El lanzamiento de la Religión Portátil

Texto: Juan Pablo Meneses

En el Black Friday de 2017, a las siete de la noche de Nueva York, el cronista chileno Juan Pablo Meneses lanzó desde Times Square una religión global. Aquí nos revela episodios desconocidos que forman parte de su último libro, Un dios portátil.

Fotografías: Facebook Juan Pablo Meneses.

Me mudé a Nueva York cinco meses antes del Black Friday. Llegué a trabajar en un libro que se llama Un dios portátil (editorial Planeta), que se publicó en 2020, pero cuando aterricé en el JFK era 2017, el libro no tenía nombre y ni siquiera tenía pensado lanzar una religión. En la maleta grande traía un dios que había comprado en la India y en el disco duro del computador el diseño de The Church of Portable Religion que había desarrollado en Stanford.

Los primeros días en Nueva York hubo un problema con mi dios. Lo tenía dentro de una maleta y como me movía de un lado a otro, temí que en cualquier momento podía ocurrir una desgracia. Necesitaba encontrarle un sitio seguro.

La solución apareció en el número 304 de la calle 74, entre la séptima y la octava. Esa es la dirección exacta de NYStorage, un galpón gigante convertido en un laberinto de pequeñas bodegas metálicas. Con seguridad infrarroja, cámaras de TV, guardias, claves digitales para abrir la puerta principal y un grueso candado en cada uno de estos pequeños depósitos, uno al lado y arriba del otro. El primer contrato se firmó por un mes.

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Tardé más de quince años en terminar esa crónica del consumo que se llama Periodismo Cash y que es una trilogía compuesta por tres libros. La vida de una vaca, donde está la compra de una ternera argentina y su vida por tres años; Niños futbolistas, el viaje por América Latina recorriendo campos de fútbol en busca de comprar al nuevo Messi; y el cierre, con un dios comprado en la ciudad de Varanasi, al cual le había diseñado una iglesia durante el año que pasé en Silicon Valley, esa zona del mundo con más proyectos de iglesias tecnológicas del planeta.

Recuerdo todo eso ahora, estos días en Nueva York, porque sin ser un experto en la industria de la fe, de las religiones, de la espiritualidad, ser autor-dueño de un dios me tiene ahora en una oficina privada, la número 555 del piso 5 en el edificio de Estudios Liberales, en el Centro de Religión y Medios de la Universidad de Nueva York.

En las repisas puse algunos libros de materias religiosas que tenía de consulta, y sobre el escritorio coloqué las carpetas con las tareas a cumplir. Por lo general, en las mañanas me las pasaba en la 555, tomando apuntes, reporteando y leyendo. Por las tardes, trataba de ir al menos dos veces por semana a la biblioteca, a buscar información que me pudiera servir.

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El tiempo volaba. Manhattan tiene un latido rápido, de animal chico, aunque sea una ballena gigante y luminosa flotando en el Atlántico.

Estaba invitado a investigar para mi libro y estructurar mi proyecto sin presiones, sin apuros, con todas las instalaciones de la universidad a mi disposición.

Hubo algo que generó un cambio en toda la historia de esta historia. Eso fue cuando la revista de libros de Los Ángeles Times, la LARB, publicó una entrevista que me hicieron, titulada “Buying God”.

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El diseño de la iglesia estaba claro y Jean Paul, un diseñador web evangélico, avanzaba en el armado de la página/templo. Había dos etapas a cumplir en paralelo. Por un lado, empezar a preparar la página web donde estaría todo el diseño del proyecto, y a la cual podría sumarse gente y donar. Y, por otra parte, lanzar la Religión Portátil. The Church of the Portable Religion podía existir sin los trámites burocráticos, pero no podía existir sin haber lanzado la religión y sin tener un espacio de encuentro en el mundo real de Internet.

Una tarde, caminando como zombi por Times Square, me vino la iluminación. ¡Claro! La religión se tendría que lanzar en Times Square, uno de los lugares más famosos del planeta, la postal del consumismo con sus pantallas gigantes de avisos y los turistas tomándose fotografías durante veinticuatro horas al día.

