La excuelita
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp

La excuelita

Por Huilo Ruales

 diners-la-excuelita-01

1

Dos canchas de básquet y una de índor, más los contornos para carreras, los baños y el kiosco de las golosinas, ocupaban el patio de cemento. Allí se formaba los lunes el alumnado completo para cantar el himno mientras el Robafocos izaba la bandera y para escuchar las recomendaciones del hermano director. Con seis grados de escuela con sus paralelos más el kínder llenaban el enorme patio, no se diga en las fiestas patronales, en las navidades, en el día del maestro que el plantel parecía multiplicarse. Por lo general, en esas ocasiones festivas los corredores que circundaban el patio y la baranda del segundo piso casi reventaban con tanto padre y madre de familia, y por los altoparlantes que había en cada esquina de la escuela se oía música marcial o coros de niños cantando en otro idioma.

Pero ese día era martes o jueves y el recreo de las diez, que era el más largo, venía de terminar y los alumnos secándose el sudor con sus camisas o con las manos integraban sus rangos respectivos antes de encaminarse hacia las aulas. Fue entonces cuando sonó el pito del sargento Chávez, profesor de educación física y casi el policía de la escuela. Enseguida se oyó por los altoparlantes la voz aguda del hermano Emilio, ordenando que el alumnado se forme en el patio.

 

2

Con cinturón de cuero ancho y por el lado de la hebilla lo azotaron. Primero, se encargó su propio padre y, segundo, el sargento Chávez. El Portilla, solo en el planeta, con la cara aplastada en una mejilla sobre la banca en que le tenían estirado y atado, y con su ojo de loco, estupefacto, miraba como una alucinación el alumnado entero sumido en el pasmo. Ni siquiera se parpadeaba y dentro de la garganta todos teníamos una bola negra. Cada azote cortaba como cuchillo el silencio. Chas, en el culo del Loco, chas. El sargento ponía tanta fuerza que en cada chasquido se le iba una queja como de tenista en competencia, chas, y la queja, chas, y la queja. En ese entonces yo era de los más pequeños así es que estaba delante, a diez pasos del pupitre donde castigaban al Loco. Por eso yo le podía ver la cara y su ojo hiperabierto por el que fluía espanto y rabia. Con cada correazo la boca se le abría y el ceño se le fruncía, pero no soltaba un solo gemido. Sería por eso que casi echando espuma de rabia y de esfuerzo, y chorreando sudor, el sargento, seguía azotándolo. Solamente se paró cuando las vetas en la piel empezaron a sangrar y el hermano director con un gesto de la mano ordenó el fin del castigo. El sargento obedeció pero al parecer no estaba contento y, por eso, se acercó al hermano Efrén para darle el cinturón a fin de que él, en tanto injuriado, también lo azotara. Pero el hermano Efrén —pálido, viejísimo como nunca y moviendo el cuello como los pollos— rechazó la invitación.

 

3

El asunto había empezado porque el hermano Efrén era bueno, dadivoso y le encantaba que se aprendiera a tocar el acordeón. Te daba galletas y manzanas para suavizarte y después te colocaba el acordeón que era enorme como una ventana y te llegaba a las rodillas y pesaba como un baúl lleno de piedras. Claro que el hermano Efrén te ayudaba a colocártelo, a desplegarlo, a cerrarlo. Las manos le hervían cuando las colocaba encima de tus manos para enseñarte a tocar las teclas. Todo iba bien hasta ahí, hasta cuando sentías su aliento a gato muerto en la oreja. Mi, esto es mi, esto es fa, esto re, re, re, decía con voz temblorosa, presionando tus dedos en las teclas y frotándose detrás tuyo. Con esa metodología creó la estudiantina de acordeonistas y violinistas y bandolinistas y guitarristas, que tanto éxito cosecharía no solamente en el colegio sino en todos los colegios de los hermanos cristianos del país entero. Incontables años había durado el auge de los niños músicos y hubiese durado más si el Portilla no difundía en papelitos y a los cuatro vientos las travesuras del hermano Efrén. Pocos días después de la cueriza, empezó la denuncia de padres y madres de los integrantes de la estudiantina, en contra del hermano Efrén, quien, pocos días más tarde había amanecido en su cuarto colgado de una viga.
En cuanto al Portilla, se hundiría para siempre jamás amén.

Comparte este artículo
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on email
Email

Más artículos de la edición actual

Música

Billie Eilish, la reina del antipop

Por Vanessa Terán Iturralde Edición 460 – septiembre 2020.Fotografías: Shutterstock En febrero pasado, durante el segmento in memoriam de los Premios Óscar, la encargada de

En este mes

Ojo en la hoja

Al oeste del EdénEn un lugar de Estados UnidosJean SteinAnagrama, 2020, Kindle El poder del dinero o el dinero que da poder. Esa es la

Columnistas

La Charito de oro

Por Huilo RualesIlustración: Miguel AndradeEdición 460-Septiembre 2020 Frisaba los cuarenta, aunque parecía que los había vivido vez y media. Sobre todo por las hamacas tremendas

Columnistas

Recuento de daños

Por María Fernanda Ampuero Ilustración: Mauricio MaggioriniEdición 460-Septiembre 2020 Despertarte. No querer despertarte. Despertarte igual. Ir al baño. Recordar fragmentos de las pesadillas sentada en

También te puede interesar

Columnistas

Grageas

Por Huilo Ruales Edición 458-Julio 2020 Ilustración: Miguel Andrade 1 Nada más repudiable que la escritura. A veces, es como un anciano o un hijo

Columnistas

El nombre del padre.

Por Huilo Ruales. Ilustración: Miguel Andrade. Edición 453 – febrero 2020. La Pame caminaba con un vaivén que me encantaba, que me daba hasta cosquilleos.

Columnistas

Diario nocturno de un aprendiz.

Por Huilo Ruales. Ilustración: Miguel Andrade. Edición 437 – octubre 2018. 1 Lo del diario se me ocurrió en la escuela, cuando oí la radionovela

Columnistas

La casa nostra

Por Huilo Ruales —Mírale la cara, si parece que le han caído encima un pocotón de gallinazos —dice el Agente Uno. —O de ratas, así

Columnistas

El arma al diablo.

Por Huilo Ruales. Ilustración: Miguel Andrade. Edición 448 – septiembre 2019. Obligado por la canícula que hasta devo­ra la sombra, me embarco en el único

Columnistas

Avatares del niño tauro.

Por Huilo Ruales. Ilustración: Miguel Andrade. Edición 445 – junio 2019. Varias semanas de ir y venir y un tejido de palanqueos, incluso desenterrando gente,