El parte de guerra era seco y cortante, críptico: veinticuatro palabras. Y era, sobre todo, el parte final, el definitivo: “En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares…”. Y concluía, rotundo: “La guerra ha terminado”. Era el 1° de abril de 1939, estaba fechado en Burgos y lo firmaba el generalísimo Francisco Franco.
Casi tres años antes, el 18 de julio de 1936, el ejército había decidido arbitrar a cañonazos una disputa política cada día más agria y enconada entre el gobierno republicano, controlada por la izquierda radical de socialistas, comunistas y anarquistas, y una oposición dispuesta a la conspiración, en que se entreveraban monárquicos, conservadores y falangistas.
Desde 1931, cuando había sido proclamada la Segunda República tras el exilio del rey Alfonso XIII, España había vivido tiempos turbulentos, en los que la política se salió de las instituciones y se tomó las calles, que se volvieron tumultuosas y peligrosas.
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