La historia del museo
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La historia del museo

“Un museo es una institución sin fines de lucro, permanente, al servicio de la sociedad y su desarrollo, abierta al público, que adquiere, conserva, investiga, comunica y expone el patrimonio material e inmaterial de la humanidad y su medioambiente con fines de educación, estudio y recreación”.
Consejo Internacional de Museos (ICOM), (2007).

El Museo Ashmolean data del siglo XVII y alberga patrimonio desde 5000 años a. C. hasta la actualidad. Queda en la ciudad de Oxford, en Inglaterra y se inauguró el 6 de junio de 1683. Foto: Shutterstock.

Por María Elisa Flores

La historia del museo está ligada a la historia del coleccionismo, uno de los fenómenos sociales más influyentes en la conservación y difusión de las artes. Antiguamente, los únicos coleccionistas eran los reyes, la nobleza y la Iglesia, convirtiéndose luego en una afición exclusiva de la burguesía: los objetos artísticos eran considerados artículos de lujo y no bienes de consumo básico, por lo que la clase baja no tenía acceso a ellos. Grandes museos estatales de Europa tienen su origen debido al coleccionismo desarrollado por reyes y gobernantes: el Museo del Prado en España, el Museo del Louvre en París, los Uffizi en Florencia, el Ermitage en San Petersburgo. Estas colecciones no se podían catalogar como bienes privados, ya que los reyes presumían su propiedad pero a la vez debían mantenerlas como bienes de la Corona con carácter hereditario. Sin embargo, con el paso de los años este concepto desapareció y el coleccionismo se extendió también a la clase media. En un inicio se crearon los “gabinetes de curiosidades”, que edificaron sus colecciones con objetos de individuos que ansiaban conocimiento, poder, o eran simples aventureros. Posteriormente estas piezas pasaron a conformar el acervo de los actuales museos. Así, con la historia del coleccionismo, nace la historia de los museos.

Su origen

El término procede del latín musēum, y este, a su vez, del término griego mouσεοv, que etimológicamente significa “casa de las musas”. En la cultura griega (323 a. C.) se lo asociaba con los santuarios consagrados a la sabiduría.

Así lucía el Museum Wormiamun, gabinete de las curiosidades del erudito danés Ole Worm.

Este término tiene su historia y evolución. Nació en el año 285 a. C. con la creación del museo alejandrino, llamado en esa época museión. Alejandría se encontraba en Egipto, fue un importante centro intelectual y de comercio creado por el emperador Alejandro Magno. El museión se encontraba dentro de las murallas del palacio; era el centro de reunión de poetas, filósofos, músicos, escritores y científicos. Contaba con salas de reunión, salas de música, un observatorio, jardines, salas de estudio y una biblioteca que contaba con más de quinientos mil ejemplares en papiro. Era un lugar privilegiado en el que se reunía todo lo concerniente al saber y a la investigación, pero en el que también había un parque zoológico, salas de disección, múltiples jardines, pórticos, estatuas; en definitiva, todo lo que se necesitaba para el estudio o la discusión en medio del marco más placentero.

La evolución a través de la historia

Hace muchos años los museos eran considerados lugares de culto donde se admiraban los objetos recolectados y exhibidos; eran lugares limitados a la contemplación, “cementerios” como los calificó Filippo Tommaso Marinetti, el poeta italiano del siglo XX que exigía su destrucción. Sin embargo, su historia data de siglos anteriores, formalmente desde el siglo XVI, período en el que se propició una llamada Edad de Oro, donde florecieron las artes y las letras. En este siglo aparecieron los primeros críticos de arte, los catálogos y guías artísticas que pretendían tener un público bien informado. Con el descubrimiento de América se promovieron las colecciones zoológicas y etnológicas. Se crearon los museos de ciencias naturales como espacios para impulsar el estudio de las especies vegetales. Aquí los objetos dejaron de ser solamente piezas bellas y pasaron a tener un valor añadido, por lo que pueden enseñar a quien las contempla: su valor ya no es solamente estético. Los museos europeos enriquecieron sus acervos con especies exóticas llegadas desde América.

En el siglo XVII la burguesía siguió ascendiendo y esto hizo que el coleccionismo se incrementara. Es precisamente en este siglo cuando la Iglesia empezó a establecer su criterio en la creación artística debido a su posición de mecenazgo frente a los artistas. El cristianismo empezó a utilizar el arte con una intención catequizadora y de esta manera las iglesias se transformaron en museos públicos. A inicios del 600, Roma se convirtió en la capital del coleccionismo. Dentro de la cotidianeidad se exponían esculturas y pinturas sobre caballetes, ocupando los largos salones o galerías de los palacios. De ahí nació el término galería de arte. Este se refería a un lugar específico que disponía sus obras para que fueran contempladas por toda clase de visitantes. Los objetos más pequeños encontrados en exploraciones y descubrimientos, generalmente raros y fascinantes, se conservaban en los “gabinetes de curiosidades” o “cuartos de maravillas” que podían ser visitados por viajeros distinguidos y científicos. Paulatinamente estos se fueron abriendo al público.

