La guillotina fue un asunto de derechos humanos
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La guillotina fue un asunto de derechos humanos

Por Rafael Lugo

Algunos siglos atrás, en Europa, la pena de muerte se administraba en formatos muy, pero muy crueles. Desde la perspectiva del ajusticiado, el ahorcamiento, que usualmente generaba una agonía horripilante, era el menos malo de los métodos.

“La rueda” consistía en quebrar todos los huesos de las extremidades del sujeto, golpeándolo con una barra de hierro. El verdugo debía evitar, con su buena puntería, causarle heridas de muerte. Después se dislocaban las articulaciones y finalmente se le ataba a una rueda con los tobillos a la altura de la cabeza. Ahí moría. La última ejecución con este estilo fue en 1841.

Los arrastres y el descuartizamiento también eran parte del menú. Y también resultaban extremadamente cruentos. Esto porque el concepto del suplicio venía incorporado al castigo. Matar no era suficiente.

Para el siglo XVIII algunos países de Europa ya contaban con un aparato parecido a la famosa guillotina, pero todavía no se la conocía con ese nombre. Fue a causa de un diputado francés de apellido Guillotin que, preocupado por el sufrimiento de los condenados, encargó a un cirujano el diseño de una máquina eficaz e indolora basada en las que ya existían. ¿Por qué el diputado Guillotin pensaba en al dolor de los sentenciados? Vayan ustedes a saber, pero lo más seguro es que fue insultado por tomar esas consideraciones, y hasta tildado de defender a los malos y no a los buenos. Esta iniciativa apareció en 1789 y es probable que haya hecho llorar al niño Dios de entonces.

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