La obra titánica de San José
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La obra titánica de San José

la obra

Dos mundos. Dos realidades que comparten un mismo espacio. A un lado, jardines, canchas, césped. Al otro, casas sin terminar, calles empedradas, cubiertos y tarrinas de plástico. Son vecinos, se ven las caras diariamente y conviven en paz.

Por Isidro José Ponce

Fotos Juan Reyes

Entre eucaliptos y enredaderas, Miravalle cuatro amanece un sábado de marzo contemplando la tranquilidad de un hombre que pasea su perro. El frío de la madrugada se evapora de los jardines y las enredaderas se aclaran con los primeros vestigios del sol. La misma luz alumbra los balcones con vista al valle de Cumbayá, las canchas de tenis, básquet, y un bosque de eucaliptos con el césped recién cortado. Parece otro fin de semana de reposo y paz dentro de esta exclusiva urbanización a los exteriores de Quito. Al final de una de las calles, sin embargo, asoma una puerta de acero, solitaria, sin techo ni ornamentos. Aunque el sol también la alumbra, un aire lóbrego flota a su alrededor. Los residentes de Miravalle saben lo que hay detrás de esa puerta, pero prefieren no habar de ello, prefieren, incluso, no mirar hacia allá. Aquella puerta esconde un pueblo. Un pueblo que nació de improvisto con tres chozas y que, de pronto, creció hasta convertirse en una comunidad de 35 familias descendientes de campesinos. Se llama San José. A lo largo de los años, sus habitantes aprendieron a convivir con las normas y exigencias de sus vecinos respecto a los animales en la calle, la basura y sus fiestas callejeras con alto grado de alcohol y volumen musical. Sin embargo, hoy es un día extraordinario, es la inauguración de la “obra titánica” y, digan lo que digan los vecinos de Miravalle, San José se va a emborrachar.

Así comenzó

Pero primero es necesario regresar al 11 de julio de 1964 para entender cómo empezó todo. Ese día, la Junta Militar que gobernaba el Ecuador puso en marcha la Ley de Reforma Agraria, cuyo objetivo fue una redistribución de la tierra. Decenas de haciendas, sobre todo en la Sierra, debieron ceder parte de su territorio a sus empleados. Miravalle, en ese tiempo, se llamaba Pelileo, una hacienda con tres familias de criados: los Caiza, López y Peña. Al emitirse la Reforma, estos recibieron un terreno de cuatro hectáreas y media. Tres de ellas eran planas y el resto, ladera. La hacienda, ubicada en las lomas occidentales de Cumbayá, a 15 kilómetros de Quito, se contagió del auge urbanístico que invadió al valle. Vacas, gallinas y sembríos desaparecieron bajo decenas de casas y conjuntos de alto privilegio. Fue entonces cuando una empresa constructora compró las tierras a los dueños de San José, quienes se quedaron felices con su negocio, eso sí, aferrados a la ladera, porque vendieron solamente la parte plana de la propiedad. Al lado, Miravalle empezó a edificarse. Se levantó un muro de más de dos metros, cercando a San José con la quebrada que da al río más contaminado de Quito: el Machángara. Y el pequeño barrio quedó con un solo acceso: la garita de guardianía de Miravalle.

Cristina Peña es nieta de los beneficiarios de la Reforma. Su cabello es negro y sobre sus mejillas claras se distinguen algunas manchas oscuras. Quince días antes de la inauguración de la “obra titánica”, me recibe en la sala de su casa. Acomoda un cojín para que me siente, “los niños desarreglan todo”. Su madre, arrodillada de espaldas sobre uno de los sofás, trata de encender una vela a los pies de un Jesucristo que ocupa la mitad del ambiente, del cual cuelgan 25 dólares enganchados a un imperdible. Su hermana también le ha venido a visitar. Todos estamos en la sala, hasta Cándida, una perra que no deja de ladrar. “Nos ofrecieron un millón de dólares y un terreno para que nos vayamos”, dice Cristina con referencia a la última propuesta que recibieron por parte de los integrantes de la administración de Miravalle. Pero un millón no era suficiente para todos. San José se había multiplicado como linaje de conejo. Las tres familias pasaron a ser 35, casi 150 habitantes y una decena de perros runas. También les ofrecieron la construcción de un camino exclusivo que subiría por la quebrada, directamente desde la vía Interoceánica. Pero la gente de San José tampoco aceptó. Se negaron a renunciar a la seguridad del acceso privado gratuito de Miravalle. Mientras tanto, el barrio se transformó en una hilera de casas de concreto construidas con techos de zinc y azoteas de varillas desnudas, aplastadas entre el río y el muro de Miravalle. Las antiguas construcciones de adobe, auténtico y respetado vestigio cultural de la Sierra, se tumbaron para dar paso a la generación moderna de la casa dura y resistente, con claraboyas azules, como la que alumbra el comedor de Cristina mientras caminamos hacia su terraza, que más bien es el techo y el cagadero de Cándida. La extensión del barrio, desde arriba, parece un hilo a punto de resbalarse al río. Y al otro lado del muro: la imponente Miravalle.

