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La Palma dibujada

por Diego Pérez Ordoñez

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Hay ocasiones en que la literatura puede jugar a reemplazar la geografía. En esos momentos la pluma y los mecanismos de la ficción —el juego de espejos entre la realidad y la mentira, la verosimilitud o lo insólito de los personajes, el desarrollo y la tensión de la trama— inventan mundos desde cero, rediseñan ciudades íntegras o redescubren continentes olvidados desde tiempos remotos.

Imaginar ciudades mediante el uso de la maquinaria de la memoria cuenta con una tradición muy nutrida. Charles Dickens nos dejó un Londres plúmbeo y gris, reflejo de muchas de las miserias de la era victoriana y de las inequidades de la Revolución industrial, que luego devino en capitalismo. Unas décadas después Virginia Woolf retrató su ciudad en un día particularmente frío.

Con el pretexto de salir a comprar un lápiz, emprendió un largo paseo por la ciudad, reparó en las aguas refulgentes del Támesis y almacenó Londres en su reminiscencia. Se sabe que los bombardeos alemanes y los vestigios de las ruinas de la ciudad que amaba influyeron decisivamente, poco después, en su decisión fatal. “Qué hermosa es entonces una calle de Londres —nos cuenta— con sus islotes de luz y sus bosquecillos de oscuridad, y a uno de sus lados, tal vez, unos espacios salpicados de árboles, en los que crece la hierba, donde la noche se repliega sobre sí para dormir de forma natural”.

James Joyce volvió a fundar Dublín y luego la trazó de vuelta John Banville, mediante su alter ego Benjamin Black. Susan Sontag recreó la Nápoles borbónica, la dotó de un volcán con carácter de protagonista, añadió un triángulo amoroso no muy equilátero y, de paso, borroneó un tratado sobre los apasionamientos del coleccionismo. Javier Marías, con apenas una máquina de escribir análoga, trazó una villa y corte de Madrid poblada de espías, de mirones, de cómplices y encubridores.

Al otro lado del canal de la Mancha, París ha sido de las ciudades más retratadas de la literatura. Espléndido y olímpico como era, Víctor Hugo, en un texto para la Exposición Universal de 1867, la declaró capital perenne e indiscutible de Europa y decretó: “Mirar al fondo de París produce vértigo.

Nada más voluble, nada más trágico, nada más soberbio.” Julien Green, más medido, se cuestionó lo siguiente: “Muchas veces me he preguntado, durante los largos años de guerra que pasé lejos de París, cómo podía caber, en una pequeña casilla del cerebro humano, una ciudad tan grande. París se había convertido para mí en una especie de mundo interior por el que se vagaba en las difíciles horas del alba, cuando la desesperación merodea en torno al durmiente que se desvela.

Sin embargo, necesité tiempo para cruzar deliberadamente el umbral de la ciudad secreta que llevaba en mí… A mis ojos, París continuará siendo el decorado de una novela que nadie escribirá jamás”. El conjunto de breves recordaciones sobre la ciudad (que en español publicó la cuidadosa editorial Pre-Textos) es, en mi opinión, el más delicioso libro sobre un lugar perdurable, sobre sus plazas, jardines, tejados y rincones, sobre una ciudad infinita para el paseante, perpetua para el observador.

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José Carlos Llop (Palma de Mallorca, 1956) estudió en el Colegio de los jesuitas de su ciudad natal y en la facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona. Es bibliotecario y colaborador habitual de Diario de Mallorca desde hace treinta y tres años.

El caso de José Carlos Llop es algo distinto. Ajeno a las grandes tendencias o imposiciones de la moda de la literatura, alejado de la popularidad editorial (es muy poco probable o imposible que Llop algún día escriba un best seller o que gane un premio significativo), estamos frente a un cronista y depositario del mundo mediterráneo.

Poeta, ensayista, novelista y diarista, su torrente intelectual se nutre de Constantino Cavafis, el poeta egipcio de lengua griega, tan atado al mundo grecorromano; de la magnífica y lírica prosa de Lawrence Durrell, arquitecto y autor del Cuarteto de Alejandría, cumbre de la novelística de la segunda mitad del siglo XX; de Patrick Leigh Fermor, helenista, un poco golfo, un joven de dieciocho años que en 1933 emprendió un viaje a pie desde Rotterdam hasta Constantinopla, presenció la llegada al poder de Hitler y la calma antes de la tormenta europea.

