La doble persecución a Epifanio
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La doble persecución a Epifanio

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Supo qué era la familia. Supo qué es el miedo. Supo qué es la muerte. Ahora, como vendedor ambulante, Epifanio sabe qué es la extorsión y la zozobra.

Por Arduino Tomasi

Fotos: Omar Sotomayor

El Hombre Araña salta hacia una pared amarilla en la esquina de las calles Colón y Chile, en el centro de Guayaquil. No es el único. Son varios los pequeños arácnidos que se estrellan contra el muro amarillo para luego deslizarse hasta el rollo de tela que está en el suelo. La acrobacia se repite varias veces y la gente voltea a mirar. Miran a los Hombres Araña salir volando de la mano de otro hombre llamado Epifanio.

El hombre tiene 53 años, es colombiano y se dedica al comercio minorista informal. Sin embargo, una de sus frases recurrentes no se refiere a la venta de productos, sino a la vida que llevaba antes de estrenarse en este oficio. “No es necesario morirse para saber lo que es la muerte”, repite incesante. Epifanio llegó al Ecuador en el año 2000, luego de haber pasado nueve meses secuestrado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia.

Cuando vivía en su país, se dedicaba a la sastrería y al diseño de calzado, y su trabajo incluía una rutina nómada que seguía las dinámicas del comercio. Vivió en Buenaventura y luego en Medellín, donde conoció y se enamoró de una mujer llamada María Olaya, con quien tuvo dos hijos, Karen y Levixon. María, Karen y Levixon: esos nombres solían ser su familia.

Como en Medellín vivían en casa de la hermana de María, decidieron trasladarse a Tomachipán, poblado de menos de 500 habitantes cercano a San José del Guaviare, un municipio fundamentalmente agrícola y pesquero donde la presencia de las FARC era de conocimiento público, así como sus plantaciones de coca. Allí, Epifanio tuvo casa propia y trabajo. Allí también comenzaron sus problemas.

Era 1998 y por esos días el Gobierno colombiano fumigaba frecuentemente las plantaciones de Tomachipán con glifosato. La guerrilla estaba contra la pared y su plan era obligar a familias que tenían niños pequeños a que los sacaran de casa y los metieran en las plantaciones cuando se acercaran las avionetas. A riesgo de fumigar a los niños, el Gobierno quizás se detendría.

“¡Por supuesto, la gente no sacó a sus hijos!”, me dice Epifanio con voz seca. El resultado de esa resistencia fue una convocatoria obligatoria a una asamblea entre los pobladores y la guerrilla, en marzo de 1999.

—¿Qué pasó ese día?

—La guerrilla hizo una reunión y ahí mismo dijo: “Bueno, vamos a hablar aquí con todo el mundo presente, pero ustedes no tienen ni voz ni voto”. Estábamos sometidos a su régimen. Todos teníamos argumentos, teníamos facilidad de entendimiento para… ¿cómo va a exponer uno a sus hijos al peligro? No era solo yo sino muchos. Y a los que no estábamos de acuerdo, pues nos arrastraron como perros.

—¿Qué les hicieron?

—A los días llegaron a mi casa y empujaron la puerta. Allá, como es un pueblo, nadie tenía las puertas cerradas con llave; allá no se cierran las puertas como aquí en la ciudad. Yo estaba con mis niños cuando sentimos que se metieron y allí mismo me sacaron y me llevaron.

Nuestra conversación se detiene porque Epifanio ya no puede hablar, llora resoplando, con las manos convertidas en puños.

—Se humilla uno porque reclamar es un derecho. Muchas cosas… pensaba varias cosas. Quitarle ese derecho a uno es injusto.

Durante nueve meses las FARC obligaron a Epifanio y a otras 45 personas secuestradas a trabajar en la construcción de una carretera en la mitad de la selva. Cuando lo soltaron no fue por benevolencia, sino por una fuerte infección en la piel de todas sus extremidades, resultado del clima y las extensas jornadas de trabajo. Quizás hasta lo dieron por muerto.

