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La última casa de Sigmund Freud

por Leisa Sánchez

Texto y fotografías: Tamara Izco.

Edición 459 – agosto 2020.

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El Freud Museum, en el 20 de Maresfield Gardens en Hampstead, fue la casa de Sigmund Freud y su familia cuando escaparon de la anexión nazi de Austria en 1938.

En 1933 grupos de simpatizantes hitlerianos quemaron en Viena cientos de libros del padre del psicoanálisis, convencidos de que aquellos textos debían desaparecer por su capacidad de “destrozar el alma con la importancia exagerada concedida a la vida sexual”. Así, lanzándolos al fuego fueron repitiendo al unísono que con ese acto estaban devolviendo “la nobleza al alma humana” a medida que el papel se achicharraba e iba transformándose en ceniza. Aquella, sin embargo, era una forma inútil de tratar de borrar las palabras de uno de los pensadores más importantes de nuestros tiempos: las ideas de Sigmund Freud para entonces habían penetrado profundamente la psicología occidental y ya era imposible desligar a este teórico de todas las corrientes modernas que se estaban desarrollando en este campo. Detractores y simpatizantes, todos por igual, eran conscientes del valor revolucionario de las elaboraciones de este médico neurólogo austriaco de origen judío.

El famoso intelectual, a raíz de los actos violentos contra sus publicaciones, explicó a un amigo en una carta que esperaba que los nazis lo quemasen a él, y en su lugar decidieron atacar los libros. Temporalmente aliviado a pesar de lo sucedido, decidió prolongar su estancia en Austria en plena Segunda Guerra Mundial, rechazando invitaciones que había tenido para refugiarse en Estados Unidos, incluso una vez que Austria fuera anexada a la Alemania nazi en 1938. El secuestro e interrogatorio de su hija Anna Freud por parte de la Gestapo finalmente lo convencieron de dejar Viena, y sobre todo, la casa en que vivió 47 años y donde escribió las obras más importantes de su vida, en el número 19 de la calle Berggasse.

A lo largo de su vida, Freud construyó muchas amistades que conservó con el tiempo; una de sus amigas más cercanas, María Bonaparte, fue la encargada de facilitarle un salvoconducto hacia Londres, donde viviría su último año. La princesa Bonaparte, un magnético personaje que ha sido representado en la literatura y el cine —también ella psicoanalista y autora— había desempeñado un rol importante en la difusión de las ideas de su amigo sirviendo de mecenas para el pensamiento psicoanalítico. Usando sus conexiones, ayudó a que Freud y su familia pudieran emigrar y establecerse en Londres, y que una gran parte de sus bienes (entre ellos el famoso diván) pudieran llegar junto a ellos a su nuevo hogar. Sobre este cambio, Sigmund escribió que sentía una mezcla de liberación, junto a desazón y nostalgia por la prisión de la que se había liberado y había amado profundamente tanto tiempo.

La casa de Freud en Londres

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El museo organiza programas de investigación y publicaciones, y tiene un servicio educativo de seminarios, conferencias y visitas especiales. El museo es miembro de The London Museums of Health & Medicine.

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En el distrito de West Hampstead, en la zona noroeste de Londres, se encuentra hoy el museo dedicado a Freud, que se convirtió en tal cuando su hija Anna lo solicitó antes de morir en 1982. En la planta baja de esta acogedora residencia es posible visitar el último estudio del famoso psicoanalista, además de su biblioteca. Aunque no sean espacios particularmente grandes, ambos están abarrotados de libros, objetos y curiosidades: Freud era un gran coleccionista de antigüedades y las reliquias que adquirió con los años están expuestas en estas dos habitaciones. La pieza central, sin embargo, es sin duda el célebre diván (regalo de un paciente) que todos conectamos actualmente al psicoanálisis. Cubierto con alfombras orientales —también objetos únicos coleccionados por Freud— y con dos cojines apoyados en uno de los brazos, sirvió de confesionario a decenas de personas cuyas historias contribuyeron al desarrollo de una gran parte de las teorías del pensador austríaco.

Una vez en Londres, Sigmund continuó con su práctica, escribiendo y atendiendo a algunos pacientes, a pesar de que su salud se encontraba ya muy deteriorada a causa de un cáncer de paladar que lo persiguió durante dieciséis años, impidiéndole incluso hablar con fluidez durante su último período de vida. En diciembre de 1983, siete meses después de haber llegado a Londres y con 82 años, a pesar de sus impedimentos de salud fue entrevistado en la BBC y, hoy, esta es la única grabación que existe del padre del psicoanálisis. En ella hace un recorrido por su vida profesional y los esfuerzos que tuvo que hacer para que sus ideas sobre el subconsciente, los impulsos instintivos y otras de sus grandes contribuciones fueran aceptadas por sus colegas y el mundo de la psicología. Al final de la entrevista Freud agradece la existencia de la Asociación Internacional del Psicoanálisis sostenida por sus pupilos, y recalca que la lucha seguirá vigente.

