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La hora de los cuchillos

por Jorge Ortiz

Edición 462 – noviembre 2020.

Hay muchos intereses geopolíticos y viejos rencores detrás de la guerra entre Armenia y Azerbaiyán.

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® Shutterstock.

La tregua, que debía servir para recoger a los muertos y atender a los heridos, fue efímera e inservible: duró menos que las negociaciones —celebradas en Moscú— para acordarla. Dos horas después de empezada, armenios y azeríes ya estaban matándose otra vez, con brío renovado. Ni siquiera hubo tiempo para contar las bajas. Pero lo fugaz de la tregua permitió, al menos, que se supiera con certeza que la disputa por Nagorno Karabaj no tiene solución pacífica y negociada y, por consiguiente, que será resuelta por la fuerza, en esta guerra, la iniciada el domingo 27 de septiembre, o en otra que tarde o temprano estallará. Una guerra que incluso podría volverse regional e involucrar a potencias mayores.

En efecto, dos semanas después de empezada la lucha se sabía ya que mercenarios curtidos en batallas y dotados de armas poderosas —en su mayoría, según parece, reclutados en Siria— estaban en la primera línea de combate bajo el mando de asesores militares sin uniformes ni insignias, que habían llegado al apuro, en vuelos nocturnos y sin registro, provenientes de países con intereses geopolíticos y estratégicos en la región. Y pronto se sabía, además, que ninguno de los escenarios que estudiaban los expertos en la política internacional contemplaba un alto al fuego confiable y duradero, porque todos sospechaban que en el conflicto de Nagorno Karabaj llegó ya la hora de los cuchillos.

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Todo empezó a finales de los años ochenta del siglo anterior, cuando, agobiada por el fracaso del socialismo, la Unión Soviética entraba en su fase terminal y cada una de sus quince repúblicas trataba de salir del desastre lo menos maltrecha posible. En ese tumultuoso sálvese quien pueda, Nagorno Karabaj quedó dentro de las fronteras de Azerbaiyán, a pesar de que la inmensa mayoría de su población no era ni azerí —es decir túrquica— ni musulmana, sino armenia y cristiana. El perfecto choque de civilizaciones. Y, claro, las discusiones comenzaron de inmediato.

Nagorno Karabaj se sintió como pez fuera del agua, por lo que las autoridades de la ‘óblast’ (la palabra rusa que definía regiones o provincias semiautónomas dentro de la Unión Soviética) pidieron su incorporación a Armenia. Como era obvio suponer, Azerbaiyán se negó a renunciar a esa parte de su territorio, a pesar de que el noventa por ciento de sus habitantes había votado en un referéndum a favor de pasar a jurisdicción armenia. La guerra estalló en 1988, duró hasta 1994, causó unos treinta mil muertos, degeneró en crímenes de limpieza étnica y formas medievales de aniquilación y, para colmo de desgracias, no resolvió la disputa. Y los enconos se profundizaron.

Los intereses estratégicos

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La mayoría de los muertos en esa guerra fueron azeríes (tal vez veinticinco mil), porque, con el respaldo de Rusia, la superioridad militar armenia fue aplastante. No obstante, Nagorno Karabaj siguió perteneciendo a Azerbaiyán, pero el control de la ‘óblast’ pasó a manos de Armenia, que con sagacidad y nocturnidad promovió la creación de un país independiente, la República de Artsaj, que fue proclamada en enero de 1992, en medio de la guerra. Cuando fue impuesto un cese de las hostilidades, al ‘Grupo de Minsk’, encabezado por Francia, Rusia y los Estados Unidos, le fue encargada la misión imposible de encontrar una solución al conflicto. Y, claro, el conflicto jamás fue resuelto.

La República de Artsaj nunca fue reconocida por nadie, ni siquiera por Armenia, por lo que Nagorno Karabaj siguió siendo lo que siempre había sido: un territorio remoto, empinado y pequeño, de 11.457 kilómetros cuadrados y algo más de ciento cincuenta mil habitantes, ubicado en pleno Cáucaso Sur, la región donde convergen Europa y Asia, entre los mares Negro y Caspio, que por la disputa entre Azerbaiyán y Armenia terminó en el centro de un conflicto agrio que ha llegado a ser estratégico, étnico y religioso, con intereses superpuestos y entrecruzamiento de alianzas y lealtades. Un auténtico laberinto geopolítico.

