La memoria del Coca en una familia de colonos
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La memoria del Coca en una familia de colonos

Está la selva. Están los indios que la habitaban. Está la religión. Están las avionetas. Está el petróleo, que comenzaba a brotar. Y están unos pioneros que llegaron allá en el momento justo, para cambiarlo todo ///

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Por Soraya Constante ///

Fotografía Eduardo León ///

 

Los llamaban cadeneros y su trabajo consistía en abrir trochas y perforar la selva donde les indicaban los expertos de la Western, una de las compañías petroleras que exploró la Amazonía ecuatoriana a finales de los sesenta. En los surcos que abrían enterraban los tacos de dinamita —que ellos llamaban rojos— y los hacían explotar para despejar la incógnita: ¿había o no petróleo? Estos primeros trabajadores petroleros eran indígenas kichwas que recibían una paga de 300 o 400 sucres. Pero el dinero no les servía de nada en la selva y lo intercambiaban por artículos que les parecían más útiles en el único almacén que había en el Coca, montado por los misioneros capuchinos y traspasado a un comerciante ambateño, Segundo Noboa, en 1965. Uno de sus hijos, Héctor Noboa, se hizo cargo de ese almacén, junto con su hermano menor, Milton. Este último sigue en el Coca y recuerda que esa época en la que los indígenas dejaban la paga entera en el almacén y compraban, sobre todo, ropa y algunos objetos que estaban de moda como el reloj Orient al que se le daba cuerda con el movimiento de la mano y la radio de transistores Nivico, siempre y cuando sintonizara la radio Zaracay.

—A fin de mes teníamos filas de indígenas que venían y ponían el montón de billetes en el mostrador y decían deme una camisa, un pantalón, munición, galletas… Uno iba restando y restando el dinero y ellos seguían pidiendo hasta que no quedaba nada sobre la mesa— recuerda Milton Noboa, que llegó al Coca, a ayudar a su hermano, con diecisiete años.

El Coca de los años sesenta no era más que un pequeño caserío donde vivían unas 200 personas, la mayoría eran los indígenas de las riveras del Napo que habían huido de la guerra del 41 que Ecuador libró con Perú en la parte baja del río. Sus vecinos, en la orilla de enfrente, eran los waorani, llamados inicialmente aucas o indios salvajes porque al verse amenazados atacaban. No había más calles que la Napo, que era un camino de tierra que nacía en la orilla del río del mismo nombre y avanzaba cuatro cuadras. En esa calle estaba el almacén de los Noboa y algunas cabañas de madera, que era el único material disponible para la construcción en esos años. La misión capuchina, que había llegado al Oriente ecuatoriano en 1953, había construido una iglesia, el desembarcadero y una rudimentaria pista área. Y eso era lo que más destacaba en el poblado.

Para salir del Coca había que tomar una canoa y subir por el río Napo hasta Puerto Napo (unas ocho horas de viaje, atravesando remolinos que ya tenían nombre propio). Allí ya había carreteras que conectaban la ciudad del Tena con el Puyo, Ambato y Quito. Para los pocos que podían permitirse —básicamente los capuchinos y algún extranjero con posibilidades— estaba la opción de alquilar un vuelo charter de la aerolínea Transportes Aéreos Orientales (TAO), que costaba 5 000 sucres y aterrizaba en la pista de los capuchinos.

Nadie en ese entonces podía imaginar que el Coca —que más tarde se llamaría Puerto Francisco de Orellana, en honor al explorador español que llegó hasta allí buscando el País de la Canela— llegaría a ser una de las principales ciudades petroleras de la Amazonía ecuatoriana, que tendría carreteras de primer orden y hasta tres vuelos diarios hacia Quito. Nadie en ese entonces podía garantizar que el trabajo de los cadeneros daría buenos resultados, después de todo en Pastaza la exploración petrolera no había dado frutos y del paso de las compañías extranjeras solo quedaba la ciudad y la pista de aterrizaje llamadas Shell. Eso también podía pasar en el Coca, así que nadie, ni siquiera los emprendedores de la familia Noboa, podían adivinar que el Coca iba a surgir al amparo del petróleo.

