitad.

La carta de presentación del pescador, que para esta historia es Teodoro Carriel Menéndez, es una fecha: “Soy nacido el 28 de abril de 1950”. Es sábado. Lleva pantaloneta, camina descalzo y mientras conversa se termina de escurrir el agua de su ropa. Contempla su hamaca y la canoa sin reparar, jubilada al igual que él, con el alias de Chupa-flor.

“Yo le iba a poner el nombre de Estefanía, pero un amigo me dijo no le pongas eso, ponle Chupa-flor”, recuerda entre risas. Dice que para hacer justicia al apodo, como buen Chupa-flor siempre anda afuera o eso intenta a diario.

A diferencia de sus siete hermanos que viven en tierra, él lo hace sobre el río que lo vio crecer, donde aprendió a nadar y que le ha provisto de harto pescado: corvina, barbudo, dama, guanchiche, róbalo…

Teodoro reside en una anfibia. El término hace referencia a un animal que puede crecer en agua y tierra. Pero la anfibia de aquí es la excepción. Es una estructura para habitar. Hecha de caña guadúa, remiendos de plástico, bejuco de montaña, techo de zinc y una madera llamada boya o balsa. Esto último resulta ser vital para no hundirse.

Las anfibias que restan en el Ecuador se ubican sobre el río Babahoyo, repartidas a orillas de los malecones de Barreiro y El Salto. Se sabe que hoy son veinte casas, que mucho antes fueron 150, que para 2015 quedaban 85, pero ningún censo da por cierta tal información.

Don Teo, fuera de su casa, en medio de la maleza, cosecha un poco de albahaca.

Esta significativa reducción se dio por una mudanza masiva. En 2016 el Ministerio de Desarrollo Urbano y Vivienda (Miduvi) inauguró el proyecto habitacional Brisas del Río con 204 casas. Prometían ser la solución para estos hogares fluviales en constante riesgo por inundaciones. Lo hicieron con viviendas multifamiliares pegadas unas a otras, con departamentos de cuarenta metros cuadrados cada uno.

Solo en dimensión, ese espacio cuadriplica los nueve metros cuadrados que ocupa Teodoro. Aun así escogió vivir en una anfibia hace veinte años y lo volvería a hacer. Es una relación a la que no claudica. Aquí forma parte de su vida con una cama, redes, anzuelos y una repisa con tres frascos de lágrimas artificiales, un reloj, mentol chino, fósforos y papel higiénico.

Entre quienes no abandonaron el río también están los hermanos Benites. Son vecinos de Teodoro. El uno es Segundo y el otro, José Feliciano. Aclara no ser el cantante sino el pescador. Dice que ya ha pasado por algunas confusiones. Insiste con esto: “No se vaya a equivocar, yo no canto”, ríe a carcajadas y arrastra una silla plástica donde se acomoda para charlar.

La balsa en la que viven es la tercera. La primera y segunda se desplomaron de viejas. Adentro todo está amontonado. Una cama con toldos, redes apiñadas, una refrigeradora, una cocineta, tanque de gas, botellón de agua, ollas y baldes, muchos baldes. En la otra mitad de la casa está el televisor, el DVD, el equipo de sonido, dos motores, el póster de Barcelona campeón y un tonel con ropa que parece hacer las veces de clóset. Afuera, dos canoas, una más delgadita que la otra, y la ropa todavía mojada por las labores de pesca.

La puerta trasera está carcomida por las polillas. Aunque en su buen tiempo debió verse elegante en su tono celeste original, hoy tiene una apariencia penosa. “El rico bota y el pobre apaña”, recita Feliciano. Espera volverse a encontrar con otra puerta igual de buena, como le pasó con la de ahora años atrás.

En la nueva arquitectura se incluyó un soberado para almacenar cualquier tipo de herramienta.

La mejor parte es que, aunque las anfibias parezcan simples chozas, son infraestructuras de herencia milenaria. Una costumbre que pobló gran parte de la cuenca del río Guayas.