Rusia, en efecto, estuvo en la guerra detrás de Armenia: son dos países cuyas historias están emparentadas y a los que les une el cristianismo. Pero Azerbaiyán también fue república soviética, que al independizarse en agosto de 1991 mantuvo muchos de sus nexos previos con Rusia y que hoy sigue siendo una pieza fundamental de la zona de influencia hegemónica que en torno a Moscú está construyendo el presidente Vladímir Putin, cuyos afanes de reedificación imperial son evidentes. Por todo lo cual en los planes rusos no consta perder su ascendiente ni sobre Armenia ni sobre Azerbaiyán.

Pero hay otra potencia con intereses estratégicos en el Cáucaso. Es la Turquía del presidente Recep Tayyip Erdogan, que el 27 de septiembre, en cuanto estallaron los combates en Nagorno Karabaj, anunció su apoyo “con todo lo que haga falta” a Azerbaiyán. A los dos países les une su etnia túrquica y su religión musulmana, a pesar de que los azeríes son chiitas y los turcos son sunitas. Pero Erdogan, tanto como Putin, tiene afanes de reedificación imperial y, por eso, cada día es más notoria su añoranza del viejo Imperio Otomano. Desde su forma de ver el mundo, si ya intervino en Siria y Libia, ¿por qué no habría de hacerlo en Azerbaiyán, donde los parentescos son mayores y los intereses son más inmediatos?

Choque de ambiciones

Pero una intervención directa de Turquía en la disputa por Nagorno Karabaj podría causar tensiones nuevas con Rusia. Ya en los conflictos de Libia y Siria, dos guerras que no terminan, Erdogan y Putin apoyan bandos diferentes. Y si bien los dos países mantienen un diálogo fluido y coinciden en muchos puntos de vista, también es inocultable que ambos están en busca de un protagonismo mayor y más decisivo en los asuntos internacionales. Y ahí es donde ocurre un choque de ambiciones de creciente dureza, con un elemento adicional de preocupación: Turquía es miembro de pleno derecho de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, la alianza militar occidental encabezada por los Estados Unidos, que estaría obligada a respaldarlo en caso de una contienda abierta. Contienda que, por cierto, no parece que pueda ocurrir a propósito de Nagorno Karabaj.

Pero Armenia y Azerbaiyán sí están en plena contienda y no se vislumbra una salida negociada, porque los dos países ya llegaron a posiciones de todo o nada: está claro que Azerbaiyán no está dispuesto a permitir que una parte de su territorio permanezca bajo soberanía ajena, que en la práctica es lo que ocurre con Nagorno Karabaj, donde las autoridades son armenias y opera un ejército extranjero, mientras que Armenia no piensa tolerar que decenas de miles de personas de su etnia y su religión tengan que dejar las comarcas donde han nacido y donde están enterrados son ancestros, mucho menos aún si detrás de Azerbaiyán está Turquía, un país con el que los armenios tienen el recuerdo marcado a fuego del genocidio ocurrido entre 1914 y 1923 (Recuadro).

Para añadir más leña al fuego están las situaciones políticas internas en los dos países del conflicto. Tanto el presidente de Azerbaiyán, Ilham Aliyev, que está en el poder desde 2003, cuando lo heredó de su padre, como el presidente de Armenia, Armén Sarkissián, que llegó a la presidencia en 2018 en unas elecciones sin oposición, están bajos de popularidad debido a la crisis económica mundial, por lo que un conflicto internacional no les viene nada mal para despertar —en beneficio propio, desde luego— los fervores patrióticos y las erupciones nacionalistas que desatan las guerras. Que es, ni más ni menos, lo que desde hace varios años están haciendo Vladímir Putin en Rusia y Recep Tayyip Erdogan en Turquía.

Hay, sin embargo, una diferencia de fondo entre los dos países, porque Azerbaiyán tiene el respaldo explícito y entusiasta de Turquía, mientras que el 27 de septiembre, cuando sonaron los cañones, el esperado respaldo a Armenia por parte del gobierno ruso se convirtió en un llamado tibio y burocrático a los dos contendientes para que detuvieran las hostilidades. Rusia, al fin y al cabo, les vende armas tanto a armenios como a azeríes. Tampoco los Estados Unidos, cuya política exterior va de tumbo en tumbo y extraviada por la conducción errática y sin principios del presidente Donald Trump, fue contundente en su llamado a un alto el fuego a pesar de las gestiones —no admitidas, pero evidentes— del por lo general muy influyente ‘lobby’ armenio.

