La reivindicación de Sabato
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La reivindicación de Sabato

Por Daniela Mejía
Fotografía: Jaime Olivos | Cortesía
Edición 456 – mayo 2020.

Cada sábado, mediante visitas guiadas por su casa,
dos de los descendientes de uno de los grandes
de la literatura latinoamericana emprenden la tarea
de preservar su legado y mantener viva su figura. 

Ernesto Sabato junto a su mujer, Matilde Richter, en su casa de Santos Lugares.

Sus nietos piensan que, de cierto modo, le han dado la espalda. El reconocimiento que todavía le dan no ha sido ni es el suficiente equiparado al importante legado que Ernesto Sabato dejó en sus casi cien años de vida. Un legado que consideran ha sido más valorado en el exterior y que no puede limitarse a las aclamadas novelas que escribió, a los múltiples premios que le conllevaron, ni a ser un autor traducido a 75 idiomas o un laureado ensayista.

Por eso buscan mantenerlo vivo, incluso hoy, a nueve años de su fallecimiento (30 de abril de 2011). “Me puse como objetivo reivindicar la figura de mi abuelo porque acá, en Argentina, él es bastante ninguneado. No es solo Borges y Cortázar, también está Sabato. Hace dos años El túnel cumplió setenta años de su primera publicación y de eso casi ni se habló”, apunta Luciana Sabato, una de los seis nietos del escritor, artista e intelectual argentino considerado como uno de los grandes de la literatura latinoamericana.

Luciana habla desde el jardín delantero de la casa de su abuelo, ese espacio que para ella representa el espíritu de Ernesto, como lo llama durante casi todo el recorrido. El jardín está intencionalmente así: en estado salvaje, la hojarasca conviviendo con las flores violetas de una añeja magnolia, los frutos caídos de una araucaria y el verde vivo de otras plantas y ramas que dan sombra al camino de mosaicos blancos y negros que dirige al visitante hacia el interior del universo más íntimo y personal de Sabato.

Él tenía un escritorio destinado a la escritura, pero fue mirando hacia este jardín que escribió El túnel (1948), Sobre héroes y tumbas (1961) y Abaddón el exterminador (1974), que, por coincidencia, tienen trece años de diferencia entre cada obra.

Luciana, la nieta más cercana del escritor que en 1984 obtuvo el Miguel de Cervantes, el máximo galardón de las letras españolas, asegura que él pidió mantener su jardín tal como está. Es ese espeso cuadrante de vegetación abierta al cielo lo primero que se ve al llegar a la casa número 3135 de la calle Ernesto Sabato de Santos Lugares, una localidad del partido de Tres de Febrero, en la provincia de Buenos Aires, donde no nació pero sí vivió desde 1945 hasta su último respiro.

La propiedad pasó a ser museo en 2014. Nuevamente, porque así él lo quiso y dispuso. La petición la dejó escrita en Antes del fin, uno de sus últimos libros de ensayo.

Todo en Santos Lugares gira en torno a Sabato. No solo la calle de su casa lleva su nombre. Al frente hay un mural en su honor junto al centro cultural y biblioteca Ernesto Sabato, a la que le donó en vida unos tres mil títulos, y ni bien se va llegando a la estación del tren se puede ver su imagen: una inmensa fotografía en blanco y negro en la que está sentado, en una banca y época anteriores, en esta misma parada.

La mayoría de visitantes se acerca desde Retiro en la línea San Martín. Esa que también usaba Sabato para volver a casa. “Él subía y todos hacían silencio o aplaudían. Y si se quedaba dormido, lo despertaban cuando estaba por llegar a Santos Lugares”, comenta Luciana, quien cada sábado lidera y narra la primera de las dos visitas guiadas que organizan ella y su hermano por los rincones y espacios donde Ernesto Sabato vivió su vida como intelectual, padre y abuelo y escribió y produjo la mayor parte de su obra. No solo la literaria, sino la ensayística, aquella en la que abordó la condición humana.

Cruzando desde la estación está la plaza, dedicada, en tiempo presente, a su huésped ilustre. Todo indica que aquí Sabato no es uno más. Pero la labor para que así sea, incluso actualmente, es eso: una labor enorme porque el museo no tiene difusión y, al final de cuentas, Santos Lugares no es la metrópoli de Buenos Aires que los turistas visitan.

Mientras esperaban que se inicie el recorrido dos de los visitantes hablaban. Uno le decía a otro: “Él como que ‘revivió’ con los nietos”… dando cuenta de la realidad. Conocen su figura, hablan de él como “una persona tan sensible”, de su rol en la Conadep (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas); de Matilde, su compañera, esposa y correctora, y de su producción pictórica.

