La vergüenza del pelo afro (y su reivindicación)
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La vergüenza del pelo afro (y su reivindicación)

Por Xavier Gómez Muñoz.

Ilustración: Shutterstock.

Fotografías: X. G. M.

Edición 465 – febrero 2021.

Según el Censo de Población y Vivienda de 2010, los negros y mulatos representan el 7,2 % de la población en el Ecuador. En Esmeraldas, una de las ciudades con mayor población afroecuatoriana, siglos de racismo y discriminación consiguieron que varias generaciones tuvieran que ocultar el pelo afro. Sin embargo, las cosas están cambiando.

Les pasó a Mirian, Alexandra, Emily, Ana, Joselyn, Victoria y Salma, entre otras tantas que no forman parte de una estadística; sí, de una historia común entre las mujeres negras. Ya sea por moda o por eso que los académicos llaman “blanqueamiento”, estas esmeraldeñas, de diferentes sectores y estratos sociales, se alisaron el pelo con productos químicos, se lastimaron el cuero cabelludo —llagas y otro tipo de lesiones— y tuvieron que ver cómo se les caía el pelo por mechones. Algunas cambiaron la forma de ver sus rizos, otras no. Pero la relación odio-amor de los negros con su pelo no es solo un asunto de mujeres.

La youtuber Mirian Orejuela en su negocio.

—En Esmeraldas es normal que las niñas se empiecen a alisar el cabello, porque así es más fácil peinarlo o porque quieren verse bonitas, las madres tampoco saben cómo tratarlo y lo que hacen es trenzas o moños —explica Mirian Orejuela, una youtuber esmeraldeña que se dedica a promover el orgullo y cuidado del pelo afro en las mujeres.

A Mirian le pasó dos veces. A los once años, una tía empezó a alisarle el pelo todos los meses con un producto artesanal, ella no usaba vitaminas o tratamientos para aplacar el impacto del alisador casero, y un año después tuvo que utilizar pelo sintético para disimular la falta de volumen. A pesar de esa mala experiencia, a los quince años pidió otra vez que le quitaran el afro, porque ya estaba en el colegio y la belleza en esa época era blanca y tener el pelo lacio.

—No recuerdo que tuviera algún referente afro de la moda o la belleza. Me gustaba Beyoncé, cuando cantaba en Destiny’s Child, y Rihanna, pero las dos usaban el pelo liso.

Mirian se mudó a Guayaquil para estudiar Arquitectura y, por falta de tiempo para seguir cuidando su pelo, esta vez tuvo que disimular el maltrato y la caída con extensiones y pelucas.

—Amanecía con la almohada mojada por las llagas y el pus que me salía de la cabeza. No me gustaba hablar sobre mi pelo dañado con nadie. Mi mamá me decía que me pusiera agua con limón para curarme, era un ardor intenso.

Entonces Mirian empezó a hacerse preguntas: “¿Por qué no puedo tener mi pelo natural, por qué he tenido que aguantar quemarme la cabeza tanto tiempo?”, buscó información en blogs y canales de YouTube, como el de Alba Ramos (SunKissAlba), una influencer que promueve la belleza del pelo afro y tiene unos trescientos mil seguidores en Instagram y más de un millón de suscriptores en YouTube. E inició lo que las entendidas llaman “transición”, un proceso que consiste en “aceptarse, valorar nuestras raíces, empoderarse”, y que comienza por el pelo.

Alexandra Bennett en su negocio.

Cuando entendió todo eso, Mirian decidió crear un blog para compartir su experiencia y lo que había aprendido durante el año y medio que tardó en recuperar los rizos definidos que hoy lleva con orgullo, lo llamó Afro es mi color. Y también hizo su canal de YouTube, Afro-ecuatorianas Hair, donde tiene más de nueve mil suscriptores; además, está en Instagram y Facebook. Antes de terminar la universidad, colgaba dos videos por semana. Ahora, a sus veinticinco años, tiene un emprendimiento de diseño arquitectónico y venta de materiales para acabados en Esmeraldas, que empezó con su media hermana Alexandra Bennett, por lo que sube solo un video cada dos o tres semanas. A través de YouTube y las redes sociales, decenas de mujeres le han contado historias parecidas a la suya. Por eso, y aunque tiene menos tiempo libre, no piensa dejar su faceta de youtuber.

La media hermana de Mirian tiene 43 años, es doctora y tiene un corte de pelo moderno: bajo a los lados y un poco más largo arriba, que deja ver sus rizos naturales. Estamos en el negocio de Mirian y Alexandra, en un barrio popular de Esmeraldas. Mientras Mirian cuenta su historia, Alexandra bromea.

—Es que tú estabas traumada con el pelo.

