La feliz incertidumbre
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La feliz incertidumbre

migración  oscar

Por Óscar Molina

La petición es una broma: Miquel, por favor, no te pongas feo. El recién nacido no entiende el chiste de su madre ni lo que sucede alrededor, por eso llora. Venga, Miquel, ya está, cariño. David toma al niño entre sus brazos, lo mece de arriba abajo y el llanto disminuye hasta ser silencio. Luego acuesta al bebé en un círculo que armó con las sábanas de la camilla y una manta celeste, y dispara. El flash de una Nikon D5000 aparece y desaparece veloz de la habitación 1830 del Hospital General de Cataluña.

David va a otra habitación, toca dos veces la puerta con los nudillos, la abre sin esperar respuesta y dice: Hola, felicitaciones. Yo soy el fotógrafo del hospital. El hospital les regala una foto de su bebé de 15 por 20, por su nacimiento. Yo le hago varias y ustedes escogen una, la que más les guste. En unos días los llamarán y les mostrarán las otras fotos, sin obligación de compra. Si les gusta otra, o todas, las pueden comprar. En otros siete cuartos, y con el mismo tono de cooperante humanitario, David repite: Hola, felicitaciones. Yo soy el fotógrafo del hospital… Recita esto de lunes a sábado, durante las mañanas, en tres centros distintos: dos hospitales y una clínica. Los hospitales quedan en las afueras de Barcelona y en ambos nacen, en su mayoría, niños y niñas árabes o latinos. Dentro de la capital, en la Clínica del Remei, lloran sus primeros llantos las niñas y los niños catalanes.

David viste un mandil blanco en cuyos bolsillos guarda pilas AA en vez de medicinas. Las mangas largas tapan las pulseras tejidas que rodean sus muñecas; en el cuello lleva collares artesanales y en la boca un acento familiar. Nació en Bucaramanga, Colombia, de donde salió hace ocho años para estudiar un posgrado. Allá, donde aparecía en notas de prensa cuando formaba parte de la Orquesta Sinfónica Infantil de Bucaramanga, no hacía lo que hace ahora. Allá, donde sentía vergüenza de inscribirse en una academia de baile, no conocía la rutina de lo inesperado. Allá en Colombia, donde está su familia, David era otro.

Las enfermeras lo reconocen, lo saludan y eso tranquiliza a los nuevos padres de familia. La confianza de los bebés se la gana con tacto. Camino a los hospitales y a la clínica, David va frotando sus manos para calentarlas. En invierno utiliza guantes y enciende la calefacción del auto para mantener la temperatura viva entre sus dedos. Los padres no podrán resistirse ante una imagen de su bebé dormido, personificando la ternura en un plano medio.

Si los padres acceden a que fotografíe a sus hijos, a David le toma entre ocho y 10 minutos captar alrededor de 14 retratos para el primer álbum de los bebés. En ese lapso, las posibilidades son limitadas porque a los modelos, de entre uno y tres días de vida, es inútil pedirles que sonrían o que miren a la cámara. Por eso David repite estas poses con todos: dormidito o dormidita boca abajo y de perfil, sosteniendo el dedo progenitor, descansando el rostro sobre las manos de papá o sobre el hombro de mamá, recibiendo un beso en la cabeza.

¿Con este trabajo te han dado más ganas de ser papá?

La verdad es que menos (inserte risas aquí).

Existen otras verdades. David es músico profesional: toca y enseña a tocar el saxofón. Le fascina el jazz, aunque disfruta por igual de las burbujas de amor de Juan Luis Guerra, el alma al aire de Alejandro Sanz o los videos vintage en YouTube de la timbalera Sheila E. Se apellida Jácome, tiene 35 años y un trámite de residencia española pendiente. En las tardes, después de almorzar, toma café y edita las fotos de los bebés. A veces lo hace mientras mira de reojo la televisión. A los 10 años, ganó un concurso de fotografía con una imagen de sus padres, acostados en hamacas, leyendo al atardecer, y desde entonces dejó las cámaras para concentrarse en la música. El año pasado, sin embargo, tuvo el chance de relevar a unos amigos que hacían las fotografías en los hospitales y retomó su afición. No me considero un fotógrafo profesional, pero ahora mismo es un hobbie que me está dando una opción de trabajo.

***

En un país donde la falta de empleo ahuyenta a nacionales y extranjeros, David está ocupado hasta los sábados por la noche.