Porque Sabato no solo creó sus tres aclamadas novelas y los igualmente reconocidos ensayos Uno y el universo, Hombres y engranajes, Heterodoxia, El escritor y sus fantasmas, Antes del fin o La resistencia. También hizo arte a través de óleos expresionistas, una de sus facetas menos conocidas y que lo llevó a pintar unos sesenta cuadros que nunca quiso exponer en Argentina, por temor a la crítica.

En el único lugar en el que expuso fue en el Centro Pompidou, de París, algo que puede asociarse a que en Francia siempre fue reconocido, a que allí fue donde El túnel se editó por primera vez luego de que cautivara a Albert Camus, quien hizo posible su traducción al francés.

La máquina de escribir que Ernesto Sabato usó hasta los últimos
días que se dedicó a escribir, antes de abandonar las letras
por los pinceles y volcarse de lleno a la pintura.

“La crítica lo afectaba muchísimo, ya de por sí tenía algunos escritores o periodistas que escribían contra él. Para preservar eso prefirió no mostrar sus cuadros a nadie”, sostiene Luciana. La pintura fue una de sus pasiones y, para poder volcarse de lleno a ella, empezó a decir que se estaba quedando ciego, que ya no podía escribir más. E inventó esa convalecencia porque él quería pintar todos los días, no solo en su tiempo libre.

Luciana desmitifica la presunta ceguera de su abuelo mientras se ingresa a su atelier, un espacio que construyó junto al cuarto del escritorio donde tenía la máquina de escribir a la que le fue fiel hasta el final, porque nunca quiso adaptarse a una computadora.

El tour por la casa de Sabato es una apertura hacia sus pliegues más íntimos desde la mirada y la memoria de su nieta, que asegura que mediante estos recorridos ha redescubierto a su abuelo. “Mi visión de él se amplió muchísimo y tomé conciencia de la importancia de su figura, de la admiración que despierta. En la vida cotidiana, con tu abuelo no tenés esa distancia ni te das cuenta de lo que hace. Es después, con el tiempo, cuando ya no está más, que empezás a ver y analizar todo lo que hizo”, reflexiona Luciana, que compagina su actividad como arquitecta y docente con estas visitas y lo administrativo detrás de ellas.

En el área de la biblioteca, que consta de 6 500 libros, esta nieta describe la infancia y la juventud de su abuelo nacido en Rojas, en 1911, como hijo de inmigrantes italianos. Así, el relato biográfico de Sabato, cronológicamente aunque con algunas digresiones, va revelando su personalidad, sus peros, sus porqués y sus posiciones políticas.

Luciana explica que Sabato se definió siempre como anarquista y por un tiempo militó en el comunismo hasta que se alejó del movimiento para permanecer, no obstante, políticamente activo. “No pertenecía a ningún partido, pero cuando veía que algo estaba mal, decía las cosas y participaba en lo que le parecía”.

En este espacio de la casa Luciana habla, además, y evidentemente, de ese acervo literario por el que muchos la visitan, desde bibliómanos hasta estudiantes de posgrado. “Están casi todos subrayados, con tachaduras. A algunos les falta un capítulo, él los intervenía”, apunta.

Al entrar, hacia la izquierda, están los libros de historia, psicología, matemática, física, magia, esoterismo. Ocupan un lugar especial en este lado de las estanterías sus propios títulos y ediciones traducidas a otros idiomas: 75 en total. “Hace dos años nos llegó una foto de toda la traducción de él al kurdo. Él mostraba esto con mucho orgullo”, sentencia Luciana, también orgullosa.

Del lado de enfrente están los escritores latinos e hispanoamericanos y más hacia el centro los clásicos y sus predilectos: los rusos, Dostoievski y Chéjov. “Le encantaban. Eran los que te recomendaba cuando empezabas a leer. Tenía escritores preferidos que no eran queridos por el establishment. Roberto Arlt, Manuel Mujica Lainez, Antonio Machado, Juan Rulfo, Pedro Henríquez Ureña”.

En el recorrido participan dos turistas colombianos. De pronto uno comenta: “No vi ningún libro de (Gabriel) García Márquez”. Y Luciana responde con la que para muchos se convierte en otra revelación de Sabato: “No, no le gustaba”.

“Había como una pica entre ellos. Yo amaba a García Márquez, leí todos los libros y cada vez que estaba leyendo alguno lo escondía rápido cuando él pasaba”, recuerda, entre risas, encantada de mantener vivo a su Tata, como le decían sus nietos al abuelo que define como cariñoso y “progre”. “Siempre me dijo: ‘firmá con tu nombre de soltera y trabajá de lo que te guste’. Él siempre mostró seguir su pasión, entonces su ejemplo fue ese”, destaca.

Al mencionar la enemistad entre él y García Márquez su respuesta abre paso a otro de los periodos de la vida de Ernesto Sabato y a uno de los más cruentos y oscuros de la historia argentina: la última dictadura militar, tras la cual, ya retornada la democracia con la llegada de Raúl Alfonsín, presidió la Conadep, que investigó los crímenes de lesa humanidad y el terrorismo de Estado.

