La Otra Madonna
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La Otra Madonna

Por Fausto Rivera Yánez

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Madonna padece de una enfermedad a la que vamos a llamar cronofobia. Esto quiere decir que sabe cómo funciona el tiempo, sabe que no se trata de un tema relativo, sabe que el tiempo se agota, que tiene fecha de caducidad. Una mujer cronofóbica como ella tiene que hacerlo todo antes de que sea demasiado tarde. Todo.

Madonna siempre está despierta. Sufre de insomnio desde los cinco años de edad, más precisamente, desde que su madre murió a causa de cáncer de mama en 1963.  Nunca abandona un estudio de grabación sino hasta después de las dos de la mañana y, cuando llega a casa, ya sea en Nueva York, Los Ángeles o Londres, duerme o, mejor dicho, descansa unas pocas horas y a las siete de la mañana está lista para mandar a sus hijos pequeños, David y Mercy, a la escuela, y para mimar a los más grandes, Rocco y Lourdes. El resto del día, practica yoga, reza a varias y coloridas deidades orientales, ensaya coreografías, compone música y, sobre todo, ama. Ese es su gran proyecto: hacer una revolución del amor. Así lo ha dicho, sin miedo de pronunciar públicamente esas palabras, amor y revolución, tan venidas a menos en nuestros días. Así lo dijo mientras promocionaba Rebeal Heart, su decimotercer álbum de estudio, lanzado en marzo del año pasado.

Madonna tiene 56 años y una lista interminable de jóvenes amantes por conocer. Ha producido discos ininterrumpidamente a razón de uno cada dos años desde su debut en 1983: cada uno con su respectiva, futurista y siempre mejor que la anterior gira mundial. Pero esto no es suficiente porque para ella nada es suficiente. Madonna lo quiere todo. Quiere crearlo todo desde menos que cero. No quiere reinventarse sino renacer cada vez que puede, en un escenario, en una portada, en un gemido. Renacer para ser otra, nunca la misma.

La Madonna de la que quiero hablarles, La Otra Madonna, trata de ser lo opuesto a la figura “transgresora” —categoría agotada que puede ser usada para definir lo mismo a la ya no tan inocente Taylor Swift que a la nunca tan provocadora Katy Perry— que los medios nos han vendido y que ella misma ha reforzado parada sobre la sombra de su persona pública. Si Madonna es la efigie de lo pop y, de cierta manera, representa la evolución y lucha histórica de la rebelión de las mujeres (libertad sexual y estética, autonomía reproductiva, el placer por el placer), La Otra Madonna se muestra más interesada en asuntos, digamos, terrenales: como la literatura.

La Otra Madonna lee, particularmente a mujeres: Anne Sexton, Sylvia Plath, Carson McCullers o Simone Weil aparecen en primeros planos entre las líneas de sus canciones desde los noventa. Y también, con menos frecuencia pero con la misma devoción, recurre a escritores como J. D. Salinger, James Baldwin o Ernest Hemingway para escribir los versos de su propia obra.

Uno de sus discos más literarios es Bedtime stories, de 1994, el álbum con el que Madonna alcanza la madurez afectiva y narrativa que buscaba desde que era, como ahora, una niña saltando en mallas apretadas, y logra desprenderse, parcialmente, de esa figura casi pornográfica que levantó en sus discos anteriores y retomó en los siguientes. Si con Erotica, de 1992, nos invita literalmente a acostarnos en su cama y a desprendernos de cualquier prejuicio a través del dance-pop y del lounge, con Bedtime stories nos abre las puertas de su corazón para que conozcamos sus miedos latiendo como los golpes sensibles del R&B.

En la canción Love Tried To Welcome Me, basada en la primera novela de Carson McCullers, El cazador es un corazón solitario (escrita cuando la autora tenía veintitrés años), Madonna se retuerce en la imposibilidad del amor en un mundo asaltado por la tristeza, enquistada en el corazón de sus habitantes; el fracaso inminente de la felicidad ante la incertidumbre de la vida; la aceptación de las emociones más crudas, pero no su resignación. Uno de sus versos dice: “Mi corazón es un cazador solitario (…) Estos son mis labios, pero solo susurran dolor/ Esta es mi voz, pero solo dice mentiras/ Yo sé cómo reír, pero no sé qué es la felicidad”. O, como escribe Susan Sontag: “Me río cuando no me divierto”. Esta canción representa, quizás, el exterior de los sentimientos que el luminoso John Singer tiene hacia su desprendido amigo Spiros Antonapoulous (ambos personajes de El cazador es un corazón solitario), una de las parejas más tiernas dentro y fuera de la literatura por la pureza de su amistad, que es la forma más elevada del amor.

En el mismo álbum está Take a Bow, esa canción que se filmó como un cortometraje de estética tauromaquia para narrar la despedida de un amor. A través de un filtro sepia que acompaña a una Madonna rubísima que pretende emular a Eva Perón en la España de los cuarenta, la canción va revelando el destino natural de una pareja: cumplimos roles amatorios sabiendo que vamos a fracasar. No hay gloria en el fracaso, pero hay cierto encanto en la ilusión del amor y esa ilusión es, al final, lo que nos queda chorreando de los dedos. No es gratuito que Take a Bow le haga guiños a la obra dramatúrgica de William Shakespeare cuando dice: “Todo el mundo es un escenario/ Y cada uno tiene un rol que cumplir”, en referencia a Como les guste, la comedia que escribió Shakespeare en 1599.