La convivencia

Vivir junto a esta urbanización, para Cristina se convirtió en una adaptación y un aprendizaje de “lo civilizado”. “Estaba acostumbrada a tener mis vacas, a que los perros estén afuera, a hacer las fiestas en la calle, pero todo eso hemos tenido que cambiar, nos hemos educado”. Lo que nunca pudieron alcanzar, sin embargo, fue la integración completa. Cristina cuenta que originalmente la gente de San José, en su mayoría católica, acudía a la capilla de Miravalle a oír misa. Cantaban las mismas canciones de paz, unión, humildad y amor, pero la realidad era otra. Los de San José se sentaban a un lado, los de Miravalle al otro. Al terminar la misa, la devoción de Cristina salía con la batalla perdida en eso de que todos somos iguales. Un día dejaron de ir. Pero la Iglesia no podía darse el lujo de perder un grupo de devotos. Así que con donación de la curia y un sentido de adaptación envidiable, en un espacio donde no entraba un alfiler, lograron levantar una estructura de dos pisos. La casa social abajo, sobria, con el suelo y las paredes de cemento visto, y arriba, la capilla, mucho más alegre, decorada con alfombra roja en el pasillo, baldosas claras en las paredes, madera lacada en el techo y una escultura de Jesús hecha con pedacitos de azulejos pegada detrás del altar. Con el dedo, Cristina me indica la parte más baja del barrio. Cuatro varillas sobresalen del resto de los techos. Es la cruz del barrio. Luego continuamos por el recorrido sobre el techo de la casa. Alcanzo a ver la extensión completa del camino empedrado del barrio. Encaja con las justas entre el muro y las casas. Algunas montañas de arena se dispersan por el camino.

Han pasado 15 días desde la visita a la azotea de Cristina. Ahora es sábado y Cristina baja apurada a la misa de 12. Tiene el pelo húmedo, un vestido oscuro que le llega hasta las canillas y tacos altos que se asientan sobre una capa de cemento que recubre el antiguo empedrado. La misa ya comenzó. Desde afuera se escucha a la gente rezar sin miedo, con voces altas y fervorosas. Todos llevan las cabezas bien peinadas y agua de colonia sobre las camisas, vestidos con sus mejores trajes, al igual que San José, que lleva como pendientes a globos rojos y blancos en los techos y las puertas.

Algunos dicen que fueron cinco años de donar un dólar semanal para la Junta del barrio, otros dicen diez, pero de lo único que están seguros es que la “obra titánica”, como Cristina bautizó a la pavimentación de los 180 metros de empedrado que forman el barrio, finalmente terminó. “Trabajamos desde las ocho de la mañana hasta la medianoche, sin parar”.

Durante tres fines de semana seguidos, los habitantes de San José salieron a la calle con ropa de albañil. Las mujeres se organizaron para preparar ollas de habas con queso y repartir cigarrillos y cervezas en vaso comunal, mientras los jóvenes y los maridos cargaban quintales de cemento, palas y carretillas rebosantes de concreto. Parecía una fiesta en lugar de una jornada laboral. Se molestaban entre sí y las mujeres reían. Pero entre risa y risa concluyeron el trabajo. Cristina lo consideró colosal. De dólar en dólar lograron recaudar los siete mil que se necesitó para el proyecto. La única ayuda externa (una cementera) la dio un vecino de apellido Vergara, el hombre más admirado y respetado de Miravalle por los de San José.

Cuando la misa termina, al menos 70 personas salen al sol de la una de la tarde, junto al sacerdote y la monja encargados de bendecir la nueva calle. La monja da un discurso de unión. Mientras tanto, Pedro, junto a su cuñado, se adelantan a la parte más alta del barrio. Pedro Vinueza es el marido de Cristina, el presidente de la Junta del barrio y un taxista más de Cumbayá. Tiene la camisa mojada en la parte inferior de la espalda. Según él, a causa del agua bendita que esparció el cura. La calle se vuelve más angosta y empinada. Pedro saca una botella vacía y la asienta sobre el nuevo piso. Le pide a su cuñado una de las camaretas y, mientras la inserta dentro de la botella, enciende un cigarrillo, prende la mecha, y de pronto vuela a los aires para explotar un poco más arriba del conjunto de departamentos vecino. Allá, los de Miravalle muestran recelo cuando intento hablar de San José. Tienen miedo a la rebelión, a que se tomen sus canchas y vuelvan a hacer parrandas en la calle hasta las 15, sin que la gracia de Dios o las buenas costumbres los puedan sacar. Al menos eso me han hecho entender algunas voces pertenecientes a la administración, que me prohibieron citarlas y se negaron a conversar sobre su lado de esta historia.