Recuerda volver a casa desesperado y abrazar a su familia, la que días después saldría de regreso a Medellín dejándolo a él en un hospital de San José del Guavire, aún preso de su enfermedad. Su síntoma más grave era el miedo constante a ser perseguido y secuestrado de nuevo. Una madrugada, Epifanio escapó del hospital.

—¿Por qué “escapó” si estaba en un hospital?

—No sé. Me salí. Tenía miedo —dice llorando—. Me fui a esconder debajo de un puente. Por la mañana pasó una señora… la llamé y le pedí que me ayudara. Ella me dijo que conocía la oficina de los derechos humanos. Allí me ayudaron para salir de San José porque yo no tenía nada. Me dieron pasajes para Villavicencio, que allá estaba la Cruz Roja. Llegué y yo solo quería ver a mis niños y me dieron un pasaje para Medellín.

Pero cuando Epifanio llegó a Medellín la casa de su cuñada estaba vacía y nadie pudo decirle dónde estaba su familia. Habían cambiado de domicilio y de teléfonos. Epifanio los buscó durante cuatro meses en una ciudad de tres millones de habitantes, pero no hubo manera de encontrarlos. Fue entonces cuando decidió, impulsado por el miedo a las FARC, moverse a Quito.

El certificado de viaje que le fue entregado cuando llegó al Ecuador dice lo siguiente:

“Nombre: Epifanio Aguirre Campo. Lugar de nacimiento: Colombia. Fecha de nacimiento: 02 de octubre de 1959. Estatura: 1,60 mts. Color de ojos: café. Forma de la cara: ovalada. Pelo: negro. Nariz: (ilegible). Complexión: normal. Profesión: Diseñador de calzado/comerciante”.

Toda su vida resumida en un párrafo.

***

El alto comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados ayudó a Epifanio con los trámites de refugio y, además, le otorgó una ayuda económica que le permitió emprender una actividad de comercio para sostenerse: elaboró un betún con una fórmula original que denominó Brilliany, y tenía la particularidad de no manchar las prendas de vestir. Cuando hacía sus demostraciones en las calles de la capital, Epifanio llevaba siempre puesta una camisa blanca, y luego de lustrar el zapato de algún transeúnte voluntario, se lo pasaba por las mangas sin que quedara mancha alguna.

Al año siguiente, sin embargo, decidió venirse a Guayaquil, y aquí se acomodó luego de haber conocido a su actual pareja, Ana López, y tener al hijo de ambos, Josthyn.

Ana recuerda que en 2002 Epifanio finalmente pudo contactar a su familia en Medellín. Pero desde entonces su relación se ha limitado a contactos telefónicos esporádicos. Él dice que le da vergüenza llamarlos porque su situación en Guayaquil no le permite enviarles ayuda económica.

Su hijo Levixon tenía tres años la última vez que lo vio y ahora está por cumplir 17. “¿Tendrá mi niño derecho a tener resentimiento?… Yo a la guerrilla no tengo nada que agradecerle”, dice el refugiado convertido en ambulante.

Epifanio es un gran vendedor y capta la atención y las risas de quien pase, estrellando tarántulas y pequeños arácnidos contra la pared: “¡Año nuevo, tarántula nueva!, ¡cuidadito que te agarra, cuidadito que te pica la arañita Martica! ¡50 centavitos! ¡Un dolarito con repuesto, conózcala, mi reina!”.

Ana lo acompaña siempre y le hace de “campana” cuando ve que un policía metropolitano o una camioneta de la municipalidad se aproximan. En la esquina de Colón y Chile, ambos conversan mirando a todas partes, como si alguien fuese a tomarlos presos por la espalda o por los costados.

La campana de Ana anuncia momentos como este, ocurrido el jueves 21 de febrero: luego de dar algunas vueltas, el metropolitano 231 —número que consta en el uniforme y que permite identificarlos— se acercó y le hizo el primer gesto, alzando la cabeza y mirándolo fijo. A la media hora regresó y le dio la mano a Epifanio, disimulo útil para recoger el dinero. El metropolitano tomó el billete de un dólar con la mano derecha, lo sacudió en el aire y al llegar a la esquina se lo guardó en el bolsillo.

