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La guillotina fue un asunto de derechos humanos

por Rafael Lugo Naranjo

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Algunos siglos atrás, en Europa, la pena de muerte se administraba en formatos muy, pero muy crueles. Desde la perspectiva del ajusticiado, el ahorcamiento, que usualmente generaba una agonía horripilante, era el menos malo de los métodos.

“La rueda” consistía en quebrar todos los huesos de las extremidades del sujeto, golpeándolo con una barra de hierro. El verdugo debía evitar, con su buena puntería, causarle heridas de muerte. Después se dislocaban las articulaciones y finalmente se le ataba a una rueda con los tobillos a la altura de la cabeza. Ahí moría. La última ejecución con este estilo fue en 1841.

Los arrastres y el descuartizamiento también eran parte del menú. Y también resultaban extremadamente cruentos. Esto porque el concepto del suplicio venía incorporado al castigo. Matar no era suficiente.

LA Guillotina
Ilustración: Tito Martínez

Para el siglo XVIII algunos países de Europa ya contaban con un aparato parecido a la famosa guillotina, pero todavía no se la conocía con ese nombre. Fue a causa de un diputado francés de apellido Guillotin que, preocupado por el sufrimiento de los condenados, encargó a un cirujano el diseño de una máquina eficaz e indolora basada en las que ya existían.

¿Por qué el diputado Guillotin pensaba en al dolor de los sentenciados? Vayan ustedes a saber, pero lo más seguro es que fue insultado por tomar esas consideraciones, y hasta tildado de defender a los malos y no a los buenos. Esta iniciativa apareció en 1789 y es probable que haya hecho llorar al niño Dios de entonces.

En abril de 1792 la guillotina como la conocemos, una enorme y pesada cuchilla con corte diagonal que baja rauda hacia la nuca del desgraciado que perdió la última apelación, empezó a ser probada en borregos y luego con cadáveres. Una vez comprobada su eficacia, entró oficialmente al servicio de la justicia. Hay que reconocerle al cirujano —llamado Antoine Louis— el haber usado una cuchilla oblicua, en lugar de una horizontal. El corte instantáneo del pescuezo se tecnificó.

Les había dicho que en otros países de Europa una máquina similar ya se venía usando, pero ese lujo sin tanto sufrimiento estaba destinado a la aristocracia. El pueblo seguía muriendo a fierrazos, garrotazos, descuartizamientos, etc. Pero la Asamblea Nacional de Francia dispuso que la guillotina no discriminara a nadie por su condición social. Otro avance.

El 27 de mayo de 1792, al delincuente llamado Pelletier le cupo entrar a la historia inaugurando con total compromiso la dichosa máquina. La gente le reconoció el sacrificio. “Exitosa ejecución”, escribió Le Comercié; “Ahora cualquier delincuente muere sin sufrir”, diría Le Universé; “Dejó la vida en la plaza”, titularía Le Ultimes Noticiées; “Pelletier ya no necesita sombrero”, dijo LeExtré.

Las ejecuciones públicas se mantuvieron por años. Hasta que algún otro comedido habrá pensando que eran grotescas, que a los niños no había que someterles a una experiencia traumática de esa índole y que la humillación del condenado era innecesaria. Entonces, pese al rechazo general, se prohibieron las muertes en la plaza, pero se mantuvieron dentro de las instalaciones de las cárceles. “Si no les gusta ver, no vayan”, gritaban los afectados.

Resultó que con el paso de los siglos la guillotina fue perdiendo su glamur. Pese a que fue un artilugio enfocado en el bienestar de los condenados a muerte, ya no fue del agrado de los millennials de ese entonces. Tanto reclamaron que consiguieron que la última ejecución por guillotina en Francia se diera en septiembre de 1977. La sentencia recayó contra un tunecino que había torturado y ahorcado a su joven mujer.

No conformes, los defensores de los derechos humanos siguieron con su activismo hasta que, en 1981, el presidente François Mitterrand abolió la pena de muerte, pese a que la mayoría de los franceses estaba a favor de conservarla.

La eficiente guillotina pasó al olvido hasta que a mediados de los años noventa un político de Estados Unidos sugirió que se la usara en lugar de la silla eléctrica para poder contar con los órganos del fallecido en buen estado. Sin embargo, el pragmático plan no tuvo mayor acogida. Hoy en día, aquella creación vanguardista enfocada en el bienestar de los criminales ha pasado al olvido, o a ser recordada con estupefacto rechazo.

Terminamos este repaso de la historia con una frase atribuida al sabio Esopo: “Los derechos humanos aceptables no son solamente aquellos avances que a ti te parecen bien”.

Edición 459

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