***

Los Noboa provienen de una familia numerosa —de doce hijos— encabezada por Segundo Noboa y Teolinda Cabrera. Los caminos de esta pareja se cruzaron en Milagro, donde sus familias habían emigrado a inicios del XX, atraídas por el boom azucarero. Pero los orígenes del matrimonio están en Riobamba, por el lado de Segundo y en Cañar, por el de Teolinda. Por eso un poeta cercano a la familia había dicho alguna vez que los Noboa tienen la herencia de los nobles puruháes y los bravos cañaris que resistieron el avance de los incas. Segundo trabajaba en Milagro con comerciantes turcos y de ellos aprendió el arte de negociar y hasta un poco de su idioma. Teolinda era una joven casadera. Cuando los jóvenes contrajeron nupcias fueron a vivir a Riobamba, donde nacieron sus primeros cinco hijos, y luego emigraron a Ambato, donde nació el resto. Ambato atrajo a los Noboa porque era la primera ciudad grande con que se encontraban los viajeros que salían por el río Napo y durante unos años fue la despensa al Oriente. Los Noboa se había dedicado al negocio de la carne y Segundo era un comerciante de ganado conocido.

La llave de entrada de los Noboa al Coca fue el encuentro de Segundo con fray Pastor de Villarquemado, jefe de la misión capuchina. Este religioso llegó a Ambato en 1964 para vender el ganado que la misión había acumulado por comprar haciendas para liberar a los indígenas que vivían bajo un régimen de esclavitud. El capuchino preguntó a un taxista si conocía a algún comprador de ganado y este le llevó donde Segundo Noboa. Esta casualidad cambió la vida de la familia Noboa para siempre. Segundo negoció hábilmente y consiguió que el capuchino le rebajara la libra de carne de cinco sucres a uno y que se hiciera cargo de una parte del flete aéreo porque en los vuelos de ida iría el material de construcción que la misión necesitaba para edificar un colegio y en los vuelos de vuelta saldrían las reses despostadas. Se hicieron unos quince viajes en total, la carne iba se sujetaba con ganchos en el interior del avión y se colocaba aserrín en el piso para que se absorbiera la sangre. Milton cuenta que su padre hizo de diez a quince viajes y para el año siguiente, 1965, fray Pastor le propuso el negocio de hacerse con el almacén de los capuchinos.

—El hermano le dijo: ¿Oye Noboa por qué no te haces cargo del almacén que tengo acá?, a vos que te gusta el negocio. Yo tengo que atender la misión capuchina, la enfermería, la carpintería, el colegio…

El capuchino hizo un inventario y pedía 80 000 sucres por el almacén, lo que era una millonada en ese tiempo, pero dijo a Noboa que pague como pueda. Y el comerciante ambateño, que aprendió el oficio de los turcos, vio que había una oportunidad de negocio y animó a su hijo mayor, Héctor, para que se hiciera cargo del almacén. Héctor aceptó y en un par de años sacó el local de la misión capuchina a un solar en el desembarcadero. Allí estaban cuando en 1968 los cadeneros dieron con el petróleo y anunciaban una nueva etapa para el Coca. El almacén de los Noboa pronto empezaría a atender los requerimientos de las compañías petroleras.

***

El primero que visitó a Héctor en el Coca fue su hermano Milton. Tenía diecisiete años cuando fue a pasar vacaciones allí, a mediados de 1965. Milton fue el primer Noboa que nació en Ambato y todos sus hermanos recuerdan que fue en 1949, porque fue el año del terremoto que arrasó esa ciudad. Este dato biográfico podría ser banal, pero a la vista de lo que ocurriría al final de esas vacaciones en el Coca, bien podría considerarse un mal presagio. Una tarde llegó al Coca un avión de TAO, que no pudo llegar a Pastaza por el mal clima. Eran las cinco de la tarde y fue imposible que los pilotos siguieran con el vuelo, por lo que se quedaron en los dormitorios de la misión, que era el único sitio para alojarse en el Coca.

Al siguiente día, a las siete de la mañana, el cielo en el Coca seguía encapotado —o, como se informaba por la radio, el tiempo seguía cerrado— y, como ocurría lo mismo en Pastaza, era imposible volar. Los pilotos pedían un reporte del clima cada media hora porque les urgía llegar a Pastaza. Milton estaba pendiente de la radio porque ya había permanecido dos semanas en el Coca y quería volver a Ambato. De repente informaron desde Pastaza que el cielo empezaba a despejarse y que calculaban que el tiempo estaría estable por una hora. Entonces el capitán de la aeronave ordenó embarcar y en menos de quince minutos estaba listo para despegar, aunque se demoró unos minutos más hasta que subieran una señora, su sirvienta y un bebé que se asomaron a la pista y pidieron ser llevadas. Entre pasajeros y tripulación iban once personas a bordo y eran las diez de la mañana cuando despegaron. No fue un vuelo fácil, el mal tiempo los acompañó durante todo el trayecto y cuarenta minutos después de haber despegado el avión se estrelló contra unos árboles y empezaba a quemarse. Milton y un joven médico que prestaba el servicio rural en el Coca iban en el último asiento del avión y fueron los únicos que sobrevivieron a la caída.

