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La mujer que no calla

por Tali Santos

Edición 458 - julio 2020.

La académica inglesa que ha lo­grado convertir la Antigüedad en un tema de interés contem­poráneo es también la autora de uno de los libros más influ­yentes del feminismo: Mujeres y poder, un manifiesto. Aquí, una aproximación a este perso­naje y a una de sus obras más emblemáticas.

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Odio. Provoca odio. Detestan lo que dice. Especialmente aquellos que no la pueden mandar a callar. ¿Por qué lo quie­ren hacer? Ella es de esas personas que en esta época resultan tan molestas, tan impertinentes. Innecesarias. También tan gratas, tan oportunas. Imprescindibles. La admiran. Tantos. Tantos que no se can­san de escucharla, de leerla. Ella es Mary Beard.

De 65 años, inglesa, historiadora, cla­sicista, catedrática de la Universidad de Cambridge, presentadora y responsable del contenido de documentales de la BBC en prime time y de una serie de entrevistas sobre temas de actualidad, autora de una decena de libros y coautora de otros más (la mayoría éxitos en ventas); es, también y sobre todo, feminista.

Oficial de la Orden del Imperio Bri­tánico, Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales de 2016 y doctora hono­ris causa por dos universidades españolas —Carlos III (2017) y Oberta de Cataluña (2019)—; Mary Beard es una celebridad en Europa y en parte de Estados Unidos; y lo es, cada vez más, en nuevas geografías por ser una suerte de divulgadora pop de la historia clásica y de su relación con temas contemporáneos.

En sus estudios ha identificado la rela­ción entre el mundo antiguo y el mundo moderno, y en ese trayecto ha explorado los fundamentos culturales de la misogi­nia, un tema vinculado con otro que tam­bién está en la mira de sus investigaciones: el poder.

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En 2014, en una serie de conferencias organizada por la London Review of Books, la historiadora dictó la charla “¡Oh, que­rida, cállate!”, en la que se refirió a la voz pública de las mujeres y analizó cómo sus voces han sido silenciadas en la esfera pú­blica a lo largo de la historia de la cultura occidental y citó el primer ejemplo regis­trado de un hombre que le dice a una mu­jer que “se calle”, que su voz no debía ser escuchada en público.

Se refiere a un momento inmorta­lizado al comienzo de la Odisea, aquella obra atribuida al poeta griego Homero, en el siglo VIII a. C., que se suele recordar como la historia de Odiseo y las aventuras que este tuvo al regresar a casa después de la guerra de Troya, mientras que duran­te décadas Penélope, su esposa, lo esperó fielmente, evitando a los pretendientes que estaban presionando por su mano. La Odisea no es solo eso, advierte: “Es también la historia de Telémaco, el hijo de Odiseo y Penélope; la historia de su crecimiento; el cómo en el transcurso del poema madura de niño a hombre”.

El proceso —relata— comienza en el primer libro con Penélope que baja de sus habitaciones privadas al gran salón, para encontrar a un bardo actuando ante mul­titudes de pretendientes; él está cantando sobre las dificultades que los héroes grie­gos están teniendo para llegar a casa. Eso a ella no le divierte, y frente a todos le pide que elija otro número más feliz. En ese momento, el joven Telémaco interviene: “Madre, vuelve a tus habitaciones y toma tu propio trabajo, el telar y la rueca… el dis­curso será asunto de hombres, de todos los hombres y de mí más que nada; porque el mío es el poder en esta casa”. Y ella se va, de vuelta arriba.

Sostiene que este pasaje es una bue­na demostración de que, justo donde co­mienza la evidencia escrita de la cultura occidental, las voces de las mujeres no se escuchan en la esfera pública; más que eso, “una parte integral del crecimiento, como hombre, es aprender a tomar el control de la expresión pública y a silenciar a la hem­bra de la especie”.