Este tipo de construcciones son patrimonio inmaterial desde 2008. Se hicieron merecedoras a esto por la técnica artesanal tradicional empleada en su fabricación. Así consta en la página del Instituto Nacional de Patrimonio Cultural (INPC).

En la declaratoria de patrimonio está una reseña que justifica el vínculo histórico que hay: “Las balsas transitan por nuestros ríos y esteros desde tiempo inmemorial. Las encontraron los españoles y, maravillados de sus bondades para la navegación, dejaron constancia describiéndolas al detalle en crónicas de viaje. Actas del Cabildo guayaquileño, fechadas el 16 de enero de 1748, confirman la existencia de las casas flotantes”.

Una forma de vida

Fernando Mancero, investigador y gestor cultural, sabe más de esta práctica: “Era una forma de ver la vida, era un mundo acuático, más que vivir junto al río, era estar en el río”.

Los estudios que ha hecho dan cuenta que, hasta 1930-1940, incluso Guayaquil contó con un barrio flotante ubicado por la parte norte del Malecón, a la altura de lo que hoy conocemos como Museo Antropológico y de Arte Contemporáneo (MAAC).

“Como son personas de escasos recursos se los menosprecia como algo que hay que superar, pero es un recuerdo. En París los que habitan ríos son millonarios”, cuenta Mancero sobre la marginalidad con la que lidian estos pobladores.

De frente al río, desenredando una malla con sus manos gruesas y piel trigueña agrietada por el sol, don Teodoro no imagina todo lo que provoca su hogar. Los planes municipales inconclusos. Las incontables tesis que abordan el tema, ya sea desde el turismo y la arquitectura hasta el patrimonio y la historia.

Un giro

Que se haya escrito mucho y no se haya hecho nada sirvió de motivación a José Fernando Gómez, fundador de Natura Futura Arquitectura. La idea era remodelar una de las casas flotantes. Le contagió ese entusiasmo a su colega Juan Carlos Bamba y manos a la obra. Teodoro estrenó una flamante anfibia en noviembre de 2020. La envidia del vecindario.

La apariencia dio un giro: construcción en madera de laurel, cubierta más inclinada para no que no haya goteras y tanques plásticos por debajo para más dar mayor estabilidad. Esto le imprimió brillo al barrio. Al igual que las otras anfibias no tiene ventanas, hay dos puertas al centro y un par de cabos que sujetan la casa e impiden un posible naufragio.

Juan Carlos Bamba es español, docente en la Universidad Católica de Guayaquil y tiene una apreciación sobre las anfibias: “Demuestran que hay una arquitectura que se permite ocupar el territorio de otra manera y, en este caso, de una forma muy sostenible, porque se aprovecha el recurso principal que es el agua”.

Recuperar la historia

Saudí Valencia es directora de Cultura del Municipio de Babahoyo y explica que la idea de 2006 de rescatar la Balsa Blanca, y convertirla en un museo, continúa. No se anima a dar una fecha para la obra, la pandemia ha complicado más la asignación de recursos, pero se hará, dice.

En cuanto a los recursos, desde el departamento de obras públicas se confirma que los hay. Se logró un convenio no reembolsable del Banco de Desarrollo del Ecuador (BEDE) por 104 475,89 dólares. Y como contraparte el municipio pondrá 169 929,39. Es decir, un presupuesto total de casi trescientos mil. Una lotería para cualquier morador de tierra o agua.

“Con el proyecto que se va a hacer vamos a recuperar la historia, dar a conocer el río, hacer conexiones turísticas por las balsas y llegar a la casa de Olmedo (el prócer guayaquileño que habitó en la hacienda La Virginia, en Babahoyo)”, detalla Valencia sobre el objetivo de esta alcaldía que culmina su período en 2023.

El propósito es crear a la par un muelle para rescatar la actividad fluvial. Las visitas guiadas serían un plus. Valencia agrega que si aún hay quienes habitan en el río es porque se opusieron a salir y que actualmente ya no hay permisos para hacer más casas flotantes. 