—Desde que salimos nos metimos en mal tiempo y el avión subía, bajaba, se estremecía, se iba para un lado —recuerda Milton—. El doctor estaba muy nervioso y llamó al cabinero para decirle si podía fumar y le dijeron que sí. Él me dijo que ya estábamos en Pastaza y que me amarrara el cinturón porque íbamos a aterrizar. Al ratito de esto vino el impacto.

El avión perdió un ala y dio varias vueltas antes de enredarse en un árbol y quedar allí colgado. Cuando Milton despertó miró que había fuego en la cabina y que la selva penetraba el fuselaje. Su primer reflejo fue desabrocharse el cinturón de seguridad y escapar del fuego que se avivaba porque había alcanzado unos sacos de arroz en cáscara que iban en el avión. Pero quitarse el cinturón resultó imposible, tenía los huesos del antebrazo montados y no podía mover las manos. Luego tomó conciencia de sus piernas y vio que la izquierda le sangraba y que tenía un pie completamente invertido. Entonces se preparó para morir.

—Yo dije, bueno me llegó la hora, no puedo hacer nada y cuando me pongo a rezar me doy cuenta que el doctor estaba respirando a mi lado, entonces le empecé a llamar, le decía, doctor, despierte, vamos a morir quemados, y me decía ya, ya, pero seguía inconsciente.

Milton cuenta que el doctor finalmente reaccionó y después de varios intentos por incorporarse del asiento, salió del avión sin ayudarlo. Parecía el final para el joven ambateño, pero la desesperación de morir quemado le hizo pensar en cómo escapar y batalló hasta levantar con el codo la hebilla para aflojar el cinturón, luego se escurrió del asiento y se arrastró hasta la puerta trasera del avión y se lanzó. Pero ni bien saltó del avión y se acomodó debajo de un árbol le empezó un dolor en el estómago tan fuerte que cuando llegaron los trabajadores de una plantación de naranjilla a socorrerlo les pidió que lo mataran de un golpe en la cabeza. Los hombres le dijeron que aguantara, que era joven, y lo sacaron de la selva en una camilla improvisada con cañas guaduas. En el camino una monja le inyectó morfina y un cura le confesó por si no llegaba vivo a la carretera. Pero lo hizo y fue llevado al Hospital Vozandes en la Shell y allí descubrieron que tenía los intestinos perforados y le operaron de urgencia. Luego le trasladaron a Quito, paradójicamente en otro avión, y permaneció en una clínica privada durante casi tres meses. El resto de la recuperación la pasó en su casa en Ambato y a finales de 1966 volvió al Coca, a trabajar con su hermano. Y se montó en otro avión de la misma compañía.

—Nunca tuve miedo y todos estos 40 años he estado volando aproximadamente dos y tres veces en el mes.

***

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Los primeros forasteros que el Coca conoció —después de los Noboa, claro— fueron los trabajadores de Texaco que llegaron en 1969. Héctor Noboa, adelantándose a sus necesidades de alojamiento, construyó unas modestas cabañas cerca de su almacén. Pero los buenos negocios que empezaba a traer el petróleo se empañarían con una mala noticia: la muerte del hombre que aprendió el arte de negocios de los turcos y que había descubierto la veta del negocio en el Coca, perdía la vida en un accidente de tránsito en Ambato. Héctor asumió el rol de cuidar de su numerosa familia y empezó por juntar a sus hermanos en el Coca. Él estaba solo al frente de sus negocios en el Coca porque su hermano Milton, contagiado por la fiebre de hacer dinero en Estados Unidos, había viajado a Nueva Jersey, donde estaban sus otros hermanos Telmo y Berta.

