La ropa usada y sus retazos de historia
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La ropa usada y sus retazos de historia

Este artículo se publicó en julio 27, 2012

Por María Fernanda Mejía

Fotos: Juan Reyes

Un corbatín rojo, unos zapatos bicolor o un chaleco amarillo bastante ‘pasados de moda’ pueden permanecer semanas a la espera de un comprador en las tiendas de segunda mano. Solo basta que un aficionado de lo vintage (antiguo) aparezca y vea en estas prendas los atuendos que usaba Gene Kelly (Cantando bajo la lluvia) en los años cincuenta.

Escarbando en el Mercado Arenas de Quito (Vargas y Oriente), un gran catálogo de la moda de todos los tiempos se va descubriendo. Uno nunca sabe con lo que se encontrará si se atreve a revisar esos empolvados percheros, en compañía de compradores como Julio Guevara. Este diseñador gráfico de 28 años es un admirador de la vestimenta de décadas pasadas.

Lo que para muchos puede ser solo un montón de ropa usada, para él son prendas con historia, telas auténticas, trajes que no se repetirán nunca, pese a que la industria del vestir las imite hoy en día. Una chaqueta, que bien podría ser la que usaba James Dean en Rebelde sin causa (1955), se puede conseguir a $ 10 y, si se regatea, quizá el precio baje hasta a $ 5.

Al Mercado Arenas generalmente acuden personas con necesidades económicas, campesinos y albañiles en busca de ropa para trabajar, según Piedad Montenegro, una de las vendedoras del lugar. Pero durante los 50 años que la mujer trabaja en este negocio, también ha visto llegar a jóvenes universitarios, estudiantes de teatro y extranjeros, quienes siguen la pista de la ropa y accesorios de segunda mano, original y a bajo costo.

Julio camina con familiaridad por el laberinto que es el lugar para quien no lo conoce. Saluda a la vendedora que, al parecer, ya lo había visto antes ‘por esos lares’. Con cortesía, ella le muestra un abrigo café con el cuello afelpado. “¿Cuánto cuesta?”, pregunta Julio. “¿Cuánto paga?”, es la pregunta de cajón de todos los vendedores. Después de una discusión con el cliente, el trato se cierra en $ 12.

Al caminar por los demás puestos se encuentran boinas, corbatas y camisas hechas con telas extravagantes al estilo de David Bowie. El joven recuerda una chaqueta azul que encontró muy parecida a las que usaba Tom Hanks o David Bacon (Footlose) en los ochenta.

Y para las chicas, si se tiene mucha paciencia, se hallarán faldas, vestidos y gafas Ray Ban, al estilo de Audrey Hepburn (Desayuno con diamantes), de los sesenta. Si se quiere ser menos retro, seguro se encontrará algo de la onda de Madonna en los ochenta. O de pronto, puede aparecer un solitario enterizo azul eléctrico como el que cuelga de un armador en el puesto de Mónica Portero. La prenda está ahí desde hace un mes y nadie la ha comprado. Cuesta $ 5. La especialidad de Mónica son los zapatos de cordón. Están nuevos, pero tienen estilos tradicionales. Después de ser rechazados en las zapaterías oficiales, fueron a parar al Arenas.

Si se busca bien, ahí estarán los pantalones cortos, a cuadros, similares a los que el abuelo vestía de niño o esa falda larga de la abuela que nos parecía horrorosa cuando la veíamos en su viejo álbum de fotos.

Estos trajes quizás estuvieron alguna vez guardados en los baúles de nuestra propia casa, pero cuando pasaron de moda nuestros padres mandaron todo con el ropavejero. Ahora regresan a las manos de nuevas generaciones interesadas no solo en la moda, sino en obtener prendas genuinas.

Siguiendo la pista de estas personas se llega a Cecilia Aulestia, una joven psicóloga que trabaja en proyectos culturales. Aunque no todo su clóset está lleno de ropa de segunda mano, los mercados de pulgas están dentro de sus opciones a la hora de comprar. Hace 10 años ella vivió en Noruega y descubrió que allá es una tendencia común, ya que la ropa nueva resulta muy costosa.

En el Ecuador, en cambio, poco se escucha hablar sobre esto, al menos pocos lo admitirían públicamente. Cecilia opina que para eso se necesita sacudirse de prejuicios. “La gente piensa que es ropa vieja, pero yo he encontrado cosas chéveres y en excelente estado”.

Ella conoce otros sitios con poca publicidad, ubicados en los alrededores del Mercado de Santa Clara. Casi siempre acude por casualidad y sin una idea clara de lo que comprará. De pronto, entre toda esa gama de colores, se le aparecen cosas como el pantalón setentero con bastas “enormes”, confeccionado con una tela rara.

A estos sitios se los identifica fácilmente, pese a que la mayoría no tiene rótulos. Al ingresar, es claro que la ropa es de segunda mano: no tiene etiquetas y su costo es bajo. Los propietarios prefieren no profundizar en la información sobre su negocio y se limitan a vender lo que el cliente elige.

 

Compra, vende, recicla…

¿Por qué guardar ropa que nunca nos ponemos, si alguien más la puede utilizar? Con esa idea, tres buenos amigos crearon, hace tres años, los almacenes Amigui. Allí hay prendas para quienes buscan ropa barata. Pero además, los que quieren deshacerse de ese montón de trajes y accesorios, que ya no quieren en su clóset, la pueden vender.