En el rótulo de Baila mi ritmo, se ve a una pareja de niños mulatos, felices, con la cadera en movimiento. Adentro de la discoteca hay adultos, también felices, también moviendo las caderas. David baila con una rubia platinada, de cabello corto, caderas anchas y tacos altos. La mujer gira según como las manos de él la guíen. Los brazos de ambos se anudan y se desanudan con gracia. Sus cuerpos se acercan y se alejan de acuerdo al ritmo de la salsa antigua de orquesta. Sus pies prodigan una coordinación frustrante para los que no sabemos cómo participar del goce salsero.

La canción se acaba, ella le da un beso en la mejilla y David —cabello castaño, barba, 1,70 de estatura— va a buscar otra mujer para bailar. Todas le aceptan la invitación. Las presentes no son veinteañeras con chaquetas de Zara o blusas de MNG. Son mujeres que promedian los 40 años, visten faldas de cuero, cinturones anchos sobre la cintura, vestidos floreados y ceñidos a sus figuras curvilíneas. Ellas son mayoría, los hombres escasean y a los pocos que acuden les falta pelo y destreza en el quiebre de cintura. Ellas buscan un hombre que sepa moverse y David es el indicado: a él le pagan por bailar salsa con mujeres desconocidas.

David se acerca a la barra y pide un trago. En el menú de licores, se ofrecen mojitos, cervezas y cuba libres. En la espalda de su camiseta azul, se lee Taxi. Él y otros tres hombres llevan la misma prenda. Los Taxis están ahí para sacar a bailar y aceptar la invitación de quien se los pida. Yo tengo que sacar a bailar a todas, no solo a las guapas sino también a las menos agraciadas. También a hombres, pero es más difícil, porque es complicado bailar como mujer, dejarse llevar. Y es complicado, además, porque son pocos los que entienden que la hombría no se compromete al bailar.

Su turno va de 00:00 a 03:00, la hora límite de tolerancia de los vecinos. Baila mi ritmo está en la primera planta de un edificio de siete pisos, ubicado en el barrio El Clot, al centro-norte de Barcelona. Es un sector residencial con cafeterías, fruterías, un mercado municipal y calles amplias por donde se pasean hombres y mujeres con fundas en las manos para recoger los deshechos de sus mascotas. David vive a 10 minutos caminando de la discoteca. Allá acude cuatro sábados y un domingo al mes, y en cada jornada gana 30 euros (cerca de 39 dólares) por pasársela bien.

Cuando baila, él cierra los ojos, aplaude, abre la boca y la extiende en una sonrisa ancha. Su labor, no obstante, tiene reglas. No puede bailar dos canciones seguidas con la misma mujer. No puede aceptar propuestas sexuales de las clientas (él dice que tampoco se las han hecho directamente). Tampoco puede ligar, porque la academia lo prohíbe, por una cuestión de principios y porque soy respetuoso, pero también porque la chica catalana con la que sale trabaja en el ropero de la discoteca y tiene una vista privilegiada de la pista.

Siempre me gustó el baile, pero nunca me inscribí en una academia, porque… no sé, yo creo que es una cosa que tiene que ver con la parte masculina de la sociedad. Se asume, por lo general, que los hombres que bailan son gays. Y creo que es una cosa machista y absurda. Pero siempre me gustó y, de hecho, mis novias anteriores han sido bailarinas. Una ex, justamente, influyó sin querer en su decisión de aprender a bailar. David terminó con la chica colombiana con la cual llegó a Barcelona y se deprimió. Los días pasaban lentos. Él no quería pensar en su ruptura, necesitaba distraerse, volver a sentirse bien consigo mismo. Y el baile fue su desinflamatorio.

David entró a Baila mi ritmo, que por las mañanas y las tardes entre semana funciona como una academia para niños y adultos. Al principio iba a clases una vez a la semana. Después dos. Luego, como sus cualidades eran innatas, le ofrecieron el empleo de Taxi. Y eso es lo que hace desde hace tres meses. Sus planes, hace ocho años, no eran esos, ni siquiera se parecían un poco a su situación actual. Él tenía previsto venir a Barcelona, terminar el posgrado y regresar a su comodidad. Tenía, tiempo pasado.

***

Desde Barcelona hasta el pueblo Vilassar de Mar, al norte de la provincia, hay 30 minutos de distancia en tren. Los vagones se mueven a la misma velocidad inofensiva de un ejemplar de juguete. Del otro lado de las ventanas, el mar Mediterráneo desborda la vista. Los jueves por la tarde, David hace ese recorrido para dictar clases a niños y adultos en el Aula de Música que lleva el mismo nombre del pueblo. En Bucaramanga, antes de viajar a España, también era profesor de saxofón en la Universidad Autónoma, donde obtuvo el título de maestro en Música.