“Es que si no le doy se me tira con otros dos o tres metropolitanos y me trepan a la camioneta”, me dice, energúmeno. Y me cuenta la vez en que lo metieron preso, el 12 de agosto de 2006. Dos metropolitanos vestidos de civil se le acercaron, lo agarraron de la camisa y le dijeron para amedrentarlo: “¿Qué creías, chucha de tu madre, que no te podíamos coger?”. “¡Como si fuera secuestro exprés!”, reclama Epifanio.

Ana estaba en casa cuando se enteró. “Me llamó al teléfono de la vecina. Cuando fui a verlo me dieron un papel con un monto de 20 dólares. ¡Y 20 dólares que no teníamos!”, me dice entre risas y una furia contenida.

Esos abusos lo hicieron acudir a las organizaciones de derechos humanos de la ciudad, que los han auxiliado llevando el caso. Actualmente se está tramitando una denuncia que será presentada a la Fiscalía en los próximos meses.

Para volver más robusto el caso, una de las abogadas le pidió llevar un registro de los metropolitanos con los números que los identifican. Epifanio guarda esas hojas pasadas a limpio en la misma maleta de donde sacó el certificado de viaje. Esta es la bitácora de su segunda persecución.

137: Me dijo: Espero que mañana sea mejor [no conforme con la cantidad de dinero que le dio].

175: Leyó el documento que me dio la abogada y me supo decir que quién era yo para tener más privilegio que nosotros los ecuatorianos.

247: Me dijo: Así es la vida.

300 y 189: Este oficial número 300, siempre donde él me ve, me quita. Y el 11 de diciembre, junto con su compañero [el 189], me arrebataron el bolso y me quitaron la mercadería y se fueron felices.

027: El oficial que estuvo de guardia cuando vinieron las cámaras [fotográficas y de video] del Comité de Derechos Humanos, al día siguiente me dijo reclamando que tenía que pagarle lo del día anterior [dado que ante la presencia de las cámaras no pudo cobrarle].

082: Él siempre pasa y de ley tengo que darle, y ahora dice que es muy poquito y que me hago de rogar.

388: Que me vaya a mi país a hacer lo que yo quiera, pero que aquí no.

287: Yo recién iba llegando cuando él apareció y me dijo que lo acompañe a un almacén al frente para darle lo que él pide, y me dijo que si él quería me llevaba preso porque como él es el que hace el parte me podía hundir.

“Hay veces que entre cuatro o cinco se llevan siete u ocho dólares. ¿Usted sabe lo que es para uno vender 20 dólares para darles ocho dólares a ellos? Y nosotros no vivimos tampoco con 10 dólares. Me amenazan y todo”, me dice. “Entonces como uno me dijo que era muy poquito lo que le daba, yo le dije: ‘No, sabe qué, hermano, mejor mañana tráigame una copia de su cédula para meterlo al seguro’, ¿sí o no?”.

El abuso no se detiene en la calle: uno de los metropolitanos es vecino de Epifanio y sus hijos estudian en la misma escuela.

—Nosotros preferimos sacarlo ya de la escuela para evitar roces. Josthyn es un excelente estudiante, el mejor de su clase, siempre en cuadro de oro, pero decidimos que es lo mejor. Pero no, el abuso sigue. A veces el metropolitano me ve y me dice: “Colombia, adelántame un dólar”.

—¿Vestido de civil, sin uniforme?

—Sin uniforme. Me lo dice de frente y yo qué puedo hacer.

***

Es jueves, son las 13:30 y el sol golpea fuerte. Sostengo la bitácora de Epifanio y leo el último párrafo que ha escrito:

—El motivo de mi queja es por todos los atropellos, persecución, extorsión, discriminación e insultos, que hasta me han privado de la libertad, quitándome el derecho al trabajo y a la vida no solo mía, sino también la vida de mis hijos en Colombia, a los cuales no he podido ayudar desde que llegué a Guayaquil.

Dos policías metropolitanos se acercan caminando. Ana le hace señales a Epifanio, pero él sigue vendiendo y lanzando pequeñas tarántulas y Hombres Araña contra el muro amarillo. Los juguetes se deslizan hasta caer en el rollo de tela pegado en el suelo. El agente 231 pasa por allí con una sonrisa enorme. Epifanio no lo mira.

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