Edición 451
A los kurdos no les sirvió de nada resistir al Estado Islámico y ayudar a eliminar a Al-Bagdadi.
“Elegimos a un hermano para tener seguridad y, al elegirlo, cometimos un error que le costó la vida a nuestro emir, Abu Bakr al-Bagdadi, a quien Dios mantenga en nuestros corazones”. A comienzos de noviembre, cuando la noticia ya había dado la vuelta al mundo, el Estado Islámico confirmó la muerte del ‘príncipe de los creyentes y califa de los combatientes de la guerra santa’ y, de paso, reveló que su localización había sido posible porque alguien consiguió infiltrarse en su círculo íntimo y pasó la información sobre su escondite a los comandos estadounidenses que lo cercaron en los primeros minutos del domingo 27 de octubre. Rodeado y sin escape, Al-Bagdadi se suicidó.
Unos días más tarde se supo todo lo cruda, prosaica y terrenal que había sido la fuga de información: un agente kurdo infiltrado se sustrajo un calzoncillo del califa y lo entregó a los militares americanos, que extrajeron muestras de ADN con las que comprobaron que quien vivía en una casa de paredes altas y puertas reforzadas cerca de Barisha, un pueblo en el noroeste de Siria, muy cerca de la frontera con Turquía, era en efecto quien ese agente doble decía que era: el terrorista más buscado del mundo, Abu Bakr al-Bagdadi, quien entre enero y junio de 2014 había dirigido una ofensiva militar arrolladora con la que conquistó un territorio de unos 160.000 kilómetros cuadrados, en el que vivían algo más de ocho millones de personas, donde implantó un califato que no ha terminado de desaparecer ni siquiera con la muerte de su líder.
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