—Se ha llegado a una buena convivencia, pero es un tema delicado, hay ciertas asperezas que aún se deben limar…

El uso de las canchas, por ejemplo, ha sido uno de los roces latentes entre ambos sectores. Los de San José pueden usarlas cuando gusten, pero según las voces de Miravalle, “dejan lleno de basura y se encuentran hasta botellas de trago”. Cristina, sin embargo, dice que exageran. “Los niños son traviesos, no voy a negar que ha habido problemas y que a veces dejan la basura tirada, pero ahora es hasta difícil entrar porque cierran la puerta con candado y hay que pedir las llaves al guardia”.

Decenas de jabas de cerveza están listas en la bodega del barrio. Según Pedro, la fiesta durará hasta el siguiente día y los vecinos deberán aguantarse. “La música ya no se oye como antes porque hacemos la fiesta en la casa social, el problema es cuando se salen los borrachos a la calle”, confiesa Pedro con una risa pícara. Mientras tanto, alrededor de 70 habitantes terminan de comer caldo de pollo y tres chanchos con cuchara de plástico, para que, acto seguido, las mujeres de San José recojan las tarrinas plásticas y se lamenten la repentina y extraña muerte de Antony, uno de los perros del barrio. “Alguien les está envenenando”, comenta una. “Es alguien del mismo barrio”, dice otra. Y luego, en una sobremesa sin mesa, se empieza a repartir las cervezas con un vaso comunal de vidrio. El vaso me llega cuando uno de los personajes más antiguos del barrio, don César López, empieza a contar chistes, porque “hay que hablar pendejadas para reírse”. Pedro se sienta a mi lado, afuera de la casa social, en una terraza con vista al río, cubierta por un antiguo árbol de aguacate. Se sirve un vaso de cerveza, la toma de un sorbo y lanza la espuma restante al piso, luego me sirve uno a mí. Imito la forma de tomar. Se ríe. “Nosotros somos pobres —confiesa— pero sabemos pasar bien, ellos (los de Miravalle) son aburridos, se hacen problema por todo y nos les gusta nuestra presencia”. En eso, Cristina Peña baja a la casa social sorteando un estrecho callejón escalonado, cubierto de moho, para anunciar la noticia que todos esperan:

—El disco móvil ya llegó y se necesitan hombres para traer los parlantes —dice con tono comandante. Pedro y su cuñado se levantan de un salto y desaparecen por el callejón.

Son casi las seis de la tarde cuando Cristina toma el micrófono para hablar. Ella sabe que la idea de poner cemento sobre el empedrado fue suya. Le contó a Pedro en la intimidad. “Algunas familias se negaban a colaborar, pero cuando vieron las primeras volquetas de arena, empezaron a creer”, dice Cristina. Para ella, esta obra significa un gran paso en la historia del barrio. Está convencida de que con esta unión de su pueblo demuestran a los de Miravalle que ellos también pueden salir adelante. Por eso se siente orgullosa y ya planea sus próximos trabajos, como colgar flores en el muro o ponerle techo a la puerta de entrada. Al menos 80 habitantes sentados alrededor del salón la miran cuando, con una sonrisa marcada, propone que tienen que seguir trabajando para llegar al día en que “nos envidien los aniñados”.

Antes de que anochezca, don César López, después de varias cervezas, empieza a demostrar un atento sentido del humor. Está sentado a mi lado cuando una de las mujeres encargadas de la cocina llega para repartirnos chicha desde un balde. Y ahí me sale con la pregunta don César, que tiene arrugas en la cara, un marcado bigote blanco, y el recuerdo del campo donde la gente de Miravalle ahora duerme:

—Sabes qué les dicen los españoles a los ecuatorianos que van a España y no toman vino: Hombre, si vino a España y no toma vino, entonces, ¿para qué vino?

Don César se ríe un poco y continúa:

—Y sabes qué les dicen los ecuatorianos a los españoles que vienen al Ecuador y toman chicha: Amigo, si vino al Ecuador y tomó chicha, entonces, ¿para qué chuchas vino?

La carcajada colectiva da inicio a la parranda. La noche se convierte en un mosaico de situaciones, en un caleidoscopio de rostros y humo de cigarrillo. Para la medianoche soy yo el que reparte las cervezas y tengo dominado el arte de botar la espuma después de cada trago. La casa social se ha convertido en un salón de baile y perdición, bien merecida ubicación, en el subsuelo de la capilla. De pronto, me veo liderando el trencito, la gente me sonríe, absolutamente todos, al menos eso creo. Mi atención se fija en la Adriana, la Paty y la Vero, que bailan conmigo, que estudian Turismo y Ecología, que son la nueva generación de San José. Decido salir a tomar aire y, junto al árbol de aguacate, encuentro a Marcelo Guerrero, otro de los residentes, quien durante uno de los fines de semana de la minga, mientras carretillas llenas de cemento iban y venían, se me acercó tranquilo con un cigarrillo recién prendido.

—El problema —dijo— es que no existimos, San José no existe para nadie más que nosotros.

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