La locura cotidiana
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La locura cotidiana

Por Huilo Ruales.

Ilustración: Miguel Andrade.
Edición 466-Marzo 2021.

Detesto el transporte municipal. La gente se agolpa en las paradas con ínfulas depredadoras, no se diga el instante en que a empellones, a gritos, se encarama en los buses. Resulta imposible encontrar un asiento libre y no hay otra alternativa que viajar frotándose los cuerpos y compartiendo pestilencias. Solamente la línea 76 no vive ese congestionamiento gracias a su tarifa y, en general, hay asientos disponibles o suficiente espacio para ir de pie, holgadamente. El problema es que en esta línea viajan los locos semiinternos del psiquiátrico de Saint-Alban. Entonces, claro, el confortable bus se convierte en gallinero y a veces con lobo incorporado. Desde luego hay locos tranquilos que viajan contándose los dedos ad infinitum, o mirando el vacío que circula por las calles o, simplemente, picoteando un cómic. Pero hay otros locos que brincan sin descanso en el andén, o que gritan con euforia de público en concierto porque algún colega pegado a la ventana hace gestos idiotas a los transeúntes. También hay una loca prematuramente marchita que gime como plañidera sin lágrimas y sin descanso. En verdad, todos los locos, silenciosos o bullangueros, no me impiden leer mi libro de turno. Quien me pone los pelos de punta es una loca nueva, que para colmo tiene una belleza antigua y glamorosa. Algo así como la Romy Schneider, en La ladrona. Apenas sube, sus efluvios expanden en el interior del bus un aire de frescura, de jardín florido. Atraviesa el andén y va y viene buscando a un tipo al que por desgracia debo parecerme. Naturalmente, trato de ocultarme de todas las formas posibles: agazapándome en el último asiento, metiendo mi cara en el periódico o, últimamente, colocándome con velocidad de rayo una máscara del hombre invisible. Claro que si logro atisbarla a tiempo, desciendo hecho una flecha en la misma parada que ella se sube. Pero si ya no tengo la oportunidad de escaparme ni de esconderme, ella, guiada por el olfato, viene directo hacia mí. Blandiendo un argot del viejo París, reanuda su cantaleta de loca de remate, en la que me acusa de dipsómano, farsante, fantoche, y sobre todo de haber abandonado a nuestros hijos y que, para colmo, uno de ellos es parapléjico. Al escucharla, todos los pasajeros vuelven sus rostros marcados de repudio hacia mí, algunos incluso con gestos obscenos. Para nada sirve mi gesticulación que intenta explicar su loquera y mi inocencia. Usted se equivoca de persona, señorita, a usted no la conozco, le digo, y ella, deteniéndose de un golpe, me clava como dagas sus ojos plomizos que me subyugan, que por poco me derriten. No tengo otra alternativa que seguir escuchando su perorata hasta que, al igual que una actriz, al final de la presentación, se ovilla extenuada en algún asiento y se olvida de mí. Naturalmente, aprovecho la tregua para escabullirme en puntillas rumbo a la puerta de salida, pero es imposible bajarme ya que todos me lo impiden.

Tengo que esperar que los locos del Saint-Alban, incluida la loca bella, lleguen al psiquiátrico. Y todavía después debo aguardar que el resto de pasajeros (cuya loquera es jugar el papel de normales) descienda en sus paradas, hasta que por fin me encuentre solo, libre, para bajarme. Aunque hay ocasiones en las que el maldito chofer intenta impedírmelo, ante lo cual termino perdiendo la cabeza, como todos. Qué otro recurso me queda sino lanzarme encima suyo y golpearlo con mi bastón secreto y morderlo y morderlo hasta dejarlo quieto. Entonces sí, por fin, puedo salir del bus y con la boca ensangrentada echarme a correr a través del campo de marzo colmado de girasoles, huyendo de los perros sin bozal y de la ambulancia naranja con las letras al revés.

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