Ladrones.
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Ladrones.

Por María Fernanda Ampuero.

Ilustración Maggiorini.

Edición 429 – Febrero 2018.

 

Firma--Ma-FdaCuando era niñita intenté robar algo en el supermercado. Eran unos huevitos o unos tic tac, no me acuerdo, que estaban al alcance de mi mano en estas estanterías que ponen al lado de la caja. Lo cogí y me lo guardé en el bolsillo. Mi mamá me vio, me lo quitó y lo devolvió a su sitio porque, me dijo, las cosas que no son de uno hay que pagarlas; no se pueden coger así nomás. Porque, me dijo, eso se llama robar y es malísimo, de lo peor que puedes hacer. Mi mamá, que como todas las mamás de niñitos era muy dada a la teatralidad, al performance, le preguntó al guardia si era verdad que a los niños ladrones se los llevaban y el guardia, que recuerdo como un señor pavoroso, dijo que sí y que allí te quemaban las manos.

Unos treinta años más tarde volví a intentar delinquir. Estaba en una tienda de suvenires en España por trabajo y vi una diminuta caja de azafrán. Estaba tan al alcance de mi mano, tan fácil de meter en mi cartera que era como de idiotas no robársela. La cajita era hermosa y estaba ahí casi diciéndome “llévame contigo”. Yo no tenía un centavo en esa época y quería comerme una paella tinturada y perfumada con la flor del azafrán: una paella como dios manda. Cogí la caja, sí lo hice, la sostuve en mi mano mientras el corazón me latía a mil. Recuerdo que tenía los bordes muy angulosos y se me clavaban los cuatro en la palma: yo estaba robando.

Qué cerca estaba mi cartera abierta, qué fácil salir de ahí con mi condimento de reyes para dar un poco de sabroso naranja a mi puta vida gris. Sin embargo, ahí la dejé. Salí del local asustada de mi propia intención, de mi naturaleza ladrona, de lo que casi hice. Seguramente el episodio de los tic tac se fijó en mi cabeza como una marca en el ganado: eso no es tuyo.

Hace poco me robaron. No fue plata, la computadora o el teléfono, sino un cuento. Tres o cuatro páginas de una historia que me inventé. Tal vez parezca una tontería llamar robo a publicar en una antología —sin decírmelo— esos párrafos que yo creé, pero no sé de qué otra forma llamarlo que no sea eufemismo cobardón: ¿apropiación, confiscación, adueñamiento? Alguien —nada menos que el Plan Nacional del Libro y la Lectura— se llevó una cosa que era mía, sin pagarla, sin permiso, y la usó.

¿Cómo llamarían ustedes a eso?

De todas las cosas surrealistas que me han pasado, esta es una de las más insólitas: que una institución que busca fomentar la lectura y el amor por los libros en el país robe textos a sus propios autores parece humor negro: haría gracia si no dieran tantas ganas de chillar. Yo chillo. Chillo porque las cosas hechas a la maldita sea se parecen muchísimo a las cosas hechas con maldad: llevan al mismo resultado. Chillo porque, si las instituciones llamadas a cuidarlo no le ponen un valor a mi trabajo, ¿cómo se lo van a poner los lectores? Chillo porque lo que escribo —llámenlo una pendejada o llámenlo una brillantez— es mío y yo decido si lo publico en Facebook o lo publico en el grupo de WhatsApp de mis hermanos o en un libro o en la Diners o en Luz del domingo. Eso que se llama propiedad intelectual es nada más y nada menos que propiedad: esto me pertenece. Chillo, además y mucho, porque no soy la primera ni seré la última a la que esto le pase. Chillo y chillo porque siento que la única manera de que se le dé valor a lo que hacemos es chillando cuantas veces sean necesarias hasta que se institucionalice el respeto, hasta que dé miedo hacer las cosas con las patas.

Cuando te roban algo que has creado, además, te roban la autoestima, la autovalidación, el respeto al trabajo propio: si esto vale menos que un mango, o sea, no vale nada, es porque es menos valioso que un mango.

Como devolver algo intangible como un cuento o un poema es imposible, quisiera que quienes nos robaron —en plural: somos muchas y muchos— al menos reconozcan que lo hicieron: intentar exculparse diciendo que se hizo esto sin mala voluntad, por amor a la cultura y para la difusión de mi trabajo —¡gracias, pero no gracias!— es tan patético como decir “no te pago por tu propio bien, para que no te hagas avariciosa”.

Quisiera también, y quedan ustedes de testigos, que no se me considere “caprichosa”, “problemática”, “histérica” o se me incluya en la temida lista negra por exigir lo mínimo que exige todo trabajador: que no le roben, que le paguen, que respeten sus derechos. ¿No creen?

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