En el aula hay un piano, sillas, calor, un espejo. David saluda a su alumno y sale a buscar una guitarra. El estudiante se llama Jean, tiene siete años, y cinco meses de clases de saxofón. Jean saca una partitura doblaba y rayada del mismo estuche donde trajo guardado su instrumento. La canción que ha estado ensayando se llama Let my people go. El pequeño se sienta frente al espejo rectangular y, como si estuviese tocando para sí mismo, sopla las notas que sabe de memoria. ¿Y eso, Jean, qué pasó? David regresa y escucha una nota desafinada por falta de aire. Los ojos de Jean siguen en el espejo, él toca de nuevo y esa es su respuesta. El maestro insiste, pide que empiece otra vez. Insiste, con calma, hasta que el alumno da con la nota adecuada. Es como si tuvieras que hinchar un globo, le dijo 30 minutos antes a una adolescente que aún no controlaba su respiración y le temía al sonido del saxofón.

David también aprendió música cuando era niño, por incentivo de su padre. Le gustó y, años después, la estudió como una carrera universitaria. A los 27 años ganó una beca, otorgada por la Fundación Carolina, para hacer un posgrado en jazz, en el Liceo de Cataluña (Barcelona). La beca duraba un año y como yo tenía muchas cosas en Colombia me quedaba muy claro que venía a estudiar y volvía. Y estando acá, al terminar el curso, me di cuenta de que podía aprender muchas más cosas, que un año no era suficiente. Intenté que me renovaran la beca durante un año más y lo hicieron.

Esas muchas cosas que tenía en Colombia eran un trabajo estable como profesor, la cercanía de la familia, los amigos, y una trayectoria musical hecha con conciertos y seis discos de jazz grabados en estudio. Dos de esos compactos los hizo junto a Rubén Gómez, su compañero en el dúo Rubén & David. Durante el segundo año de estadía en Barcelona, David empezó a vincularse con músicos y a conseguir trabajo en tocadas con agrupaciones locales. Como ya tenía una fuente de ingresos, decidió quedarse indefinidamente. En ese entonces tenía a su novia colombiana junto a él, estaba en una ciudad cosmopolita y empezaba a conocer músicos de los cuales aprendía. Todo cuadraba.

En el tren de regreso a Barcelona desde Vilassar de Mar una señora va leyendo, un adolescente oyendo música y un hombre va de pie, escuchándonos con discreción. David sostiene entre las piernas el estuche con su saxofón, para protegerlo de los ladrones de instrumentos que, según ha escuchado, a veces suben a los trenes. Pese a llevar ocho años en Barcelona, David mantiene su acento colombiano ‘zin pizca de azento ezpañol’, aunque de repente se le escapa un ‘vale’ o un ‘guay’. Ser colombiano, y cargar el estigma del narcotráfico como un sello invisible en el pasaporte, fue un problema al principio. Su nacionalidad le dificultaba rentar una casa, comprar un auto o darse a conocer en la escena musical. Pero en otros ámbitos, como en la escuela de baile, resultó una ventaja. Las clientas de Baila mi ritmo se emocionan cuando él responde que es de Colombia: asumen que los latinos tienen el ritmo en el ADN.

En Barcelona, David también ha aprendido por necesidad. Sabe catalán, aunque no le gusta cómo suena, y sabe cocinar porque tuvo la paciencia de revisar libros de recetas; las pizzas les salen deliciosas. Él, sin duda, sabe que las sorpresas llenan más que las certezas. ¿Sientes que estás haciendo sacrificios al quedarte en España? El sacrificio es mi familia, es lo único que siento que sacrifico, el no estar al lado de mis padres. El primer año y medio, pasé aguantando y no tanto disfrutando, pero hoy estoy en un momento increíble. Ahora es parte de la banda de jazz fusión La Rumbé, con la cual toca en bares de Barcelona y otros sitios de España. Como músico ha viajado por Europa y ha tocado en escenarios impensados, como en medio de un castillo milenario en Tarragona, un pueblo al sur de Barcelona. Haciendo música es feliz y se nota, ya sea junto a un grupo de colegas profesionales o en compañía de una big band hecha con los alumnos del Aula de Música. David, consciente o no, ha obviado en su relato la palabra virulenta: crisis.

            Si me he quedado en España es porque hago y he hecho cosas que no podría hacer en Colombia. Sé que cuando vuelva estaré contento y todo, pero ya sé lo que puedo vivir allá. El incentivo de estar acá es justo saber que me pasan cosas nuevas. Aquí estaré mientras me sigan pasando cosas nuevas. 

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