La mariposa.
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp

La mariposa.

Por Milagros Aguirre.

Ilustración: ADN Montalvo E.

Edición 441 – febrero 2019.

Firma--79---Aguirre--x

No supo cuándo ni cómo pasó, pero se sintió más ligera de equipaje, abrió sus brazos y empezó a girar, se sintió tan liviana como cuando las hojas de otoño son mecidas por el viento. El pasado, o al menos algunas escenas que quedaban aún guardadas en su memoria, se parecía a esa enorme piedra que el picapedrero intentaba hacer trizas golpeando una y otra vez, con toda la energía de su cuerpo hasta volverla polvo.

Se sentía como la oruga antes de convertirse en mariposa, desplazándose lentamente, arrastrándose para mover esa masa de carne en la que se había convertido su cuerpo inútil. Sentía tristeza. Nostalgia. Sí. Nostalgia de las calles empinadas y estrechas donde jugó en su niñez y de la casa vieja repleta de fantasmas. El recuerdo pesaba, como pesaban los títulos aristocráticos de los que había querido deshacerse siempre porque un día dejó de encontrarles sentido, sobre todo cuando descubrió que la servidumbre no cobraba su salario, sino que era parte del legado familiar, que pasaba de generación en generación trabajando gratis por un plato de lentejas.

En su afán de volverse mariposa y volar, respiró profundo y se colgó de un árbol, como hacen las orugas para convertirse en crisálidas. Cerrar los ojos. Inhalar y exhalar. Despacio. Profundamente, dejando a los pensamientos pasar. Esos pensamientos, incluidos los recuerdos de los amores adolescentes, los reclamos a los padres, los resentimientos, las niñas bien, los niños bien que fastidiaban y le levantaban la falda en la escuela… la tía cariñosa, el primo guapo, el niño del columpio, el amor, el dolor, todos pasaban por su cabeza como en la cinta de una película. Ella se balanceaba colgada del árbol, hasta volverse crisálida y los recuerdos, gotas transparentes de rocío.

En su nueva condición podía sentir las caricias del viento y las chispas de agua lluvia refrescando su cara. Al estar de cabeza podía ver las copas de los árboles. Sus ramas y hojas formaban vitrales con formas perfectas. Podía ver las nubes desplazarse lentamente por el infinito cielo azul: nubes redondas, nubes blancas como el algodón, luces y sombras, nubes bonitas, esponjosas.

El día esperado llegó. Se había vaciado de todo. El duelo por sus muertos y por las miserias de los vivos se había transformado en colores brillantes: amarillos, violetas, rosas, verdes, lilas, naranjas. Estiró sus brazos y estos se convirtieron en alas hermosas y livianas. Empezó a girar. Tomó de la mano al viento y juntos pudieron danzar con algarabía. El gozo era enorme y no lo podía explicar. Se había despojado de todo, incluidos los recuerdos inútiles, las cadenas, los tropiezos. Se sentía libre, como cuando los barcos sueltan las amarras. Voló por el bosque, siguiendo el curso del gran río. Sacó sonrisas a los niños cuando se posó en sus narices. Viajó hasta perderse, volando, volando, volando…

Comparte este artículo
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on email
Email

Más artículos de la edición actual

En este mes

La reivindicación de Sabato

Por Daniela Mejía Fotografía: Jaime Olivos | Cortesía Edición 456 – mayo 2020. Cada sábado, mediante visitas guiadas por su casa, dos de los descendientes

En este mes

Gustave Flaubert

Hace 140 años murió el escritor de la palabra justa. Muy a pesar de sí mismo, Flaubert fue maestro e inspirador, figura cimera del realismo

Columnistas

Las horas o la (mala) conciencia del tiempo

Gonzalo Maldonado Albán Son pocos los filmes que alcanzan la calidad artística de las obras literarias que los inspiraron. Pienso, por ejemplo, en El padrino,

En este mes

En tiempos de coronavirus

Algunos inventos y conceptos de higiene y manejo sanitario repotenciaron su utilidad a raíz del covid-19. Guantes Arduo combate a la antisepsia y la asepsia

Música

La vida de Tchaikovsky en seis sinfonías

Por Fernando Larenas Edición 456 – mayo 2020. Piotr Ilich Tchaikovsky (1840-1893).  No es fácil comprender cómo, a través de la música, se pueden expresar

También te puede interesar

Columnistas

La desocupación.

Por Francisco Febres Cordero. Ilustración: Mario Salvador. Edición 441 – febrero 2019. Lo que más me duele, a esta provecta edad en que me encuentro,

Ana Cristina Franco

Qué será el amor

Ana Cristina Franco Tenía siete años y estaba enamorada. Mientras mi mamá preparaba la merienda, yo me sentaba en el mesón de la cocina y

Columnistas

La víspera de Quitolandia.

Por Huilo Ruales. Ilustración Miguel Andrade. En el principio de mis tiempos, Quito tenía un sabor a planeta Marte mezclado con Dis­neylandia. Algo así como

Ana Cristina Franco

Quiteños en la playa.

Por Ana Cristina Franco. Ilustración: Luis Eduardo Toapanta. Edición 445 – junio 2019. Mi mamá me contaba que en los setenta sus idas a la

Columnistas

Gajes del apátrida

  Por Huilo Ruales /// El consulado del Ecuador en París se halla al inicio de la avenida Messine, a pocas cuadras del apartamento donde

Columnistas

Mucha

Por Mónica Varea   No sé cómo fue posible que en el tradicional colegio de monjas entraran dos señoras que nos venían a incitar al