
“Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente. Quería vivir profundamente y extraer toda la médula de la vida. Dejar de lado todo lo que no fuera la vida, para no descubrir en el momento de la muerte, que no había vivido”, con estas palabras del poeta David Henry Thoreau, Neil Perry (Robert Sean Leonard) abre la primera reunión clandestina de La sociedad de los poetas muertos. El año: 1959. Son todos estudiantes de la aristocrática y conservadora Academia Welton en Vermont. Son jóvenes. Son terriblemente apasionados. Y ha sido su maestro de literatura, John Keating (Robin Williams) el autor de esta pasión, quien ha despertado en ellos un voraz apetito por la literatura, pero sobre todo por el arte de vivir. Su fórmula: unos métodos educativos muy poco ortodoxos. Este año se cumplen 25 años de La sociedad de los poetas muertos, esta maravillosa película que supo dejarme múltiples huellas en todas las esquinas de mi alma. Las bodas de plata de esta cinta me han recordado lo importante que es tener un buen maestro, uno de verdad, uno que se juegue por nosotros y que nos enseñe con su propia manera de vivir lo que significa la vida y no a través de estructuras, tradiciones o convenciones sociales.
Es probable que el sistema educativo de hoy en día no sea tan riguroso y conservador como el de aquella época, pero tampoco abundan los maestros Keatings, aquellos que desafían las limitaciones de sus estudiantes, que utilizan la literatura para explorar la belleza de la vida cotidiana, de los sueños, de las infinitas posibilidades que implica el estar vivo, el estar “aquí y ahora,” porque tienen la conciencia absoluta de que serán “comida para gusanos,” en un futuro no muy lejano y que lo único que se tiene es el instante, así que a aprovecharlo… ¡Viva el Carpe diem! No, no existe un Señor Keating, o al menos yo no he tenido la suerte de encontrármelo a lo largo de mi vida, más me han enseñado a vivir para lo que puedo llegar a ser, para el éxito del mañana, y no para aprovechar el trozo de vida que tengo en frente y que se me escapa como arena entre los dedos. Estos maestros parecerían existir solo en las pantallas de cine, al igual que los grandes e idílicos amores, pero a estas alturas de mi vida, creo que me es suficiente tener una copia de La sociedad de los poetas muertos en mi cajón para mirarla cada vez que necesite una dosis de pasión y motivación en mi sangre, un John Keating que me ponga un espejo por delante y me aliente a lanzarme a mis profundidades.
El momento que cambia la vida
Una de mis escenas favoritas es cuando el profesor Keating llama a Todd Andersen (Ethan Hawke), uno de sus estudiantes, a pasar delante de sus compañeros para improvisar una poesía. Todd es terriblemente tímido y la sola idea de hablar en público lo paraliza. Keating no lo invita de manera sutil, lo avergüenza para arrastrarlo fuera de su caparazón con un “grito barbérico,” o un barbaric YAWP!! de Walt Whitman. Pero esta acción no es gratuita, Keating conoce muy bien las limitaciones de su estudiante: su timidez, su baja autoestima, su vulnerabilidad y es justamente por eso que lo quiere provocar. Este maestro sabe con certeza que las limitaciones de su alumno en realidad son su más grande potencial. Obligado, malhumorado, y con una expresión de sentenciado a muerte, Todd se levanta de su asiento para seguir las órdenes de su maestro.
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