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La última mujer sobre la Tierra

por María Fernanda Ampuero

Por María Fernanda Ampuero
Ilustración: Mauricio Maggiorini
Edición 457-Junio 2020

LaUltimaMujer

El pasado Domingo de Ramos mi hermano me envió una foto de mi mamá con su ramo improvisado —trasquiló una de las palmeras del patio— viendo la misa por televisión. No sé bien por qué pero esa imagen detonó una antorcha en mi corazón.

Por un lado, claro, un corrientazo de amor por esa mujer aferrada, como si fuera un escudo, a ese ramito que ella mismo armó y, por otro, una enorme envidia por esa fe de hierro que tiene, que ha tenido siempre, que no ha perdido incluso cuando Dios, el dios en el que ella cree, le ha dado la espalda.

Llevo tantos años entregada al cinismo, esa secta amarga, que la imagen de mi mamá rezándole a su dios por la salud de todo el mundo en medio de este apocalipsis me quebró por dentro: ¿cómo es posible que siga creyendo, si la vida no ha hecho más que darle pruebas de que estamos solos?, ¿en qué cimiento inquebrantable se sostiene su padre nuestro, su ave María, oraciones que para mí son como llamadas perdidas a un número que no existe?

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La fe de mi mamá, que en tiempos de paz me parece una cursilería anecdótica, en estos momentos me destruye como el dolor del miembro fantasma, ya saben, eso que sienten las personas que han perdido una pierna o un brazo.

Daría lo que fuera por mirar a algún lado fuera de este mundo que se cae y pedir ayuda.

Daría lo que fuera por creer que hay alguien que nos quiere escuchándonos llorar.

Daría lo que fuera por el consuelo.

Daría lo que fuera por sentir que una mano gigantesca me cobija y que yo, pulgarcita creyente, duermo en esa palma cálida, acurrucada y a salvo.

Preferiría eso, verme ridícula sosteniendo unas cuantas hojas de palmera frente al televisor, que esto: golpearme la cabeza contra la ventana pidiéndole a la nada que evite que mi mamá y la gente que amo mueran por el virus.

A veces me siento como la última mujer sobre la Tierra y esa sensación tan profunda, tan devastadora, de soledad me hace envidiar la fe de los demás hasta que lágrimas calientes me bañan la cara y me voy quedando dormida rogando —otra vez a la nada— que hoy, al menos hoy, no vengan las pesadillas.

Tal vez el primer ser humano que inventó al primer dios se vio como me veo yo ahora mismo: sola, inválida e insignificante ante una plaga que acaba sin piedad con lo más querido, y decidió que tenía que haber alguien —algo— ahí afuera al que pedir socorro.

Tal vez la creadora de la primera diosa sintió que, sin una mamá inmortal a la que rezar el dolor de ser tan pequeña, tan inútil, sería simplemente insoportable.

Y sí, es simplemente insoportable.

Autor

Acerca de María Fernanda Ampuero

(Guayaquil, 1976). Escritora y periodista. Su último libro es Sacrificios Humanos (Páginas de Espuma, 2021).
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