Héctor empezó la campaña para reunir a sus hermanos en Estados Unidos, fue en persona a convencerles de regresar al Ecuador y de invertir lo que habían ganado en el Coca, pero sus gestiones tardarían en hacer efecto. Su hermana Martha y su esposo, que habían intentado hacer su vida en Ambato y Puyo, fueron los primeros en aceptar la invitación de ir al Coca. A partir de esto todo ocurrió demasiado rápido, a la misma velocidad que el Coca cambiaba. Martha y su esposo llegaron al Coca en 1970 e inicialmente se ocuparon del campamento de los petroleros. Pero en unos años esta pareja encontraría ocupaciones propias, atadas al desarrollo de la nueva ciudad. Martha alquiló un espacio en su casa para el correo y se convirtió en la administradora de la primera oficina postal, y su esposo, que había trabajado en la Empresa Eléctrica de Ambato, fue contratado para instalar las plantas termoeléctricas que llevarían el fluido eléctrico a todo el Coca.

Para 1971 Telmo tras haber permanecido tres años en Estados Unidos decidió volver al Ecuador y compró a su hermano las cabañas donde se alojaban los petroleros en 3 000 dólares, las mismas que más tarde derribaría para construir el Hotel El Auca, que sería el primer hotel en la ciudad. Berta también volvió y compró el almacén de su hermano en 16 000 dólares. Ambas eran sumas altas de dinero, en esa época un dólar americano valía veinte sucres y el salario mínimo era de 750 sucres. Héctor mientras tanto se dedicó a hacer producir las hectáreas de tierra que había adquirido en las afueras del Coca y a velar por el resto de la familia que seguía en Ambato. En los años siguientes dos de sus hermanas, Bélgica y Marina, partieron a Australia a hacer fortuna y uno de sus hermanos más pequeños, Paco, llegó al Coca para trabajar con la Halliburton.

Mientras los hermanos Noboa experimentaban todos estos cambios, se terminó la construcción de la carretera del Coca y la compañía de transportes Centinela del Norte comenzó a traer a nuevos colonos. La parada de buses era en el almacén Noboa, como reconociendo la antigüedad del lugar. Pero algo parecido a una plaza central también se empezó a construir y el malecón fue tomando forma. El pueblo de cuatro cuadras se extendió y la calle Napo compartió protagonismo con la Quito, la Ambato, la Loja… sitios que coincidían con la procedencia de sus nuevos residentes.

Milton terminó su periplo en Estados Unidos y retornó al Coca en 1974 en uno de los buses de la Centinela del Norte y no lo podía creer. Su vuelta coincidió con la segunda partida de Berta a Estados Unidos, que consiguió la residencia y decidió volver con su familia —aunque en pocos años volverá al Coca y se hará cargo de la primera gasolinera del Coca— Milton y Héctor se asociaron para comprar el almacén Noboa a Berta y volvieron a trabajar juntos. Esta sociedad se extendió hasta 1984, cuando Héctor decidió ir a Quito y luego instalarse en Estados Unidos.

—Nos hicimos de acá— dice Martha Noboa cuando se le pregunta por su ciudad de adopción. Todos los hermanos están reunidos en la finca de Telmo para contar la historia de su vida y sacarse la foto para esta publicación. Solo falta Milton que asiste a una entrevista en Quito, porque es el presidente de la Cámara de Comercio de Orellana, y ahora que el negocio del petróleo ha bajado es uno de los fijos en los artículos periodísticos. Todos coinciden en que su historia es única y piensan en el azar que rodeó al encuentro del capuchino con su padre. —¿Qué habría pasado si el taxista le lleva donde otro comerciante de ganado? —se pregunta Berta. La historia del Coca es la historia de su familia que se aventuró a vivir en una tierra que era considerada lejana y baldía, a pesar de que la habitaban indígenas que tuvieron que someterse al contacto con los colonos y las compañías petroleras. La apuesta salió bien, aunque hubo años en los que la vida se complicaba, como cuando las crecidas de los ríos se llevaron los puentes y los aislaron nuevamente o cuando el terremoto del 87 rompió el oleoducto y la economía se desplomó. Pero todo ha pasado, por eso confían en que la caída en picada de los precios de petróleo que los ha golpeado desde mediados de 2015 será una contingencia más que superarán y seguirán adelante con sus negocios. Telmo con su hotel de 120 habitaciones, Berta con su gasolinera que este año cumple 40 años, Paco con su distribuidora de pinturas, y Milton con el almacén que lleva el apellido de la familia y que pasó de vender los relojes Orient o las radios Nivico a los indígenas a las tuberías, válvulas, taladros, compresores… y todas las cosas que necesita la industria petrolera.

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