Territorios irredentos

Lo que sí ocurrió es que, una vez más, Rusia se apresuró a ocupar el vacío de poder global dejado por los Estados Unidos llamando a negociar una tregua. Y si bien la tregua se despedazó dos horas después de haber comenzado, ya el gobierno ruso se había convertido en el árbitro del conflicto, con la capacidad de dejarlo transcurrir con todo el enardecimiento con que empezó el 27 de septiembre o de forzar acuerdos para nuevas treguas. Hasta la tercera semana de octubre, tras la tregua fallida, los combates seguían con intensidad máxima, con tanques, aviones y drones, mientras los dos países parecían prepararse para una guerra de largo aliento imponiendo la ley marcial y la movilización general, aparte de que tanto en Bakú, la capital de Azerbaiyán, como en Ereván, la capital de Armenia, quedaron en vigencia unos toques de queda prolongados y rigurosos.

A su vez, la negociación diplomática parece haber quedado fuera del escenario. “Durante treinta años hubo negociaciones y no nos devolvieron ni un solo centímetro de los territorios ocupados”, según respondió Aliyev a las exhortaciones para que Azerbaiyán se abstuviera de tratar de recuperar Nagorno Karabaj por la fuerza. “Ahora el conflicto se decidirá por la vía militar”. La reclamación azerí tiene el respaldo de dos resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, aunque ellas, la 822 y la 853, se refieren tan sólo a las zonas ocupadas por las fuerzas armenias en la guerra de 1988 a 1994, con las que formaron un “cinturón de seguridad” en torno al enclave. Por su parte, Armenia también parece resignada a que la disputa se resuelva por las armas, tarde o temprano, porque sus llamados a la comunidad internacional se están limitando a demandar que Turquía no se involucre en la guerra.

En definitiva, el conflicto por Nagorno Karabaj es uno más de todos los que han ocurrido, en tiempos lejanos o cercanos, con base en el “irredentismo”: la idea de que un país está en posesión de territorios que, por razones históricas, culturales, religiosas o étnicas, pertenecen a otro, que se atribuye el derecho a recuperarlos por la vía que sea eficaz, pacífica o violenta. Así ocurrió hace poco, en 2014, con la península de Crimea, que Rusia ocupó por la fuerza y se la anexionó, arrebatándosela a Ucrania, blandiendo antecedentes históricos. Y así ocurrió en el siglo XIX, cuando Italia le reclamó Trieste al Imperio Austro-Húngaro, y en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, a mediados del siglo XX, cuando Alemania les exigió Alsacia y Lorena a Francia y la región de los Sudetes a Checoslovaquia. Y así, también, ocurre todavía con las “redenciones” pendientes en gran parte de Europa Oriental, el Cáucaso y casi todo el Oriente Medio. Con todo lo cual es posible llegar a una conclusión final: además de Nagorno Karabaj, en el mundo quedan conflictos para un buen rato…

El genocidio olvidado

Eran vísperas de la Navidad cuando se supo de las primeras detenciones: un puñado de intelectuales, descritos por el gobierno como “el núcleo de la conspiración”, habían sido arrestados por la policía en operaciones fulminantes y sigilosas efectuadas durante tres noches consecutivas. Nadie supo dónde se los llevaron, porque las autoridades negaron las capturas y dijeron que las denuncias eran nada más que “parte de la conjura”. Muy pocos le dieron trascendencia al asunto, que fue olvidado con rapidez. Eran, al fin y al cabo, tiempos revueltos, en los que lo que les ocurriera a unos pocos armenios no era de importancia en la Turquía de finales de 1914.