En el caso de los hermanos Benites escogieron el río luego de que sus matrimonios fracasaran. “Nosotros aquí solo hacemos el café, para el almuerzo y merienda vamos a tierra”, dice Feliciano sobre las tareas del hogar que se reparten. 

Lo inverso pasó con Teodoro. Fue al agua dulce en busca de un amor, al que él llama “amiga” o una “más que amiga” que luego de unos años se marchó. Ella volvió al campo y él se ancló al Babahoyo de por vida. No tiene hijos y su tiempo lo divide entre ser ayudante de un centro médico y hacer la chamba de botellas para sacar algunos dólares más.

Es miércoles y la pinta de don Teo es otra: camiseta blanca casi transparente con leyenda electoral, pantalón celeste acampanado, zapato de suela, gafas y gorra. Saluda a todos como en campaña y un joven pasa gritándole “el más famoso de Barreiro, Teodoro”.

Lo que no sabe la barriada es de su memoria para los amorfinos:

“Dos claveles en el agua, nunca se pueden marchitar
Dos amores que se quieren, nunca se pueden olvidar”.

Refugio del pescador

Supo de las casas flotantes antes de llegar al país. Conocerlas fue otra experiencia. La rehabilitación tomó más de un mes. La primera semana transcurrió en armar el diseño y los treinta días siguientes en sumergirse en el río con los técnicos y con Teodoro para levantar la nueva anfibia, llamada El Refugio del Pescador.

José Fernando Gómez, fundador del estudio Natura Futura Arquitectura.

Para Bamba, que un patrimonio como este no sea tan relevante depende en gran medida de la voluntad política y de los instrumentos de urbanismo disponibles para su recuperación. “A veces la idea de patrimonio que tenemos es de congelarlo, cuando en países europeos se ven muchos proyectos en los que el patrimonio se repotencia”.

De ahí que este par de arquitectos aún no conciben la estructura de Teodoro como casa, sino como un sitio para descansar de las faenas de pesca. Además, el proyecto apenas va en su primera etapa y el deseo es poder concretar dos fases más para finalizarlo.

José Fernando Gómez enumera el plan completo. La fase dos es generar baterías sanitarias conectadas con la red pública comunitaria. La parte tres es la adecuación de la vivienda, que se “complete junto al equipamiento productivo”.

Gómez es fluminense y dice que el impacto que busca es el de crear conciencia colectiva. “Esta es la forma de hacer un manifiesto. De decir “mira lo que se puede hacer con poco presupuesto. Es como asentar en firme que las cosas sí se pueden cambiar sin tirarlas”.

La inversión utilizada en la casa de Teodoro fue de tres mil dólares. Una cantidad mínima si se la compara con los 3,1 millones que puso el Gobierno en el plan habitacional de Brisas del Río. Según Teodoro y sus vecinos, muchos fueron los que quisieron volver y no pudieron. Ellos se consideran afortunados por seguir ahí, a orillas del río, con el chirriar del puente de hierro, el andar de las garzas y los boleros de Julio Jaramillo a todo volumen.

Sin contar que la experiencia de vivir sobre el río sobrepasa lo terrenal. La anfibia de Teodoro es más firme ante el oleaje, pero la de Segundo y José Feliciano Benites se menea que da susto. Es un balanceo que irrumpe en la quietud, uno se va de lado y vuelve. Ellos no le temen a ese vaivén, están acostumbrados.

“Esta agua es lo más elegante para bañarse. Yo creo que cuando vaya a bañarme en ducha me cae grano”, dice Segundo Benites sobre los placeres que le regala su casa con piscina olímpica gratis. Aún es temprano y tiene el torso descubierto. La humedad y el calor se encierran en su balsa haciendo que el sudor sea inevitable y uno que otro mosquito se pose.

Junto a Feliciano se imagina cómo serían sus días si las anfibias tuvieran la atención que necesitan. Saben que han salido en noticias, que son históricas, que hubo una Balsa Blanca de dos pisos que naufragó y que en 2018 sus vecinos de El Salto recibieron una mano de pintura gratuita en las fachadas como parte de un proyecto cultural.

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