Lo que para Mirian, que es arquitecta —es decir, alguien que trabaja con la belleza—, afectó su autoestima, para Alexandra era moda. Alexandra también se alisaba el pelo y tuvo que usar extensiones. Ella recuerda los apodos que les ponían a las niñas con pelo afro en la escuela: pelo de viruta, de lustre, chaide y chaide (por los resortes de los colchones), además de otros términos comunes en Esmeraldas como “pelo duro, porque no pasa la peinilla, es más difícil de peinar”, y chischís, en referencia al pelo quemado.

—Todas las niñas querían tener el pelo lacio por la estigmatización a la raza negra, porque no aceptaban sus características y trataban de ocultarlas. A mí me gustaba el pelo ondulado, por eso las extensiones que usaba después eran rizadas. Pero cuando éramos más pequeñas la moda era tenerlo lacio.

—¿Cuánto tiempo te alisaste el pelo?

Piensa durante unos segundos.

—Es más fácil contar el tiempo que lo tengo natural, unos cuatro años.

En el Museo y Centro Cultural de Esmeraldas, hoy, 21 de noviembre de 2020, los grupos Filomena Corozo y La voz del niño Dios ensayan para la grabación de un video musical en el que interpretan un arrullo, ese canto que junto a los chigualos y alabados dedican a sus muertos y a lo divino. Mientras esa expresión de la cultura afroecuatoriana ocurre en la planta baja, el director del grupo de baile de marimba Tierra Verde, Manuel Mosquera, dice, en la segunda planta, que no le gusta usar el término afro.

—Si la gente se siente ofendida porque le dicen negro es porque hay que darle la vuelta a lo que esa palabra significa —explica—. Pero para eso hace falta incluir nuestra cultura en las mallas curriculares, trabajar en etnoeducación, porque solo cuando te empoderas de tu historia sabes quién eres y hacia dónde vas, empiezas a sentir orgullo.

Mirian Orejuela me había contado casos de mujeres que, aunque quisieran, no pueden llevar el pelo afro suelto en sus trabajos, porque se considera “informal, no elegante, descuidado o rebelde”, y que, por los mismos motivos, les exigen a los niños y jóvenes que lo lleven corto en escuelas y colegios. Pero eso no pasa solo en el Ecuador. En julio de 2019, California fue el primer estado en acoger la denominada ley Crown (acrónimo de “Crear un espacio abierto y respetuoso hacia quienes llevan el pelo natural”, en español) que luego fue replicada por otros estados, en el país del Tío Sam. Cuando era profesor de primaria, en Esmeraldas, a Manuel le ocurrió algo parecido.

—Me pusieron a escoger: ¿tus trenzas o el trabajo?, y elegí dejar ese puesto —recuerda, y busca en su celular una foto en la que se ven las trenzas que tuvo durante diez años—. Me las corté hace cuatro meses, porque así (el pelo corto) es más cómodo.

Afuera del museo y centro cultural, en el centro de Esmeraldas, todo es comercio, ruido de carros y vendedores, una carretilla de mangos, gente descansando del calor en las bancas del parque Central, tiendas de celulares, comida, ropa… En las calles Sucre y Piedrahita está una tienda de vestidos ligeros y coloridos llamada Germane Fashion. Una vendedora pregunta si busco un vestido para mi chica. Respondo que estaba viendo que todos los maniquíes son blancos, delgados y que, cuando tienen pelucas, el pelo es lacio.

—¿No han pensado en usar maniquíes más parecidos a las mujeres de acá?

Ríe.

—Me avisa cuando necesite ayuda con algo, ya.

Los alrededores del parque Infantil, también en el centro, son una pasarela en la que se ven las decenas de formas que dan a su pelo los esmeraldeños. Melenas afro, trenzas, cortes al ras, alisados y rizos domados (suavizados con productos o menos ensortijados), moños, tintes… en hombres y mujeres. En las calles que rodean el parque hay ocho locales especializados en cabello: peluquerías, distribuidoras de productos capilares y una tienda de pelucas y extensiones.

Michelle Vergara, de la peluquería Princess Factory, dice que la mayoría de sus clientas llega con el pelo alisado y que su trabajo consiste en retocar las raíces, con cremas que se aplican cada dos o tres meses, y que para alisarlo por primera vez está la keratina, un producto hecho con una proteína natural y un porcentaje menor de formol, alrededor del 2 %. Emily Ayoví, de la tienda de pelucas y extensiones Viviana Cortez, aclara que allí también se ofrecen servicios de cepillado, planchado, tinturado y alisado, como el que ella luce, “no para tenerlo liso, liso, pero al menos ondulado”.

En la distribuidora Luz & Vida, Miguel Ángel Ochoa indica que sus clientas de cremas alisadoras y tratamientos con keratina están entre los veinte y cincuenta años, y que también hay productos alisadores para hombres. El más popular es una crema para el pelo corto que se enjuaga luego de cinco minutos de su aplicación, “para que no le queme”, y compran sobre todo hombres que no pasan de los treinta años.