Luciana cuenta lo que se sabe. Que en 1976, a poco de perpetrarse el golpe del 24 de marzo, Sabato se reunió con el dictador Rafael Videla. Mucho se habló de ese almuerzo del que también participó Borges y su figura, en adelante, fue muy vapuleada porque se trataba de un encuentro con el líder del aparato represor que detuvo, torturó, asesinó y desapareció a treinta mil personas.

Pero ella relata su verdad. “Fue a pedir por la liberación de escritores que después desaparecieron, Haroldo Conti, por ejemplo. Fue muy cuestionado por eso; en realidad, en ese momento recién empezaba la dictadura. Se reunieron en abril, dos semanas después del golpe, y por eso lo acusaron de estar a favor. Pero él luchó activamente para que volviera la democracia, tan activamente que después Alfonsín lo eligió como presidente de la Conadep. Pero esa fue una de las cosas que marginaron la figura de Ernesto Sábato del resto de los escritores de Argentina”, lamenta.

García Márquez, denunciando la desaparición de Conti, publicó un artículo en El Espectador condenando dicha reunión, al que Sabato, también por escrito, respondió para aclarar sus acusaciones.

La biblioteca de Sabato, aparte de desenterrar estas polémicas, permite llegar a uno de sus personajes más importantes: Matilde Kusminsky Richter, su única compañera de vida. En uno de los extremos del iluminado salón está una antigua máquina de escribir Remington, no de él sino de ella.

Luciana dice que su abuela fue la correctora y editora de las obras de su abuelo. Sin Matilde, aclara, Sobre héroes y tumbas, una de las más importantes novelas argentinas del siglo pasado y la que lo ubicó dentro del boom de la literatura hispanoamericana, no hubiese salido jamás a la luz pública. “Mi abuelo era muy obsesivo. Tanto es así que casi quemó Sobre héroes y tumbas. Mi abuela se enfermó y diciéndole que se estaba por morir lo convence de que lo publique. Cuando accedió, ella muy rápidamente se curó (risas)”.

Esa obsesión por la perfección y el orden la explica él mismo. El recorrido de los nietos se complementa con extractos del documental Ernesto Sabato, mi padre del director Mario Sabato, el papá de Luciana. En cada ambiente de la casa hay un televisor que expone un fragmento del largometraje seleccionado según el espacio y en el que el visitante conoce un poco más sobre Sabato, desde su autorrelato.

La biblioteca de Sabato en su casa en Santos Lugares.

“El orden me calma… Ha sido absolutamente indispensable…Un pequeño desorden ya me sacude los nervios… Por el mismo motivo estudié matemáticas, encontré un orden perfecto que me tranquilizó”, confiesa el autor.

Esa es otra de las facetas desconocidas todavía para muchos. Sabato no se formó para ser un hombre de letras, sino como físico matemático. En 1938, becado por el Nobel de Fisiología y Medicina Bernardo Houssay, se fue a trabajar al laboratorio que fundó Marie Curie en París.

Al respecto cuenta Luciana: “Ahí trabajó con la fusión y separación de los átomos y empezó a ver que los descubrimientos que decían que eran para la medicina en realidad eran usados para la guerra, con fines bélicos. Él se dio cuenta de que no era algo que iba a llevar a algo bueno y se puso en contra de todo lo que se estaba haciendo con la ciencia. En 1939 cerraron el laboratorio y empezó la Segunda Guerra Mundial”.

Luego, al preguntarle cómo recuerda a su abuelo, responde: “Tenía sus épocas. Cuando estaba pintando era como muy alegre, pero por ahí lo encontrabas a la mañana cabizbajo y estaba pensando en la bomba atómica (que supuso el fin de la Segunda Guerra Mundial). De muy grande se seguía persiguiendo por eso o por lo que reveló la investigación de la Conadep, que siempre, dijo, fue como un descenso a los infiernos”.

Al dejar París, Sabato se mudó a Estados Unidos e ingresó al Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), donde conoció y fue alumno de Albert Einstein y empezó a trabajar con la teoría de la relatividad, hasta que en el cuarenta retornó a Buenos Aires y se inició como docente. “Era uno de los únicos profesores que entendía la teoría, le dio clases a José Antonio Balseiro, a Jorge Alberto Sabato, su primo, quien después trajo la energía atómica a Argentina, toda esa gente aportó mucho a la ciencia del país”.

Dejó entonces y en ese punto la ciencia por las letras, que luego, fiel a sí mismo, abandonaría por la pintura, fue mediante ellas que cimentó su carrera, su nombre, su obra, ese legado que ahora los suyos buscan mantener en estado vivo. Todo, siempre, en esta casa.

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