No pasé mucho tiempo en descubrir lo obvio: no era el primero en encontrar la iluminación en Times Square. El pastor David Wilkerson estaba caminando por la plaza, en 1987, cuando le vino esa misteriosa iluminación. Él dice que en esos años Times Square era conocido como un centro de películas porno, clubes de striptease, prostitución y adicción a diferentes tipos de drogas. Dice que lanzó el proyecto de The Times Square Church, enfocado en las prostitutas, los proxenetas, los inmigrantes, los fugitivos y los comerciantes y consumidores de crack. En 1989 arrendaron el teatro Mark Hellinger, en la misma zona de la plaza. Y en apenas dos años, ya tuvieron el dinero para comprar el teatro en diecisiete millones de dólares. La iglesia sigue funcionando en la calle 51, tiene seguidores en más de cien países y se estima que los seguidores de Times Square han recaudado más de cien millones de dólares.

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Todo el día piden que denuncies si ves a alguien sospechoso en el metro, en los buses, en el banco, en el museo, o en cualquier lugar público o privado, cerrado o abierto, en Manhattan o en Brooklyn o en Queens. O si escuchaste un comentario sospechoso del chofer del Uber o en el taxi de la madrugada o del arrendatario que tose todo el día en el piso de abajo o al vecino que fuma hasta tarde con la luz encendida mirando páginas extrañas en Internet.

En NY nadie te mira, pero siempre te están mirando.

En NY puedes ser invisible, pero siempre estás siendo vigilado.

Y uno se acostumbra a no sentir tanto miedo pese al miedo, a sentirse a salvo. Y tan a salvo que recién volví a pensar en el tema de seguridad de mi dios varios meses después de estar viviendo en Manhattan. Ya habíamos encontrado una casa en el Upper West, ya habíamos sacado al dios del NYStorage, ya tenía a la deidad a los pies de la cama en el estrecho estudio de la 94, en un quinto piso con vista hacia al norte, con el humo de las chimeneas que anunciaban la llegada del invierno y los ratones gordos cruzando todos los días por las mismas esquinas, cada vez más cerca de lograr una intimidad para saludarnos levantándonos las cejas cada noche.

Volví a pensar en la seguridad, nuevamente, cuando se acercaba el lanzamiento de la religión. La ceremonia fijada en Times Square, el 24 de noviembre de 2017, era parte de una gira inaugural con más fechas. En principio serían más de quince las ceremonias, incluyendo paradas en México y otras ciudades de Estados Unidos.

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El día de Black Friday me levanté temprano, y tomé desayuno en la cafetería de la esquina.

La cadena de diarios Metro me había publicado una entrevista donde hablaba del lanzamiento de esa noche.

Todo lo que pasaba, y lo que se decía, iba a terminar apareciendo en el libro. Finalmente, Un dios portátil terminó siendo una bitácora del libro que quería escribir.

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Veo todo desde arriba.

Estoy parado sobre una pequeña tarima de un metro de alto, en el centro de Times Square. Es Black Friday y por eso veo pasar a miles de turistas y neoyorquinos en plan de consumo.

Veo todo desde arriba. Los observo sin detenerme en ninguno en particular, mirando al gentío como un bulto con varias cabezas. Espero que alguien me escuche. Estoy aquí, parado solo en una pequeña tarima del centro de Manhattan, para hablarle a los consumidores de mi propia compra: un dios.

Sí, un dios. Me compré un dios un par de años antes, en un viaje por la India. No fue una figurita religiosa de souvenir, ni una réplica turística de una divinidad, de las miles de divinidades turísticas y religiosas que suele exportar la India. Tampoco pagué por una persona que decía ser una divinidad, una luz, una elegida. Lo que compré fue una deidad real.

El viernes 24 de noviembre de 2017, a las 19:00 en Nueva York inició el lanzamiento de la Religión Portátil.

Tengo en mis manos un libro de tapas blancas que por ahora se conoce como “libro blanco”, pero que cuando esta historia termine tendrá una portada, un título, un código de barras, el logo de una editorial y se venderá en librerías. En este libro blanco voy tomando los apuntes para esta historia.

Es probable que alguna de las personas que está mirando hacia el escenario se haya enterado del lanzamiento por la noticia publicada en el diario. Un día antes del lanzamiento una cadena internacional de periódicos publicó que hoy, en esta plaza neoyorquina, iniciaría mi religión.