El gabinete de pinturas de Cornelis van der Geest durante la visita de los archiduques, 1628, óleo sobre tabla.

En el siglo XVIII los más poderosos y opulentos acapararon el mercado artístico. Los coleccionistas se dividieron en dos grupos: los curiosos y los filósofos; los primeros guiados por la moda y el gusto de coleccionar y los segundos que se planteaban el coleccionismo científico y especializado. Se intensificó el mercado del arte y las obras se empezaron a valorar como mercancías. Un dato importante en la segunda mitad de este siglo fue la creación de las academias de Bellas Artes, donde grandes maestros impartían clases de pintura y escultura.

Si bien ya existían museos formados a partir de colecciones privadas y públicas, su acceso era restringido. En Francia se empezó a admitir público (en especial artistas y estudiantes) dos veces por semana, estos podían apreciar aproximadamente unos cien cuadros en el Palacio de Luxemburgo de París (posteriormente esta colección se trasladó al Museo del Louvre). En otras instituciones los visitantes tenían que solicitar la entrada por escrito. A pesar de los avances en este siglo, seguía siendo difícil conseguir el ingreso, los interesados esperaban hasta dos semanas para recibir una respuesta y la permanencia en algunos espacios era limitada (dos horas como máximo).

En el siglo XIX la mayor parte de museos de la realeza se volvieron públicos y en Europa se inauguraron algunos de los grandes museos públicos, como el Museo del Prado en España. Las colecciones privadas se transformaron en públicas y el museo dejó de ser un privilegio elitista exclusivo de un sector social específico.

A lo largo del siglo XX se fortaleció el papel pedagógico. El museo como espacio de exhibición se amplió y pasó a ser también un espacio de comunicación. Históricamente, la Segunda Guerra Mundial (1945) marcó una serie de cambios que afectaron con fuerza su estructura y provocaron una nueva concepción. Ese siglo fue también decisivo en la historia del arte universal ya que se crearon las vanguardias artísticas donde nacieron movimientos y manifiestos que pretendían romper los conceptos academicistas del arte tradicional. Los museos se volvieron parte de una corriente cultural y social que se enfocó en las últimas corrientes artísticas europeas y anglosajonas.

En 1946, en París, se creó el Consejo Internacional de Museos (ICOM por International Council of Museums). Una organización de museos y profesionales del museo dedicada a promover los intereses de la museología y de las demás disciplinas relativas a la gestión y a las actividades dentro de estas instituciones. Actualmente cuenta con 44 500 miembros de 138 países.

Finalmente, en el siglo XXI, las nuevas tecnologías y los medios de comunicación de masas demandan un museo interactivo y actualizado que actúe acorde a los requerimientos de un mundo globalizado. En 2019 la vigesimoquinta Conferencia General de ICOM, en Kioto, reunió a profesionales de los museos para redefinir, mediante voto, el nuevo concepto de museo (que no se ha modificado desde 2007). Sin llegar a un consenso sobre una nueva definición (70 % de votos a favor de posponer la definición alternativa y 28 % de seguir adelante con la votación), la Junta Directiva manifestó “que solo ha visto ajustes menores en las últimas décadas que no reflejan ni expresan adecuadamente las complejidades del siglo XXI y las responsabilidades y compromisos actuales de los museos, ni sus desafíos y visiones para el futuro”.

Pintura de Gabinetes: El archiduque Leopoldo Guillermo en su galería de pinturas en Bruselas, David Teniers II, 1651.

n este siglo la afluencia de público hizo que se multiplicaran los servicios de museos y centros culturales con exposiciones temporales y espacios de consumo como cafeterías, librerías especializadas y tiendas de souvenirs. En la parte administrativa se crearon áreas dedicadas a la educación, curaduría, restauración, residencias artísticas, adquisiciones y bienales. El museo se transforma en un espacio inclusivo y democrático para todos, todas y todes. Se rompe el estereotipo del museo-mausoleo y se transforma en un lugar de reflexión, interacción y experiencias.

*

A lo largo de la historia del coleccionismo se desarrollaron diferentes concepciones del museo. Conceptos que evolucionaron desde su creación como templo de las musas, hasta llegar a su estudio y profesionalización con disciplinas como la museografía y la museología. Esta evolución nos permite comprender al museo no solo como un templo del saber o como un lugar excluyente, donde el comportamiento debe ser mesurado y casi inhibido, sino entenderlo como un espacio de comunicación portador de mensajes e ideas que no puede quedarse estático. A través de la historia vemos que ha sido una institución frágil, sujeta al auge de tendencias políticas, educativas y artísticas.

El museo siempre ha tenido una función social que será realmente íntegra cuando logre que sus visitantes puedan reconocerse en ellas y despierten su interés, curiosidad, admiración, y sobre todo el deseo de aprender y permanecer. Lo que aquí experimenta el visitante alimenta su mente y genera en él diferentes emociones que tienen un efecto directo sobre su percepción del mundo.

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