La Rinconada, el infierno helado
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp

La Rinconada, el infierno helado

Por Óscar Espinosa

Edición 459 – agosto 2020.
Fotografías Ó. Espinosa

El sueño de El Dorado sometió al continente sudamericano a la esclavitud, llevó a muchos conquistadores a emprender una búsqueda inútil y mortífera a través del continente. Incluso Atahualpa, el último emperador inca, pagó con su vida esta fiebre del oro que, con toda su crueldad, aún está vigente.

“¡A la mina, a la mina!”, grita una mujer desde una furgoneta, en lo que parece una improvisada estación de autobuses en Juliaca, capital de la provincia de San Román, en la región de Puno en el sudeste de Perú. “¿A la mina? Suba, suba”, insiste al verme llegar. Después de encajonarme en el asiento de atrás entre caras serias que me miran con recelo y esperar que se llenen los asientos que quedan libres, emprendemos la marcha.

A más de cinco mil metros de altitud, resistiendo el frío y la falta de oxígeno, unas setenta mil personas sobreviven persiguiendo el sueño del oro. Es en La Rinconada, situada en el nevado de Ananea en los Andes peruanos y considerada la ciudad más alta del planeta, donde durante décadas fueron llegando hombres y mujeres que improvisaron una ciudad de casas de zinc entre nieves perpetuas.

Después de más de tres horas de camino y dejando atrás el pueblo de Ananea, el asfalto desaparece y la tierra se vuelve gris. Todo parece inerte, excepto los hombres y mujeres que sobreviven con lo que consiguen arrancarle a la montaña. A pocos kilómetros de La Rinconada nos dan la bienvenida montañas de basura. Un vertedero que se extiende a ambos lados del camino, donde aves carroñeras, perros y alguna llama compiten por algún resto de comida, y que ya no nos abandonará hasta llegar.

La furgoneta entra por fin en el pueblo y lo primero que se ve al llegar a su calle principal, como anunciando lo duro que es vivir aquí, es una funeraria. Todas las miradas se dirigen hacia el interior de la furgoneta, pocos extranjeros se acercan hasta La Rinconada. Rostros duros llenos de preguntas del porqué de mi llegada se acercan hacia mí cuando desciendo. “¿A qué ha venido a la mina, a sufrir?”, me dice uno de ellos con una mezcla de enfado y resignación.

En La Rinconada las calles siempre están cubiertas de lodo. Una ciénaga compuesta por la nieve derretida, el agua proveniente de los lavaderos y desagües y el mercurio de los relaves mineros. Así como las heces de la población, que son arrojadas a la calle sin más. Y por último, la basura cubriéndolo todo. No existen redes de agua potable ni de alcantarillado, ni calefacción y, por supuesto, no hay tratamiento de residuos, lo que hace del pueblo un gran vertedero. La falta de servicios, exceptuando el transporte y la telefonía móvil, hacen de La Rinconada un pueblo inviable.

La falta de oxígeno me recuerda que estoy a más de cinco mil metros de altitud cuando tengo que parar a mitad de las escaleras del hotel a tomar un respiro. Los hoteles escasean en La Rinconada, habitaciones donde apenas cabe una cama, con tres mantas para soportar el frío de la noche, sin calefacción, sin ventanas, con un lavabo compartido y sin duchas. Las duchas en todo el pueblo son públicas. Lo que sí abunda en La Rinconada son las cantinas y los prostíbulos, donde muchos mineros pasan el tiempo libre gastando su dinero. “Aquí los hombres se malean, tocan el oro y ya no vuelven a ser los mismos”, me explicará Juana más tarde, mientras golpea una roca de los desechos mineros que acaba de descargar un camión en la ladera. La prostitución, los asesinatos y las desapariciones están a la orden del día. La falta de agentes de policía convierte a La Rinconada en una ciudad sin ley, donde la mayoría de sucesos quedan sin resolver y donde al visitante que planea viajar hasta aquí se le aconseja informar de ello en la comisaría de Juliaca.

Entre los años setenta y ochenta, La Rinconada no era más que un pequeño asentamiento, unos cuantos campesinos empobrecidos buscando fortuna en un desierto de roca y hielo. Pero la fiebre del oro hizo que durante décadas fueran llegando hasta aquí mineros informales, campesinos, obreros desempleados y comerciantes en busca de una oportunidad, sin importarles las condiciones climáticas, la altitud y un sistema de trabajo más propio de esclavos. Más tarde la crisis económica aumentó la avalancha de mineros venidos de todas partes, triplicando en menos de diez años su población, en busca de su sueño dorado.

El cachorreo es totalmente artesanal, desde la extracción de las rocas en la mina hasta el amalgamado del mercurio con el oro. Con la ayuda de una batea, José va separando el oro del resto de minerales. Luego con un pañuelo se filtra el agua hasta que queda en la mano una pequeña bola de mercurio y oro.