Si bien Take a Bow puede verse como una glorificación de la tauromaquia, años más tarde Madonna dejaría en claro que lo que estaba enfocando eran sus propios deseos, que para ella el mundo de los toros es solo una excusa para usar trajes masculinos y apretados. El recurso de la tauromaquia es recuperado más de veinte años después en el video de la canción Living for love, de Rebeal Heart. Esta vez Madonna se reconcilia con el amor y recurre al sentimiento sin importar el daño que le causó o pueda volver a provocarle, como una forma de mantenerse viva y en pie de lucha. “El amor me levantará”, repite insistentemente, como una plegaria. En la última toma de Living for love, Madonna hace una referencia, esta vez, a la filosofía y proyecta en letras blancas una cita del filósofo alemán Friedrich Nietzsche para justificar su rechazo a la violencia que sufren los animales en un entorno que es drásticamente antropocéntrico: “El hombre es el más cruel de los animales. Como más a gusto se ha sentido hasta ahora el hombre en la tierra ha sido asistiendo a tragedias (…); y cuando inventó el infierno, este fue su cielo en la tierra”.

La Otra Madonna también escribe. En 1992 apareció su libro Sex, con fotografías de Steven Meisel, el reconocido fotógrafo estadounidense que ayudó a construir la moda que predicó la revista Vogue durante la última década del siglo XX, y la colaboración de figuras como Isabella Rossellini, Naomi Campbell, Tatiana Von Furstenburg, Big Daddy Kane, Vanilla Ice e Ingrid Casaras. Este trabajo legaliza el conocimiento que Madonna tiene del cuerpo: exalta el amor propio al cuerpo como fin supremo de la vida, el hedonismo como obligación, la somatofilia como un oficio para profesionales; rechaza la pornografía, a la que considera un acto falso, respetable pero impostado, y dice preferir los estímulos que le provocan películas como El imperio de los sentidos, del director japonés Nagisa Oshima. Madonna escoge caminar a través del erotismo para llegar al verdadero placer sexual. Es decir, mira al sexo como un ritual en el que la mente es tan importante como la carne. Sex es un intento por graficar de la manera más explícita posible su visión del amor. Madonna sabe que el amor no es igual al sexo ni el sexo es igual al amor y, aunque suene conservadora en botas de cuero, busca en la unión de ambas cosas la superficie donde podemos respirar.

La prosa con la que escribe las cartas, “epitafios” y reflexiones que componen Sex es sencilla, clara, pero no menos contundente. Sex es, a su vez, una radiografía psicológica de Madonna, de sus fantasías, sueños y carencias. Todo lo que le provoca placer se relaciona con elementos de su vida cotidiana y de su pasado. Así, por ejemplo: “No hay nada de malo en ser atada. Es como cuando tu mamá te ponía el cinturón de seguridad en el carro. Ella te quería a salvo, era un acto de amor”. Madonna se construye desde la cisura familiar y desde la orfandad femenina. La ausencia de su madre la convirtió en una mujer violenta: su rostro, cada uno de sus movimientos son un mecanismo de protección que la protege de su propia ternura. Madonna añora pero no se funde en el fango de la memoria.

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En 2002, diez años después de la publicación de Sex, cuando Madonna se convierte en madre, La Otra Madonna decide escribir una serie de literatura infantil compuesta por cinco libros: Yakov y los siete ladrones, Las rosas inglesas, Las manzanas del señor Peabody, Las aventuras de Abdi y Lotsa de Casha. La cantante que se inspira en bibliotecas regresa a la prosa con un mensaje moral para los niños, a través de narraciones breves acompañadas de grandes ilustraciones en las que, básicamente, se repite un mismo mantra: no juzgues a los demás por su apariencia. Curioso que esa máxima venga de una mujer que ha tenido mil rostros y cuyos rasgos han sido calcados por millones de personas. Pero así lo dice. Así lo escribe. Así de claro, así de básico. Además de donar todo el dinero recaudado por la venta de sus libros a la Spirituality For Kids Foundation, una organización educativa sin fines de lucro que estimula a los niños a desarrollar sus potencialidades cognitivas, La Otra Madonna reparte una educación sentimental basada en el respeto y la solidaridad. Sin embargo, no se divorcia de sus influencias “maduras” para escribir libros para niños. Las manzanas del señor Peabody, uno de los relatos más logrados de su colección de literatura infantil, está inspirado en un cuento de hace casi 300 años que le fue transmitido por uno de sus maestros de Kabbalah, una suerte de sabiduría espiritual que se niega a etiquetarse como religión o doctrina.

Así se deviene Madonna, La Otra, ella misma: como un sujeto inacabado e inagotable. Madonna siempre juega a la contra, no como un acto de oposición o simple rebeldía, sino como un ejercicio de cuestionamiento del sentido común, como cuando, siendo todavía una niña y sin un modelo femenino presente, le preguntó a su padre si Jesús la amaría menos si usara pantalones. El pobre hombre no supo qué responder, pero la niña se puso los pantalones igual.

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