Gabriela Vásconez, Christian Salvador y Juan Fernando Salgado iniciaron este negocio hace tres años. Su primer local aún existe en las avenidas 10 de Agosto y Colón, en el centro-norte de Quito. Tras el correteo de los peatones, se distingue el letrero celeste y fucsia de Amigui. En la vitrina, casi siempre hay avisos como “50% de descuento” o “$ 5”, lo cual atrae a los transeúntes.

Al ingresar, el decorado y el orden de los percheros invitan a quedarse. Allí está Gabriela, una de las socias, quien explica que, debido a los bajos costos, no se aceptan tarjetas de crédito. “Ofrecemos ropa que esté al alcance de la mano de las personas que pasan por aquí”.

Ese es el caso de María Dolores Jarrín, una mujer de 54 años, quien prefiere comprar ropa usada de “buena calidad”, a adquirir prendas nuevas que no le durarán. Dice que, al no tener un sueldo fijo, no puede acceder a ropa costosa. Una de las cosas más importantes cuando se compra en estos sitios, dice, es tener tiempo. “Si se busca bien, se encuentran cosas chéveres”, dice desde atrás de una cortina que cubre el vestidor, mientras Gabriela muestra una serie de vestidos, en la sección ‘recién llegados’.

Hay marcas como Mango, Zara, Love Culture, Chadwicks e incluso un vestido de quinceañera. Entre los jeans, también hay pantalones acampanados de Studio F. “Si no te gusta la forma, lo puedes llevar a una costurera para que lo ajuste a tu gusto”, aconseja Gabriela.

Para conseguir esta ropa, Amigui mantiene una campaña en Facebook, donde publica lo que está buscando. Se ven avisos como: “Compramos todo lo que ya no te pones”, “Libera espacio en tu clóset y contribuye a reciclar”, “Todo lo que tú no te vas a poner este verano le puede servir a alguien más”.

Cuando alguien quiere vender su ropa, debe hacer una cita escribiendo a amigui.info@gmail.com. Existen ciertos requisitos para hacer la transacción: la ropa debe estar recién lavada, en buen estado (sin manchas ni rotos) y se debe ofrecer al menos 50 prendas. Amigui paga de $ 1 a 10 por cada una, dependiendo de una tabla que les ayuda a valorar temas como moda, antigüedad, marcas, etc.

Cada mes, estos almacenes compran a un promedio de 40 proveedores y venden entre 2 000 y 3 000 prendas.

 

En otras latitudes

Una invitación llega a Facebook. El evento: Naked Lady Party (fiesta de damas desnudas). Las indicaciones: lleva toda la ropa y accesorios que ya no usas. El lugar: la casa de Renee Harger, en el noroeste de Portland, Oregon, Estados Unidos.

Seguramente, las cinco chicas que confirmaron ya empezaron a sacar de sus armarios la ropa que no necesitan para esta primavera o las prendas que les quedan muy chicas o la pijama de corazoncitos que quizá a alguien más le gustará.

Es viernes y las invitadas llegan con fundas llenas de ropa, la colocan en una gran mesa, Renee ofrece algo de beber. La fiesta comienza. La montaña de ropa baja de tamaño mientras las chicas eligen algo que les gusta. De pronto están semidesnudas, probándose faldas, blusas, vestidos, shorts, chaquetas, pantalones… lo que más puedan. Cuando la fiesta termina, donarán la ropa que nadie se llevó a Good Will, una cadena de tiendas de segunda mano.

Portland es una de las tantas ciudades donde se hace este tipo de fiestas, se organizan intercambios y ventas de garaje. Aunque no hay estadísticas, se puede ver que muchos adultos jóvenes usan ropa de segunda mano y de estilo vintage. Es clásico caminar por avenidas como Hawthorne y encontrarse con jóvenes y tiendas de este estilo.

Ian Young, un estadounidense que vivió en esta ciudad, prefiere los almacenes pequeños. Le interesan prendas de “alta calidad que no son muy conocidas”, como la marca Filson. “Me gusta comprar ropa vieja que es muy raro encontrar, porque ya no se confecciona más. Son pequeños retazos de historia”, dice. En Portland, este joven recomienda visitar tiendas como Avalon y Hollywood Vintage.

Pero la tendencia existe en todo el país. Thea Riofrancos es una joven que nació en Nueva York, Estados Unidos, vivió en Portland y ahora está en Quito por seis meses. Cuenta que cuando era niña su madre la llevaba a estas tiendas, pero las odiaba, porque tomaba mucho tiempo.

Ahora, buscar ropa rara es toda una experiencia. “Siempre aparece algo que no se va a encontrar en ningún otro lado… de varias épocas, de los treinta, cuarenta, hasta de los noventa”. No se trata solo de buscar la talla y listo, se necesita tener “buen ojo y espíritu aventurero” para encontrar prendas interesantes.

Además de buscar un estilo poco común, Thea compra ropa usada por un tema ecológico. Así como Ian, aconseja reusar todo lo que se pueda, ya que existe mucha producción de ropa en un mundo donde se explotan demasiados recursos.

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