Y es que ocho semanas antes, Turquía había entrado en la Segunda Guerra Mundial. Fue el 29 de octubre, cuando el gobierno de los Jóvenes Turcos (un partido revolucionario que había tomado el poder en 1908) decidió unirse a las Potencias Centrales en contra de la Triple Entente. Y así, siguiendo a Alemania y Austria-Hungría, Turquía estaba en guerra contra Inglaterra, Francia y Rusia. Nada menos. Le esperaban años duros, que requerían de un frente interno compacto, sin fisuras, para poder ir a la batalla sin tener que preocuparse por la retaguardia. La “conspiración armenia” tenía, claro, que ser cortada de raíz.

Por entonces, en el Imperio Otomano (que hasta 1923 sería el nombre oficial de la Turquía actual) vivían unos dos millones de armenios, muchos de ellos pertenecientes a familias que llevaban siglos radicadas allí. Su condición marginal había fomentado que a lo largo del siglo XIX surgieran grupos nacionalistas radicales, dispuestos a la rebeldía y a la violencia. Tras la guerra Ruso-Turca de 1877, esos grupos violentos recibieron armas rusas, con las que intentaron una serie de rebeliones que fueron sofocadas sin piedad. Pero la semilla de la sospecha había quedado sembrada, y en 1914, con el estallido de la Gran Guerra, el gobierno turco resolvió que debía librarse de una vez por todas de la “amenaza armenia”.

Tras esas primeras detenciones de las vísperas de la Navidad, la campaña contra los armenios se endureció al empezar 1915. No hubo semana en la que no se supiera de la detención de algún sospechoso. Como todo régimen autoritario, el gobierno turco se encarnizó con los periodistas. Al llegar abril, las autoridades habían decidido escalar la represión. Y, así, la noche del 23 al 24 unos seiscientos dirigentes armenios fueron apresados. Muchos fueron fusilados a la madrugada siguiente. Otros fueron deportados. De la mayoría nunca volvió a saberse nada. Pero lo peor recién estaba por venir.

Turquía jamás reconoció que hubiera habido una orden expresa de exterminio. Lo cierto, sin embargo, es que a partir del 24 de abril decenas y hasta cientos de miles de armenios fueron deportados hacia el suroriente de Anatolia y hacia Siria. En el cruce del desierto, sin agua, provisiones ni medicinas, el hambre y las epidemias causaron una mortandad de espanto. Los pocos que sobrevivieron fueron asaltados, muchos asesinados, por bandas de delincuentes que operaban con impunidad. El mundo, mientras tanto, pendiente de las atroces batallas de trincheras que caracterizaron a la Primera Guerra Mundial, sabía muy poco, casi nada, del genocidio que estaban sufriendo los armenios. Un genocidio que duró, sin pausas, hasta 1918.

El mundo ni siquiera se enteró de lo que sucedió en Van: allí, en una pequeña ciudad del oriente turco, a orillas de un lago, las autoridades locales se dedicaron, con premeditación fría, a cometer abusos y atropellos para forzar una rebelión de la población armenia, que era mayoritaria. Cuando la rebelión ocurrió, el ejército fue lanzado a una masacre sistemática y brutal, que convirtió a Van en una ciudad de mayoría kurda, sin armenios, y en un símbolo del genocidio. En el resto de Turquía, después de una pausa efímera al final de la Gran Guerra, la matanza se reanudó hasta 1923, cuando desapareció el califato islámico, reemplazado por una república laica.

Nunca se supo con precisión cuántos armenios murieron: con el mundo en el caos y la hambruna que dejaron la guerra y la epidemia de gripe española y con las potencias vencedoras disputándose a dentelladas los restos de los grandes imperios abatidos, los tiempos no daban para que alguien se dedicara a contar las víctimas de un drama periférico. Además, Armenia había ingresado a la Unión Soviética en 1920, y su gobierno, empeñado en implantar el socialismo, no se detuvo a llorar sus muertos en Turquía. Y, así, un millón y medio de personas (o una cifra muy cercana y, en todo caso, atroz) fueron masacradas sin que nadie lo supiera. Y, sobre todo, sin que a casi nadie le importara.

(Este relato fue publicado originalmente en la edición 331 de Mundo Diners, de diciembre de 2014.)

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Acerca de Jorge Ortiz

Si bien la televisión ha hecho que el público lo conozca, su mejor faceta es la de la escritura, donde demuestra no solo un envidiable conocimiento histórico, sino un estilo terso e impecable. Él dice lo que piensa y lo que cree.
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