Edición 434 – julio 2018.
Las playas del norte de Esmeraldas, cero turistas, rodeadas de ese verde que se enardece bajo un sol de coco, eran mi baño de purificación cada vez que iba para Palestina, donde los padres de una muy querida amiga tenían una chocita de palmeras. Me bajaba de la ranchera —que en Quito llamamos chiva: ese camión-bus con las ventanas abiertas que usamos para salir de farra en las fiestas de diciembre— en el desvío hacia Tachina.
También aquí me desvío del recuerdo y voy hacia el diccionario para citar los significados de ranchera y de chiva.
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