La salida de tono de Telémaco, dice Mary Beard, fue apenas el primer ejemplo en una larga lista de intentos bastante exi­tosos, y repetidos a lo largo de toda la Anti­güedad griega y romana, no solo de excluir a las mujeres de la discusión pública sino de exhibir esa exclusión, como ocurrió en la comedia La asamblea de mujeres, que, a principios del siglo IV a. C. dedicó Aristó­fanes, comediógrafo griego, a la “hilarante” fantasía de que las mujeres, cuyo lugar con­siderado como “natural” era la casa, el oi­kos, pudieran asumir el control del Estado.

Parte de la broma “era que las mujeres no podían hablar adecuadamente en públi­co o, más bien, que no podían adaptar su forma de hablar en privado al noble idioma de la política masculina”.

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Aquella conferencia de 2014 y otra que dictó en 2017 organizada por la misma editorial, ambas difundidas por la BBC en la televisión británica, dieron forma al libro Mujeres y poder, un manifiesto, que se pu­blicó al finalizar 2017.

En el prólogo Mary Beard asegura que las mujeres tienen mucho de qué alegrarse en el mundo occidental y recuerda que su madre nació antes de que las mujeres pu­dieran votar en las elecciones parlamenta­rias en Gran Bretaña, pero vivió para ver a una mujer en el cargo de primera ministra, y que, independientemente de lo que pu­diera opinar sobre Margaret Thatcher, esta­ba encantada de que una mujer hubiese lle­gado al número 10 de Downing Street, en Westminster, Londres, donde se encuentra la sede del Gobierno británico.

Asegura que, mientras preparaba las dos conferencias que componen este libro, pensaba constantemente en su madre: “Tra­taba de imaginar cómo le explicaría a ella —y también a mí misma y a los millones de mujeres que todavía sufren las mismas frustraciones— cuán profundamente in­trincados están en la cultura occidental los mecanismos que silencian a las mujeres, que se niegan a tomarlas en serio y que las aíslan de los centros de poder. Este es uno de los muchos aspectos en que el mundo de los griegos y de los romanos puede contribuir a arrojar luz sobre nosotros mismos: en lo relativo a silenciar a las mujeres, la cultura occidental lleva miles de años de práctica”.

El caso de Medusa, una de las tres hermanas míticas conocidas como las Gorgonas, es un ejemplo de esa práctica y ella es una de las investigadoras que se han dado a la tarea de difundir la historia original de este personaje mitológico —en su caso, fuera de la academia— tomando como fuente La metamorfosis de Ovidio, que describe a Medusa como una hermosa mujer, violada por Poseidón, dios del mar, en el templo de Atenea, quien la transfor­mó inmediatamente, como castigo por tal sacrilegio —la castiga a ella—, en una cria­tura monstruosa con la capacidad mortífe­ra de convertir en piedra a todo aquel que la mirase a la cara. Más tarde, el heroico Perseo se encargó de matarla y le cortó la cabeza utilizando su reluciente escudo como espejo para evitar tener que mirarla directamente.

Medusa —dice la historiadora— “es el clásico mito en el que el dominio masculi­no se reafirma violentamente contra el po­der ilegítimo de la mujer”. Y detalla cómo la literatura y el arte occidentales retornan siempre a este mito en esos mismos térmi­nos. Caravaggio, por ejemplo, en 1598 eje­cutó una versión de la cabeza decapitada de Medusa con sus propios rasgos, chillando de horror, derramando sangre a borboto­nes y con las serpientes aún retorciéndose. Unas décadas antes Benvenutto Cellini ha­bía erigido una enorme estatua de bronce de Perseo, que todavía se encuentra en la piazza della Signoria de Florencia: el héroe está representado pisoteando el destrozado cadáver de Medusa, mientras sostiene en alto su cabeza chorreante de sangre.

