Vivir llena de pasión
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Vivir llena de pasión

Al retorno de su exilio en Moscú, Dolores Ibárruri, La Pasionaria, murió tres días después de la caída del Muro de Berlín.

La inscribieron como Isadora, pero nunca nadie la llamó así. Fue, para todos, Dolores. “Fue”, porque desde los veintidós años, cuando recurrió a un seudónimo para escribir un artículo en Mundo Obrero, una publicación socialista del Madrid turbulento de hace un siglo, ya para siempre sería conocida tan sólo como La Pasionaria. Y cada día del resto de su vida, hasta su muerte a los 94 años de edad, haría honor a su apelativo.

Había nacido en el País Vasco, en el extremo norte de España, en 1895, cuando en toda Europa ya retumbaban los tambores de la guerra que se veía llegar por la disputa indetenible por la cima del poder mundial en que estaban envueltos la Gran Bretaña y el Imperio Alemán. Hija de un minero que sostenía con estrecheces una familia de once hijos, Dolores se contagió pronto de los ardores revolucionarios que a comienzos del siglo XX mantenían agitado al proletariado europeo.

Dolores Ibárruri (1985-1989) Foto: ® WIKIPEDIA.ORG.

Para entonces, Dolores había dejado de estudiar y, forzada por los aprietos económicos familiares, había trabajado en un taller de costura, había sido vendedora de sardinas e incluso había hecho de niñera. Y por las noches leía, dispuesta a encontrar en el saber las claves del mundo tumultuoso en el que vivía. Se casó muy joven, de veinte años, y con su marido, otro minero pobre, se involucró en grupos comunistas dispuestos a dar pelea. Tuvo seis hijos. Pero lo suyo no era el hogar: “Mi verdadero matrimonio es con la política”, según admitió en aquellos años.

Y, en efecto, su matrimonio naufragó cuando la familia se había trasladado a Madrid. Ya Dolores era La Pasionaria, mientras su marido, Julián Ruiz, seguía siendo un trabajador empeñoso pero sin brillo. “Mi padre se casó con Dolores, no con La Pasionaria, y se dio cuenta de que ella era mucha mujer para alguien tan sencillo”, según dijo su hija Amaya muchos años después. (Amaya, dicho sea de paso, fue la única de los hijos que sobrevivió a su madre: cuatro niñas sucumbieron en su primera infancia y el único varón, Rubén, que llegó a ser teniente del Ejército Rojo Soviético, murió en septiembre de 1942, en la Batalla de Stalingrado.)

La Pasionaria hizo del comunismo la razón de su vida. Se dedicó a la militancia con una entrega absoluta y una resolución ilimitada, convencida de que, en medio del torbellino que era España en los años intermedios entre las dos guerras mundiales, sería posible hacer la revolución socialista siguiendo el rumbo trazado por su admirada Unión Soviética. En 1931, con la proclamación de la Segunda República Española, fue elegida diputada por el Partido Comunista. Y allí emergió la oradora luminosa, resuelta, incontenible, que se convertiría en el emblema y el símbolo de la lucha obrera.

Cuando estalló la Guerra Civil, en julio de 1936, su oratoria se volvió aún más penetrante y poderosa. Recorrió incansable los frentes de batalla y sus arengas en las barricadas se volvieron legendarias. Su grito de “¡no pasarán!”, con el que incitó a resistir incluso cuando todo estaba perdido, retumbó día tras día en las trincheras. Pero, desgarrado en luchas ideológicas internas, el gobierno republicano se desplomó. En abril de 1939 el generalísimo Francisco Franco emitió el parte final de la guerra: el levantamiento nacional había triunfado.

Francisco Antón (1906-1976). Foto: ® WIKIPEDIA.ORG.

Pocos días antes, agentes soviéticos habían sacado a La Pasionaria de España y le habían dado cobijo en Moscú. Allí vivió hasta 1977 cuando, muerto Franco y terminada la dictadura, regresó a España. Estaba débil y marchita, pero con su ánimo íntegro y sus convicciones intactas. El gran amor de su vida, un miliciano “moreno, inteligente y gentil” llamado Francisco Antón, con quien había compartido los años terribles de la Guerra Civil hasta que él la dejó por otra mujer, había muerto lejos de ella, en París, un año antes. Nunca renegó del comunismo ni dejó de difundir sus creencias. Pero el 9 de noviembre de 1989 el Muro de Berlín colapsó bajo el peso irresistible de los fracasos del sistema socialista. Dolores Ibárruri, La Pasionaria, murió tres días después. Su último acto fue confesarse y comulgar.

(Jorge Ortiz)

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