—Justo hoy ha venido puro negro lámpara —bromea uno de los peluqueros de Don Mafa, mientras frota una esponja de cocina con crema para peinar en la cabeza de un cliente y explica que es una técnica que se aplica durante diez o quince minutos para definir los churos.

Don Mafa es una peluquería especializada en cortes urbanos para hombres, rapados a los lados o degradados y con líneas o diseños tribales hechos con navaja, los estilos fade y coby. En Don Mafa no hacen alisados, “porque los clientes ya llegan con los churos suavizados con cremas o un alisador (artesanal) que hacen por ahí y cuesta 1,50 o dos dólares el vaso”.

A los hombres que se alisan el pelo, aunque se note, no les gusta reconocerlo, esquivan la pregunta o prefieren no conversar sobre eso con alguien que lleva una grabadora y una cámara.

—Estoy acá con un periodista que quiere preguntarte por qué te alisabas —le dice la creadora de una línea de productos naturales para el pelo afro, Joselyn Samaniego, a un conocido vía telefónica.

—¿Que quiere que le cuente qué?… Me da vergüenza —se escucha por el altavoz.

El alisador artesanal no se encuentra con facilidad en las distribuidoras y peluquerías del centro de Esmeraldas, pues dicen que trabajan con “productos de marca” y que quizá, con algo de suerte, pueda encontrar alguien que lo haga en “peluquerías de barrio”. Ana Tenorio trabajó como estilista por veinte años y aprendió a hacer el alisador.

—Hay personas que le pueden poner otras cosas, pero básicamente lleva un cuarto de cuchara de lejía (un producto químico granulado que se disuelve en agua y se utiliza para desinfectar y destapar cañerías), unos doscientos gramos de maicena, una zanahoria, una papa y algunos le ponen jabón —explica—. Eso se licúa y sale una botella de dos litros. Se aplica mechón por mechón más o menos cada tres meses, y hay que lavar rapidito para que no le queme.

Aun cuando tiene experiencia, Ana cuenta que se ha quemado varias veces el cuero cabelludo. Inició la transición hace tres meses porque se cansó de maltratar su pelo, pero también porque “la tendencia ahora es llevarlo afro”.

Juana Klinger y su nieta Joselyn Samaniego

Joselyn Samaniego me cita en la casa de su abuela, Juana Klinger, para hablar sobre Afro Luna, su línea de productos para cuidar el pelo afro, rizado, ondulado (el primero es más ensortijado y el último tiene menos ondas) y en transición. Joselyn tiene veintiséis años y Juana 74. Joselyn empezó la transición en 2017 y ahora lleva el pelo afro, Juana tiene canas y lo lleva alisado, lo cual era común en las generaciones anteriores, según Joselyn. Esa tendencia se ve también en otros miembros de su familia. Una prima de Joselyn todavía se alisa el pelo, pero cuenta que su mamá, dos tías y dos primos ahora prefieren llevarlo afro.

—El confinamiento por el coronavirus también ha servido para que muchas mujeres empiecen la transición —dice Joselyn—, porque el pelo se ve feo mientras se recupera y, como tienen poco o deben cortárselo muy pequeño, prefieren que no las vean.

—Ahora hay que tratar de que la gente haga conciencia —continúa, y reconoce que, luego de los daños causados por alisadores y el mal uso o mala calidad de algunas marcas de keratina, el afro se ha puesto de moda en Esmeraldas—. Pero, ¿qué pasará después, cuando la tendencia sea otra vez tenerlo lacio?

Ana Mina.

La playa de Las Palmas es quizá el mejor lugar en Esmeraldas para ver cabellos afro crecidos, libres y agitados por la brisa. Allí, Victoria Arroyo, de veinticuatro años, dice que inició su transición hace un año, motivada por la moda. Hanner Ángulo y su novia Ana Mina, de dieciocho y diecinueve, aseguran que nunca han pensado en alisarse, igual que Yahaira Yépez y Josué Grijalva, de veinticinco y veintiuno, porque les gusta el pelo afro.

Josué Grijalva y Yahaira Yépez en el malecón de Las Palmas.

Emil Angulo y su esposa Salma Quiñónez juegan rayuela con Aquiles, su hijo de seis años. Salma cuenta que un día decidió raparse la cabeza y empezar la transición desde cero. Dice que eso la ayudó a valorar su cultura y “a entender lo que históricamente hemos tenido que hacer los negros para aceptarnos y ser aceptados”. Pero su cambio tuvo también otra razón.

—Estaba por nacer mi hijo y quería que él me conociera tal como soy —dice, y mira a Aquiles y sus pequeños rizos, mientras juega con su padre en la playa.

Victoria Arroyo junto a su hija, Alana.
Emil Angulo, Salma Quiñónez y su hijo Aquiles en Las Palmas.

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