“Lo que resulta chocante —dice la cla­sicista— es que hoy en día esta decapita­ción sigue siendo un símbolo cultural de oposición al poder de las mujeres”, como lo reflejan las múltiples ocasiones en las que los rasgos de Angela Merkel o Theresa May se han superpuesto a la imagen de Carava­ggio. Y en 2016 tal argumento alcanzó “sus cotas más altas y repugnantes con Hillary Clinton, de quien los partidarios de Do­nald Trump confeccionaron imágenes en las que sus rizos se habían convertido en serpientes. Otra se inspiró en el bronce de Cellini: incluía al heroico adversario y ver­dugo masculino, el rostro de Trump en vez del de Perseo y los rasgos de Clinton en la cabeza decapitada”.

Mary Beard se detiene en las tradicio­nes modernas de oratoria para identificar que las mujeres tienen licencia para hablar en público pero, usualmente, en apoyo de sus propios intereses sectoriales o para ma­nifestar su condición de víctimas: “Si bus­camos las contribuciones de las mujeres incluidas en esos curiosos compendios lla­mados ‘los cien mejores discursos de la his­toria’ o algo parecido, encontraremos que la mayoría de las aportaciones femeninas, desde la sufragista Emmeline Pankhurst (Londres, 1908) hasta el discurso de Hi­llary Clinton en la Conferencia de las Na­ciones Unidas sobre las mujeres de Pekín (1995), tratan del sino de las mujeres”.
Aunque, aclara, ni siquiera esta licencia ha estado siempre, o de forma sistemática, al alcance de las mujeres.

Un ejemplo reciente, de los intentos de eliminar por completo del discurso públi­co a las mujeres, al estilo de Telémaco fue el silenciamiento de Elizabeth Warren en el Senado de Estados Unidos —y su exclusión del debate— cuando, en 2017, trató de leer una carta de Coretta Scott King (esposa de Martin Luther King). “Pocos conocemos las normas que rigen el debate senatorial como para saber hasta qué punto estaba formalmente justificada esa decisión, pero —destaca— aquellas mismas normas no impidieron que Bernie Sanders y otros se­nadores (en su apoyo) leyeran exactamente la misma carta sin ser excluidos”.

En su charla de 2014 Mary Beard hizo una aclaración: “Mi objetivo aquí —y reco­nozco la ironía implícita en que me den es­pacio para tratar el tema— es adoptar una visión histórica amplia de la relación, muy incómoda desde el punto de vista cultural, entre la voz de las mujeres y la esfera públi­ca de conversación, debate y comentario: la política en el sentido más amplio, desde los sindicatos hasta los parlamentos”.

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Ella misma ha experimentado los in­tentos de silenciamiento a lo largo de su carrera. En 2012, por ejemplo, tras sus pri­meras apariciones en la televisión, el crítico británico A. A. Gill dijo en su columna en el Sunday Times que ella debía alejarse to­talmente de las cámaras por lo que llamó sus “dientes de cadáver”, “porque estaba menos en forma para un programa de his­toria que para Los indeseables”, un polémi­co reality show británico para los enamo­rados discapacitados o desfigurados, que transmitía una cadena británica.

Mary Beard le respondió a Gill en el Daily Mail en un ensayo titulado: “¿De­masiado fea para la televisión? No, soy de­masiado inteligente para los hombres que temen a las mujeres inteligentes”.

Esto “equivale a un grito de batalla, una reivindicación de uno de los derechos de la mujer: mirar, incluso en sus 50 años, su yo sin barnizar”, dijo Tina Brown, presidenta de Mujeres en el Mundo, durante la parti­cipación de Mary Beard en la Cumbre de Mujeres de 2016 que organizó esa funda­ción.

Devoción. Mary Beard genera devo­ción. Sus programas de televisión arrasan en audiencia, su corte de fanáticos la sigue con fervor, muchos de ellos son mujeres jóvenes, como Megan Beech, una escritora feminista que publicó en 2013 un libro de poemas titulado Cuando sea grande quiero ser Mary Beard, que, según la presentación del editor, “captura la voz de un feminismo resurgente que exige ser escuchado”.