Cachorreo

La Corporación Minera Ananea tiene la concesión, por parte del Estado, de la explotación de la mina en el nevado Ananea. Esta a su vez alquila la explotación de cada socavón, es decir, cada galería excavada en la montaña, a unos cuatrocientos operadores mineros o contratistas. Cada contratista subcontrata a los mineros, que son quienes trabajan en el socavón en condiciones extremas, introduciéndose dentro del glaciar, en galerías de más de un kilómetro, donde escasea el oxígeno y la humedad cala hasta los huesos. A todo esto se le suma el sistema de pago, llamado cachorreo, por el cual trabajan veinticinco días gratis, para el contratista, y cinco días para beneficio propio. De esta manera nunca saben lo que van a ganar a final de mes, si hay suerte pueden conseguir unos miles de soles o llegar a trabajar gratis ese mes. Pudiendo acabar endeudados, si los días de cachorreo son malos, con lo que no podrán abandonar la ciudad.

Me dirijo hacia las bocaminas entre un ir y venir constante de mineros, muchos de ellos cargados con sacos llenos de la piedra extraída de la mina en su jornada de cachorreo. Antes de llegar a las minas paso por lo que antes era una laguna de agua limpia, con abundantes peces, y ahora, rodeada por casas de zinc, se ha convertido en un pantano gris, completamente contaminado por el mercurio y la basura que se acumula en todo el pueblo. En uno de los socavones me encuentro con Mauro, que lleva treinta años en la mina. “Vine por unos años, creía que me haría rico y aquí me quedé”, me dice, mientras se prepara para entrar en la galería.

A diferencia del trabajo para el contratista, que se realiza con taladro neumático y el oro se separa del resto de los minerales de forma mecánica, en el cachorreo todo el proceso es artesanal, desde la perforación hasta el amalgamado del mercurio con el oro. Una vez el minero extrae las piedras de la mina, las lleva al quimbalete o molino, donde las tritura, y con la ayuda de agua y mercurio separa el oro del resto de minerales.

Con una batea y un pañuelo, José filtra el agua hasta que le queda en la mano una pequeña bola de mercurio y oro, que más tarde irá a vender a alguno de los muchos acopiadores que hay en el pueblo. José, de 42 años, vino del altiplano. “No quiero quedarme mucho. Mi hermano murió por culpa de la mina, este no es buen sitio para vivir. Dejé a mi familia en Huancayo y cuando consiga suficiente dinero me iré”. Aunque José no quiere hablar de cuánto puede ganar al mes, la realidad es que solo unos cuantos alcanzan buenos ingresos, mientras que la mayoría apenas subsiste miserablemente con lo que da la montaña.

Uno de los principales problemas de salud de La Rinconada es provocado por el uso de mercurio en la obtención del oro. El acopiador calienta esta amalgama con un soplete hasta que el mercurio se evapora por la chimenea, quedando el oro puro. El mercurio evaporado queda en el ambiente y es inhalado por la población, adhiriéndose también a la nieve que una vez derretida es utilizada como agua de consumo.

Pallaqueras

El pallaqueo solo lo realizan mujeres. Con un martillo en las manos golpean los restos de rocas que salen de la mina, y que ya nadie quiere, en busca de algo de oro.

Las mujeres tienen prohibido entrar en los socavones. Los mineros dicen que la montaña es muy celosa y que el oro desaparece si ellas entran. Así se ven centenares de mujeres, encorvadas, escarbando en la ladera los desechos recién extraídos de la mina que descargan los camiones. Son las pallaqueras, trabajo realizado solo por mujeres, que consiste en buscar, con un martillo en las manos, restos de oro entre las piedras que ya nadie quiere. Muchas de ellas llegaron siguiendo al marido para cuidarlo y evitar que gaste lo poco que gana en las cantinas, otras son madres solteras que vinieron buscando una vida mejor para sus hijos.

Debido al gran número de mujeres y a la peligrosidad del trabajo se han organizado en diversas asociaciones de pallaqueras. “Ahora estamos un poco mejor, después de asociarnos, hacemos turnos de cuatro horas”, me explica Juana, con cierto recelo. “Aunque se sigue ganando muy poco”. Juana vino con su marido y sus hijos, y a pesar de que su trabajo es pura cuestión de suerte, consiguen sacar a su familia adelante. “Mis hijos aquí pueden estudiar”, dice, sin quitar la vista de las piedras.

Perú es el sexto productor de oro mundial y el mayor productor de Latinoamérica. Y aunque es el sexto país con mayores reservas de oro a nivel mundial, según la U. S. Geological Survey, los mineros de La Rinconada saben que están de paso, que un día la montaña ya no les dará más oro y tendrán que irse.

Comparte este artículo
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on email
Email

Más artículos de la edición actual

Recibe contenido exclusivo de Revista Mundo Diners en tu correo