La inmensa colección de objetos y libros

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Quizás aquello que más llama la atención del estudio de Freud, tal vez porque la mayoría de personas desconoce sus peculiares aficiones personales, es su extravagante colección de reliquias egipcias, griegas y orientales. Tan solo en su escritorio es posible identificar más de sesenta objetos: figuras de deidades como Osiris, Isis, Imhotep, Ptah, Sakhmet, Afrodita, Hermes, Zeus y Atenea, entre otros. Curiosamente, aunque recurriese con frecuencia a metáforas de la mitología griega en lugar de la egipcia, la acumulación de piezas de esta última es llamativa y se cuenta que solo su adicción al tabaco superaba su afición por acumular objetos antiguos ya que encontraba una profunda conexión entre la práctica de la arqueología y el psicoanálisis: ambas consistían en excavar profundamente hasta dar con las piezas valiosas.

En las estanterías de la biblioteca también se pueden apreciar estatuillas y bustos, situados frente a una valiosa selección de libros de medicina, ciencia, literatura, arte y arqueología. En una de sus anécdotas narra cómo su padre encontraba entretenido que, cuando eran niños, Sigmund y su hermana rompieran las páginas de algunos libros frente a él. Quizás en un acto de rebeldía, años más tarde se convirtió en un ávido lector y así fue acumulando a lo largo de su vida textos que guardó y cuidó durante mucho tiempo. Al dejar Viena tuvo que vender casi ochocientos libros, y aun así consiguió llevar consigo más de 1 600 ejemplares.

En una ocasión, cuando su editor le pidió una lista de “diez buenos libros”, el pensador y autor respondió que incluiría “libros con los cuales uno tuviera una relación parecida a la que tiene con los buenos amigos, a los cuales le debe parte de su conocimiento de la vida y el mundo”. Repartidas por las dos salas se pueden también identificar fotos de personas cercanas a Freud, entre ellas su esposa Martha Freud, la escritora rusa Lou Andreas-Salomé (una de las pocas mujeres que consiguieron formar parte del círculo psicoanalítico de Viena), su gran amigo Ernst von Fleischl y, desde luego, María Bonaparte.

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María Bonaparte (1882,-1962), princesa de Grecia y Dinamarca, fue además una escritora y psicoanalista francesa.
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Ernst von Fleischl (1846-1891), fisiólogo y médico austriaco que investigó la actividad eléctrica de los nervios y el cerebro.

Los rincones habitados

En la segunda planta de la casa, en la que fuese la habitación de Sigmund y Martha, se realizan exposiciones temporales vinculadas al pensamiento de su antiguo propietario: la más reciente muestra se centraba en la idea freudiana de “Das Unheimliche” que, traducida al castellano como lo siniestro, hace referencia a la experiencia psicológica de lo “extrañamente familiar”, donde lo extraño se nos presenta como conocido y lo conocido se torna extraño. En otra de las habitaciones accesibles al público se habla de la vida y obra de Anna Freud, cuyas ideas psicoanalíticas aplicadas a la pedagogía revolucionaron el campo, mientras que en la última sala hay un espacio de proyecciones. Entre la planta baja y este piso se encuentra también un pequeño rincón de lectura junto a un amplio ventanal rodeado de plantas, mientras que en la parte trasera de la casa hay un gran jardín, el espacio predilecto de Freud en aquella casa donde, en medio de almendros, ciruelos, rosas y hortensias, pasó una gran parte de sus últimos días, leyendo La piel de zapa de Honoré de Balzac, o en compañía de su hija Anna, de su esposa y su perro Jumbo. Hay también alguna imagen de Sigmund rodeado de amigos en el jardín, entre ellos María Bonaparte y el príncipe Jorge de Grecia, o con sus otros hijos o nietos, entre ellos el famoso pintor Lucien Freud.

A principios del otoño de 1939, a pocos meses de haber cumplido 83 años, Freud —atormentado por el dolor del cáncer que padecía— decidió dar fin a su vida con una sobredosis de morfina. Dejó atrás una obra fundamental para distintas ramas del pensamiento moderno, introduciendo ideas inextinguibles y así, cada vez que hablamos de ego, conciencia, libido, actos fallidos o complejos de Edipo, entre tantos otros conceptos freudianos que se han colado en la jerga universal, revivimos a ese inolvidable personaje de barba larga, mirada penetrante y tabaco entre los dedos a quien no le interesaba lo que le aconteciera después de la muerte: “Puedo parecer un pesimista pero no lo soy. No permito que ninguna reflexión filosófica complique mi fluidez con las cosas simples de la vida. Todo lo que vive perece. ¿Por qué debería el hombre constituir una excepción?”. Sin embargo, y sin saberlo, Freud ha terminado siendo inmortal.

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LA DROGA MÁGICA

Sigmund Freud (1856-1939) era un neurólogo en Viena, mucho antes de que desarrollara el psicoanálisis, cuando se interesó mucho por la cocaína. La denominó una droga mágica, y se la recetó a sus pacientes para toda una gama de dolencias, incluida la adicción a la morfina, irónicamente. Envió muestras de cocaína a varios de sus colegas. Algunos años después, dejó de escribir sobre sus propiedades milagrosas, pero la usaba en privado para la depresión y las migrañas. Fuentes: varias, www.bbc.com.

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NETFLIX presentó la serie FREUD en marzo de 2020. www.netflix.com

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