No sabía todo lo que vendría después. Abro el libro blanco y, antes de empezar a leer, miro por última vez a esa muchedumbre que se mueve por Manhattan. El viento que cruza la isla es muy frío. Aquí todos somos seres cubiertos de luz, pero de una luz de publicidades que promueven nuevos productos.

Respiro hondo, me fijo en que la cámara esté apuntando y leo en inglés:

“Nace aquí, oficialmente, la Religión Portátil. La que está consagrada a un dios portátil. La que se va a expandir a través de la iglesia de la Religión Portátil. Un nuevo credo, dirigido a los viajeros, a los trashumantes, a los nómades, a los peregrinos, a los que no tienen nada fijo, a los freelancers de este mundo”.

Mientras leo pasajes del “libro blanco”, iluminado por las pantallas gigantes, veo que se me acerca una mujer, de unos sesenta años, con abrigo gris y orejeras peludas, que me interrumpe y me grita que Dios es uno, único, y luego se va recitando un salmo.

Salvo ese pequeño incidente, mientras leo el “libro blanco” la mayoría de los transeúntes va encapsulado en su propio Black Friday, el día en que el mayor temor de los gerentes de almacén es que no vaya a morir gente aplastada por la turba. Cuando compré mi dios no tuve que esperar que hubiera alguna oferta, ni hacer una larga fila antes de llegar al mesón. Gasté más tiempo en negociar el precio y en buscar un envoltorio para mi divinidad. El día que compré la deidad había más de 35 grados de calor, y estaba vestido con una camisa suelta y pantalones cortos. Ahora, en la ceremonia de lanzamiento en Nueva York, estoy con zapatos negros, pantalón negro, camisa y abrigo negros.

Un par de turistas me toma fotos mientras leo, y pienso que pueden ser agentes de seguridad o turistas despistados que no saben que se trata del lanzamiento de una religión.

“Cuando hizo el lanzamiento mundial de la Religión Portátil, en Times Square, era Black Friday, con todos los potenciales fieles o consumidores desatados corriendo de una tienda a otra; el escenario perfecto para dar espacio a una religión totalmente freelance”. FUENTE: WWW.LATERCERA.COM

Casi al final de la presentación, digo que el dios que compré en India está a unas cincuenta cuadras de Times Square, dentro de una maleta verde en el piso séptimo de un edificio de la calle 94, en el Upper West Side de Manhattan.

No puedo contar mucho más. En espera de que el “libro blanco” se transforme en el libro final de esta historia, todavía no puedo adelantar el nombre que tiene, ni el valor exacto en que lo compré, ni cómo fue la negociación, ni cómo se llama el vendedor, ni cómo le diseñé una iglesia, ni el camino final hasta la religión. Apenas menciono que lo pagué en rupias, y que lo compré en un hotel de Varanasi.

La ceremonia termina dando por fundada, oficialmente, la Religión Portátil, cuya iglesia “cada uno llevará consigo mismo, y un dios portátil que los acompañará a donde vayan”.

Cuando bajo de la tarima y la ceremonia ha terminado, la religión ya existe. A los pocos minutos me confirman, desde el otro lado del continente, que ya se ha habilitado el acceso de la página: portablereligion.org. Y que ya están los primeros inscritos.

Desde ese momento siento que tengo una de las casi cinco mil religiones que hay en el mundo. En términos legales, el camino será más largo, y va a requerir entrevistas con abogados, contadores, asesores, y todo ese ejército de burócratas que ha convertido a la religión en una industria que en este país mueve más dinero que Google y Facebook juntas. También entrevistas con otros credos, otras religiones, otros dioses.

La noche del 24 de noviembre termino en el Raines Law Room, una réplica de los bares speakeasy de Manhattan, que funcionaban clandestinamente en los años treinta durante la ley seca. El bar está en un subterráneo y mantiene todo el ambiente secreto. Hago unos brindis secretos con unos amigos. Pienso en los primeros seguidores de esta fe portable, de esta espiritualidad freelance y del orgullo de la religión propia.

El día que fundé mi credo me acosté tarde y muy cansado: me desplomé en la cama, como si me hubieran chupado todas las fuerzas. Al día siguiente, cuando desperté, nada seguía ahí.

Es parte de la religión.

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