Si bien José Carlos Llop no es un escritor de grandes ventas o de gran difusión, es un heredero modesto de Josef Conrad y de Herman Melville en cuanto a la seducción marina y pariente cercano de Álvaro Mutis en sus añoranzas de los imperios derruidos y de la imaginación portuaria. Todo en Llop, como en sus emparentados, es marea, cabotajes y vientos. Todo en Llop es prosa perfeccionada y bucólica, materia de los recuerdos, delimitación de la infancia como patria, búsqueda de las galerías subterráneas que unen la memoria con el lenguaje. Esta combinación, rara y elegante, lo convierten en un artista minoritario, en un autor de culto.

José Carlos Llop, por otro lado, es un artífice isleño. “Soy insular y eso marca, porque he convivido con diferentes culturas literarias. Me siento más un escritor austrohúngaro”, declaró alguna vez. Él mismo se sabe un escritor de los extramuros, cultor del idioma, coleccionista de estampas del pasado. Reniega de las distancias que genera el mundo digital y prefiere lo clásico, es decir, aquello que ya no es posible mejor.

Y con esa bandera ha hecho sus mejores esfuerzos por colonizar Palma de Mallorca con su pluma y en sus constantes y meticulosos paseos por la arcaica ciudad, en exploración de un patio interior de siglos atrás, de las fantasmagorías de una casa solariega o en seguimiento de alguna colección de arte que ha sido dada por perdida. Palma como un coto de escritura, como un continente de antiguos ecos y asociaciones.

En la ciudad sumergida: El libro más personal del escritor y periodista español José Carlos Llop. Una novela, en donde se entremezclan la literatura, la historia y la misma biografía del autor para dar vida a la crónica de una ciudad, Palma de Mallorca, situada en el mar Mediterráneo.

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En la ciudad sumergida: El libro más personal del escritor y periodista español José Carlos Llop. Una novela, en donde se entremezclan la literatura, la historia y la misma biografía del autor para dar vida a la crónica de una ciudad, Palma de Mallorca, situada en el mar Mediterráneo.

Su obra fundamental en estos aspectos es En la ciudad sumergida, un libro inclasificable, fronterizo entre el ensayo, el registro de un flâneur y una leve capa de ficción; José Carlos Llop intenta rescatar la ciudad auténtica mediterránea, levantar el velo de sus maravillas históricas, al tiempo que insiste en alegar en contra de las crueldades arquitectónicas y de las perversidades de la mala urbanización.

Se acuerda Llop de una Palma nevada, que conecta con los placeres y los días de la infancia: “He visto fotografías de la ciudad nevada y guardo un recuerdo imposible de aquella nieve, como imposible es el recuerdo nabokoviano de los botones nacarados del aya que le daba de mamar en su palacio de San Petersburgo. Ese recuerdo mío es el de las piernas de mi madre —yo entre sus piernas, protegiéndome como Sansón entre las columnas del Templo— y una pala de zinc y mango de madera, la pala de la basura, retirando la nieve acumulada junto a la puerta que comunicaba la cocina con la terraza de casa”.

Su premisa es que la Palma de Mallorca de principios del siglo XXI dejó de ser la ciudad donde él nació, de modo que En la ciudad sumergida es un esfuerzo por una refundación personal, por blindar y atesorar los recuerdos y por tender un cordón sanitario respecto de la fiebre homogeneizadora y de las hordas turísticas de las ciudades europeas. Este ensayo ficcionalizado de Llop es una fotografía de unos compartimentos en la memoria, de preservar a todo trance la Palma de Robert Graves, de Chopin y George Sand, y de algún archiduque remoto.

Son constantes las alusiones a su educación sentimental, a casas derruidas, a lugares que ya no están más: “Había una sala acristalada junto al comedor, desde donde se veían los tejados y campanarios del casco viejo de la ciudad. Había, en esa sala, un gramófono en un mueble de palorrosa con un cajón donde mi abuelo guardaba su caleidoscopio. Aquella vista de la ciudad antigua y la magia del caleidoscopio forman parte de mi vocación escrituraria, de mi relación con la ciudad, con cualquier ciudad”.

José Carlos Llop forma parte de una extensa galería de escritores que han concebido otra vez una ciudad, con tinta y pluma, con los pasadizos de la memoria como insumo, y que ha enriquecido la suya, Palma de Mallorca, como núcleo mediterráneo.

Edición 457-Junio 2020