La historiadora de Cambridge tiene el perfil de una rockstar clásica. En 2018, por ejemplo, The Guardian publicó un repor­taje que se ocupaba de analizar el culto de Mary Beard.

Desde su blog “A Don’s life”, “La vida de una don” (don: decana)”, que se publica en el suplemento literario de The Times, al que seguidores suyos en Latinoamérica como el escritor colombiano Juan Esteban Constaín califican como el mejor del mundo, ella tra­ta temas variados, de la historia o la actua­lidad. También en Twitter, donde es muy activa y tiene su propia historia.

Cuando empezó a ser un referente del discurso público en televisión, “encontró en las redes sociales la respuesta que le espera a muchas mujeres con la temeri­dad de aventurarse en el ámbito público: trolling o abuso en línea”, señala en su Ma­nifiesto femenino, en el que también co­menta que en un tuit que denunció ante los responsables de la red social Twitter, en 2014, le dijeron: “Voy a cortarte la cabeza y violarla”.

Le han aconsejado bloquear a los trolls o ignorarlos, pero ella prefiere enfrentarlos. Estas batallas no pueden ser eludidas, sería aceptar ser silenciadas, ha dicho.

En aquel libro derivado de sus charlas expresa su esperanza de que esta visión his­tórica amplia ayude a ir más allá del simple diagnóstico de “misoginia” al que, “con una cierta pereza, se suele recurrir”.

“Si queremos comprender el hecho de que las mujeres, incluso cuando no son si­lenciadas, tienen que pagar un precio muy alto para que se las escuche, y, si queremos hacer algo al respecto, tenemos que recono­cer que es un poco más complicado y que detrás hay una larga historia”, dice.
También reflexionar acerca de lo que es el poder, para qué sirve y cómo se calibra, concebirlo de forma distinta a la actual: “Significa separarlo del prestigio público; significa pensar de forma colaborativa, en el poder de los seguidores y no solo de los líderes; significa, sobre todo, pensar en el poder como atributo o incluso como ver­bo (‘empoderar’), no como una propiedad. Me refiero a la capacidad de ser efectivo, de marcar la diferencia en el mundo, del de­recho a ser tomado en serio, en conjunto e individualmente. Es el poder en este sen­tido que muchas mujeres perciben que no tienen, y que lo quieren”.

En enero pasado ella participó en una sesión de la reunión anual del Foro Econó­mico Mundial, en Davos, llamada “Histo­ria del feminismo en Occidente” y comen­tó el remolino de publicidad negativa en torno a la decisión del príncipe Harry y de su esposa Meghan Markle de apartarse de sus funciones en la corona británica, que reinaba en aquel momento: “Nadie tiene absolutamente ninguna idea de la razón de la decisión de la pareja y nunca la sabre­mos; sin embargo, la prensa británica está absolutamente convencida de que la he­rramienta explicativa aquí es la intrusa fe­menina. Era algo que había visto antes cuando Nancy Reagan fue culpada por los errores del expresidente de Estados Uni­dos, Ronald Reagan, y Cherie Blair hizo un blanco para Tony Blair. De hecho, cul­par a las mujeres es una tendencia que se remonta a la Antigüedad”.

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Mary Beard, desde su blog en The Times o desde su Twitter, dice todo lo que piensa sobre todo lo que acontece en el mundo. In­cluso, contra los que no piensan lo que dicen y han arremetido contra ella de manera salvaje y violenta. Por eso, Mary tiene una corte de fans, sus libros se venden bien y sus documentales so­bre Roma arrasan en audiencia. Muchos/as secundan la frase que ha escrito una de sus admiradoras, Megan Beech, y que aparece impresa en miles de camisetas: “Cuando sea mayor, yo quiero ser como Mary Beard”.

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Acerca de Tali Santos

Periodista. Especializada en temas ambientales, con énfasis en cambio climático y mujeres. Ha sido editora en el diario El Universo y es autora del libro de crónicas de Guayaquil Ciudad anónima.
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